Tom Brady: el dios de la competencia

Tom Brady agigantó su leyenda y Andrés Schimelman es nuestro invitado de lujo para analizar su legado. Bienvenidos al flamante integrante del panteón deportivo.

Tom Brady ganó el Superbowl. En realidad, Tampa Bay Buccaneers ganó el Superbowl. El primer equipo en disputar The Big Game en su estadio es además el primer equipo en consagrarse campeón en su casa. La familia Glazer, dueña del equipo (y criticada con ferocidad en Tampa Bay por supuestamente “poner todo el dinero en Manchester United”, la otra franquicia que poseen los Glazer), logró el segundo título en la historia de Buccaneers. Numerosos jugadores obtendrán su primer anillo. Bruce Arians demostró que confiar en un trío de coordinadores afroamericanos (Byron Leftwich, Todd Bowles y Keith Armstrong) rindió el mejor de los resultados. Antonio Brown y Leonard Fournette se redimieron. Rob Gronkowski refrendó su lugar como el mejor ala cerrada en la historia de la NFL. Y así podríamos seguir.

Pero, no nos hagamos los zonzos: Tom Brady ganó el Superbowl. Esas cinco palabras, que se repiten por séptima ocasión, eclipsan todas las demás. 

Descartémonos rápidamente de todas las apostillas que conocemos. Sí, tiene 43 años. Sí, fue su primera temporada tras 19 años con New England Patriots. Sí, debió ajustarse a un esquema nuevo por primera vez en su carrera y no, no tuvo a Bill Belichick como su entrenador. Sí, le ganó los últimos tres partidos a tres quarterbacks destinados al Salón de la Fama (Drew Brees, Aaron Rodgers y Patrick Mahomes).

Descarto estos agregados no para quitarle mérito a Brady -todo lo contrario-, sino porque no quiero repetir el error que cometí hace 5 años. Tras la heroica e impensada remontada de Patriots ante Atlanta Falcons en Superbowl LI, escribí que Brady había cementado su lugar como el QB más “grande” de la historia, finiquitando el debate que todavía existía entre él y Joe Montana. 

El error no fue asumir lo dicho en el párrafo anterior, sino ponerle un límite a un competidor absoluto como el nacido en San Mateo, California. Un año después del triunfo vs Falcons, fue MVP de la temporada regular y perdió el Superbowl ante Philadelphia Eagles, lanzando para 505 yardas (máxima en un SB) y 3 TDs. Al año siguiente, fue campeón a los 41 años. Es decir que llegó a tres finales consecutivas entre las edades de 39 y 41. En total, sumando los títulos obtenidos frente a Seattle Seahawks en 2014 y el del pasado domingo, Brady acumula cuatro anillos desde que cumplió 37.

En el último Superbowl de New England (13-3 vs Los Angeles Rams), fue la defensa comandada por Belichick la que brilló. Inclusive, si miramos la postemporada entera de Brady, encontramos números mediocres para un jugador de su estirpe (2 TDs contra 3 INTs, rating de 85.8). Esta tendencia se prolongó durante la temporada pasada, donde vimos en tiempo real como la relación más fructífera del deporte llegaba a su fin. 2019/20 fue una campaña bisagra para Brady. Acompañado por una ofensiva despojada de talento -especialmente en el puesto de receptor-, nunca pudo encontrar su ritmo. Otra vez, la defensa sostuvo a Patriots, que clasificó a playoffs y cayó en primera ronda frente a Tennessee Titans. La última jugada del partido (y la última de su carrera en New England), fue una pick-six lanzada por Brady.

Quizá Belichick -gerente general del equipo, además de entrenador-, analizó la situación y consideró que mantener su defensa intacta era más importante que darle opciones a su QB. Quizá, después de tantos años de rebajarse el sueldo para contribuir con el equipo, Belichick no quiso pagarle un contrato que merecía más por su “legado” que por su producción. Nunca lo sabremos. La realidad es que Brady, inesperadamente, se marchó. Y ahí es donde cambió todo.

No hace falta que detallemos el efecto que produjo la llegada de Tom Brady a Buccaneers, el equipo con peor % de victorias en la NFL. Basta con escuchar a sus compañeros, sus entrenadores y todo aquél que estuviera en la órbita de la franquicia. Puede sonar reduccionista decir que les enseñó a ganar, pero con lo difícil que es ganar de verdad en esta liga, entendemos que lo de Brady fue una proeza intangible. 

El N 12 lideró a un grupo de jugadores multi-talentosos a su manera. Desafiándolos en las prácticas, mostrando sus emociones y planteando cambios tácticos que consideraba necesarios. Cuando el panorama no era demasiado alentador (7-5 tras la Semana 12) no claudicó y logró lo que cualquier entrenador desea: que el equipo calibre perfectamente para el comienzo de la postemporada.

Brady no jugó unos playoffs maravillosos. La defensa coordinada por Bowles se tragó a Brees, Rodgers y Mahomes con una facilidad que asusta. Arians acertó en sus decisiones, Fournette se destapó en ofensiva y cada receptor tuvo su momento. Dicho esto, sería cómico pensar que un mariscal de campo promedio podría haber extraído los mismos frutos de este equipo. Brady fue el núcleo de la máquina, limitó sus errores (con la excepción de la segunda mitad en Lambeau Field) y aprovechó al máximo las fallas rivales. Y ganó el Superbowl. Su séptimo. El que aniquila cualquier debate entre Belichick y Brady. El que lo deja con más títulos que las 32 franquicias de la NFL (Patriots y Steelers tienen 6).

¿Cuál debería ser la respuesta periodística tras semejante logró? La pregunta no es retórica, aviso. ¿Cómo contextualizar algo que está fuera de contexto? O, más fácil: ¿qué hacemos con Brady?

Veamos apenas algunos títulos de distintos periódicos del mundo: “Tom Brady agiganta su legado”; “Tom Brady no caduca”; “Brady tiene un lugar entre los íconos del deporte”; “Convertido en leyenda”; “Tom Brady se eleva a la estratósfera del deporte”; “¿Es Tom Brady el mejor deportista de todos los tiempos?”

Es evidente que, antes de este triunfo, Brady ya era el jugador más exitoso de la historia de la liga. También era el más “grande”, que no necesariamente significa el mejor. El más famoso dentro y fuera del deporte, sin dudas. Quizás el único que cruzó la barrera de los Estados Unidos. “No sé nada de NFL pero me suena Brady. ¿Ese es el que está casado con una supermodelo brasilera y que gana siempre, no?” Las veces que habré escuchado versiones de esta frase.

El domingo, TB12 activó el modo leyenda. Sin una victoria como ésta (sin Belichick y sobre Mahomes, el único con una ínfima chance de algún día tomar su lugar), Brady no hubiera podido dar semejante paso.

Si Superbowl LI significó dejar atrás a Montana y ubicarse en la cima de la montaña NFL, Superbowl LV directamente lo saca de la montaña NFL y lo coloca en el Olimpo del deporte mundial, junto a Diego Maradona, Michael Jordan, Mohammed Ali, Roger Federer, Tiger Woods, Michael Phelps, Usain Bolt y agregue (o quite) usted a quien quiera. Pero Brady está.

Y así como los dioses del Olimpo eran dioses del amor (Afrodita), la fuerza (Ares) o la sabiduría (Artemisa), los dioses del deporte también representan valores. Y así como Ali es el dios del carisma, Federer el de la belleza y Jordan el de la invencibilidad, el gran legado de Tom Brady será el de competir. Y ganar, casi siempre.

Parado sobre el podio en Raymond James Stadium, junto a sus hijos John, Benjamin y Vivian, quienes le entregaron su quinto trofeo de MVP del Superbowl, Brady fue interrogado por Jim Nantz, relator del partido para la cadena CBS:

-“Y hay más, ¿no Tom? ¿Hay más football?”

-“Sí, voy a seguir. Ustedes ya saben eso”.

Esta historia no ha terminado.

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