Un bronce de oro: el voley hizo historia en Japón

bronce

Hay hombres que luchan un día y son buenos.

Hay otros que luchan un año y son mejores.

Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos.

Pero están los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles. 

Lo más ingrato de la lucha es la incertidumbre: nadie te asegura que algún día habrá recompensa. Pero los imprescindibles, aunque las tristezas se amontonen y las dudas se agiganten con el paso de las frustraciones, nunca capitulan.

El Campeonato Mundial de Italia 2010 fue un cisma para el voley argentino. El entrenador Javier Weber, integrante de la columna vertebral que había conseguido el bronce olímpico en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, tomó una serie de decisiones drásticas para impulsar la renovación del plantel nacional. Una camada de históricos con Pablo Meana, Javier Filiardi y Alejandro Spajic a la cabeza fueron desplazados y reemplazados por los nombres más destacados de los equipos juveniles que habían sido protagonistas a nivel juvenil con las semifinales de los Mundiales Sub 19 de 2005 y 2007 junto al bronce en el Mundial Sub 21 de 2009.

Argentina viajó a Italia con la nómina más joven de la competición con un promedio de 23 años, superó la primera fase con triunfos frente a Venezuela y México, avanzó en la segunda ronda con su victoria ante Japón y se despidió en la tercera fase con dignas derrotas ante Serbia y Rusia. De todas maneras, el resultado era una anécdota para el propio Weber: «Cada proceso tiene su momento cúlmine o espectacular, que no va a ser ahora para este grupo porque son muy jóvenes. Pero quiero que jueguen al máximo, ninguno tiene una mochila»

Aquel torneo italiano fue la puerta de ingreso definitiva para varios nombres propios que encabezarían la lucha argentina durante la siguiente década. Luciano De Cecco, revelación en la cuarta posición que la Sub 19 consiguió en el Mundial de la categoría en 2005, ya había sido titular en el Mundial de Japón 2006 con apenas 18 años y fue el subcapitán de aquella formación con los debutantes mundialistas Facundo Conte y Sebastián Solé. Conte y Solé, en conjunto con Nicolás Uriarte y Pablo Crer, habían recorrido con destacadas actuaciones su ciclo juvenil con un cuarto puesto en el Mundial Sub 19 de 2007 y el bronce en el Mundial Sub 21 de 2009.

El tiempo le dio la razón a Weber y Argentina registró un año después la mejor campaña de su historia en una World League en la que se clasificó al Final Four con triunfos sobre potencias como Italia y Bulgaria. Con el boleto en el bolsillo, la delegación nacional viajó a Gdansk para afrontar las semifinales frente a un rival que se transformaría en la bestia negra del proceso. La poderosa Brasil, todavía liderada por Giba, se impuso en tres ajustados sets después de un segundo parcial que se definió en su favor por 42-40. El combinado de Weber cayó en el partido por el tercer puesto y terminó en cuarto lugar pero ya le había presentado sus credenciales al mundo

En los Juegos Olímpicos de Londres 2012, con Cristian Poglajen como novedad, Argentina sobrevivió a un grupo de altísima exigencia con un batacazo frente a la hasta entonces invicta Bulgaria que le permitió clasificar a playoffs en tercer lugar. ¿El rival en cuartos de final? Otra vez Brasil. No hubo equivalencias en el clásico celebrado en el Centro de Exhibiciones Earls Court y el elenco de Weber se despidió después de tres sets. Todavía jóvenes, la travesía por tierras británicas suponía apenas el punto de partida para una camada inexperta que sumaba millas olímpicas con Río 2016 como destino.

Antes de Río, ya con el genial Julio Velasco como entrenador, Argentina se consagró en los Juegos Panamericanos de Toronto en una dramática e infartante final a cinco sets frente a la segunda versión de su archirrival con Facundo Conte como MVP del torneo y Luciano De Cecco reconocido como mejor armador. La ilusión era absoluta para un grupo que llegó a la cita olímpica en un escenario ideal, con un plantel en gran nivel y en su punto justo de maduración. Sus actuaciones en el Gimnasio Gilberto Cardoso apuntalaron sus buenas sensaciones: Argentina clasificó a cuartos como líder del Grupo B tras vencer a Irán, Rusia, Cuba y Egipto. 

El panorama no podía ser más alentador rumbo a la primera instancia eliminatoria ante el rival -en teoría- más débil del otro grupo pero nadie, ni el más pesimista, hubiera imaginado que el cuarto clasificado del Grupo A sería el anfitrión. Brasil apareció otra vez en el horizonte argentino como un karma ineludible. La ilusión de una medalla se esfumó en menos de dos horas ante el aliento atronador de más de 10.000 brasileños. Bruno definió los caminos de cada ataque y Wallace fue implacable en una noche para el olvido.

Con la herida abierta, Velasco lanzó un análisis que hoy parece una premonición: «Hicimos un gran partido, pero nos falta todavía para crecer y estar al nivel de estos equipos, que son los mejores del mundo. Sufrimos en recepción y no logramos meter en dificultad al rival. Tengo que estar orgulloso de este grupo y los jugadores por el crecimiento. Dieron todo, pero nos falta todavía un poco. Esto tiene que servir para darnos ánimo para lo que viene, que es el Mundial en dos años y los próximos Juegos en cuatro».  

Más allá de los resultados, Velasco había sembrado una semilla en cuanto a la organización y el desarrollo del deporte. Más allá del deslucido y deshilachado rendimiento en el Mundial de Italia-Bulgaria, Velasco protagonizó un hito poco común en el deporte argentino: compartió sus últimos meses con quién sería su sucesor. Más allá del décimo quinto puesto, Velasco le dio rodaje a otros dos prospectos del voley local como Agustín Loser y Bruno Lima: Loser había sido subcampeón U19 en 2015 y campeón del mundo U23 en 2017 junto a Matías Sánchez y Santiago Danani, una dupla que en 2015 había sido subcampeona del mundo Sub 21 junto a Lima.

«Cosas como estas deberían ser normales, no extraordinarias. Somos parte de un proceso que ahora va a seguir con Marcelo, otro entrenador de gran prestigio y profesionalidad. La satisfacción más grande sería que el vóleibol argentino siga en este ‘milagro’, de lograr hacer más de lo que a veces las condiciones te permiten. El seleccionado quedará en muy buenas manos«, explicó el propio Velasco en una conferencia previa a su viaje mundialista acompañado por Marcelo Méndez. 

Forjado en River como jugador y entrenador, en 2004 emigró a España donde entrenó al CV Pórtol de Mallorca y a la Selección española antes de regresar a Sudamérica para edificar una hegemonía histórica durante más de una década al mando del Sada Cruzeiro. Las cifras son impresionantes: compitió en 55 torneos, fue finalista en 48 y ganó 39 de ellos. En su insondable palmarés se destacan tres Mundiales, siete Sudamericanos y seis Superligas de Brasil. Aunque nadie es garantía de éxito, el 70% de efectividad de Méndez fue el respaldo estadístico para su contratación.

Méndez asumió en noviembre de 2018 e inmediatamente debió afrontar múltiples desafíos, dentro y fuera de la cancha. El desgaste del último ciclo olímpico había hecho mella en el espíritu de algunos jugadores, varios de los cuales firmaron un comunicado contra la Federación Argentina de Vóleibol.

Mientras trabajaba en el espíritu individual y colectivo de su Selección, modificó la genética histórica del combinado nacional en busca de un equipo más agresivo para disimular las diferencias físicas con las principales potencias del mundo: «Pasa fundamentalmente por el ataque y los fundamentos que puedo dominar (ataque, saque y armado). Tuve la suerte de dirigir mucho tiempo y gané y perdí mucho. Cuando arranqué en Argentina, mis equipos bloqueaban y defendían una barbaridad pero no me alcanzaba para ganar como yo quería. Ahí empecé a estudiar más y a desarrollar lo que hoy trato de poner en práctica», definió en un vivo organizado por la Federación durante las primeras semanas de aislamiento en abril de 2020.

En esa misma entrevista estableció la importancia del trabajo físico en las selecciones menores para matizar a futuro la falta de potencia. También delineó sus pautas para la convivencia y organización de sus planteles: «En mis equipos las capitanías las otorgo yo. Tiene que ser una persona que me represente. Porque hay muchos líderes en un equipo de alta competencia, por eso para mí tiene que ser el ejemplo de trabajo, comportamiento y tiene que representarme ante el resto del grupo. Otro tema es la administración de egos. Los trato a todos por igual, trato de generar empatía y abrir canales de comunicación. Si el jugador entiende por qué uno le pide determinadas cosas, y que eso le sirve a su equipo y a él, se terminan los problemas»

Con contrato vigente hasta después de París 2024, el trabajo de Méndez no se circunscribe únicamente a la Selección mayor: su plan integral busca reestructurar las inferiores y la fisonomía de la liga local: «Estamos pensando mucho en la Juvenil y en la Menor. Se estableció un programa nacional de captación, donde se unió la Secretaría de Deportes de la Nación, que consta de 64 escuelas en todo el país que son comandadas por un coordinador y seis supervisores en los lugares de donde dependen estas escuelas. Creo que el plan es ambicioso. En algunos lugares ya se pudo hacer de forma presencial y en otros no, por la pandemia. El objetivo final es encontrar un mejor biotipo que nos permita jugar de igual a igual en la categoría adultos con las otras selecciones del mundo«, definió en una entrevista en abril en Olé.

Más allá de los cambios estructurales que impulsa a largo plazo, los resultados fueron inmediatos: defendió su corona Panamericana y consiguió el ticket olímpico en una definición memorable frente a China. Trabajando con una misma base de jugadores desde 2019, superó una infinidad de contratiempos durante la última preparación -bajas por coronavirus y el retiro inesperado de Crer- que incluyó su participación en la Nations League: «Tuvimos muchos obstáculos. Llevamos más de 80 días fuera del país, lejos de todos. Peleamos por un objetivo común para poner a la Argentina en lo más alto, a pesar de las dificultades. Es una historia de superación, de resiliencia. No pudimos volver a Buenos Aires, nos quedamos en Italia entrenando. Ahí hicimos un click, tuvimos muchos entrenamientos duros y nos habituamos a lo que habíamos sufrido en la Nations League: los saques potentes, la recepción, y crecimos en eso».

Méndez finalmente definió su nómina para Tokio 2020, un mix perfecto entre una camada preparada para su último baile y los jóvenes más destacados -fogueados también en la Copa Mundial de 2019- de un voley argentino que mantiene su protagonismo a nivel internacional en las categorías menores: su Selección Sub 19 finalizó en la tercera posición en el Mundial de la categoría celebrado en 2019.

Si la preparación había tenido sus desafíos, su aventura tokiota no fue un camino de rosas en el grupo de la muerte. Tras la previsible derrota inicial frente a Rusia, Argentina volvió a cruzarse con su pesadilla brasileña en un partido que se le terminó escurriendo de entre las manos en el quinto set. Contra las cuerdas, Argentina se recuperó una y otra vez: le ganó en cinco sets a Francia tras un cuarto parcial para el olvido, remontó una desventaja de dos sets frente a Tunez y despachó en tres sets a Estados Unidos en un mano a mano por el boleto a los cuartos de final.

Ya en la ronda eliminatoria, nuevamente hizo gala de su resiliencia ante Italia en otra victoria a cinco sets. Francia fue implacable en las semifinales y, por enésima oportunidad en la última década, Brasil apareció como escollo en su camino en la definición por el bronce como en Seúl 88. En un vacío Ariake Arena, Argentina protagonizó una batalla que mantuvo en vilo a todo un país insomne.

Tras la ventaja inicial que significó el ajustado 25-23 del primer set, Brasil reaccionó y se quedó con los dos parciales siguientes en un guión que parecía encaminarse a un mismo desenlace por tercer Juego Olímpico consecutivo. Pero Argentina reaccionó con el corazón goleador de Facundo Conte, con la magia de Luciano De Cecco, con la experiencia de Sebastián Solé, la frescura anotadora de Bruno Lima, la defensa inexpugnable de Santiago Danani y la muralla que levantó Agustín Loser en la red. Justamente fue Loser quien definió, ya entrada la madrugada en la Argentina, el partido con su séptimo bloqueo para rubricar un dramático 15-13 que desató la locura en Tokio y en cada rincón de un país que celebró un bronce de oro. 

El tercer puesto conmovió a un país que suele jactarse de su memoria selectiva para recordar únicamente a los equipos campeones. La madrugada del sábado 7 de agosto ya es parte de la enciclopedia de hitos nacionales, por el sufrido triunfo frente al rival de siempre pero principalmente por las sensaciones que transmitió un plantel conmovedor que reunió a millones de argentinos en cada presentación.

El voley hoy será tapa de los diarios, si es que todavía se imprimen, ocupará horas de televisión y será la noticia principal en los medios digitales. Pero en pleno éxtasis, Méndez y sus dirigidos alzaron la voz. Solé, un histórico, fue cruel en su análisis sobre la situación actual de una Liga local desfinanciada cuya última edición apenas fue disputada por siete clubes: «El voley está a punto de desaparecer en Argentina. Espero que esto sirva para que muchos chicos lo jueguen y ojalá empiecen a apoyar a este deporte que es hermoso».

No es el primero ni el único que aprovechó la exposición para mandar un mensaje similar. Méndez fue contundente: «Las medallas de deportes en conjunto las tenemos que focalizar en algo positivo. Invertir en los jóvenes. Nosotros tenemos un plan de captación en todo el país que implementamos el año pasado, estamos luchando para que este país sea mejor. Este triunfo histórico tiene que servir para reforzar nuestras bases. Tenemos que promover y ayudar a los clubes, que los clubes no mueran, son el fundamento y la base de estos deportistas».

Aunque encarnan al espíritu de camaradería nacional, y si bien atraviesan una situación disímil en comparación con la mayoría de las disciplinas individuales, los deportes colectivos también reclaman mayor apoyo por parte de sus dirigentes y, por qué no, de nuestra parte: como hinchas, y en nuestro caso también como periodistas, este bronce que vale oro también es una oportunidad para cambiar nuestro enfoque y empezar a seguir el día a día de cada uno de los deportes que elegimos enterrar entre cada cita olímpica.

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