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Serie Mundial: Un clásico instantáneo

Los Angeles Dodgers son una dinastía sin corona, una fuerza dominante que en los últimos cinco años alcanzó cuatro finales de la Liga Nacional y participó en tres ocasiones de la Serie Mundial. Los hinchas aseguran que existe una maldición sobre la franquicia y la noche del sábado en el Globe Life Field de Texas no hizo más que atizar esa justificación paranormal para una franquicia que persigue sin éxito el título desde 1988. 

Parte baja de la novena, Dodgers se imponían en el cuarto juego de la serie por 7-6 y estaban a un out de estirar a 3-1 su ventaja en las Finales. Kenley Jansen fue el cerrador designado por Dave Roberts para sentenciar a Tampa Bay Rays: después de eliminar a Yoshi Tsutsugo y a Joey Wendle, con Kevin Kiermaier en primera base después de un sencillo, el escollo era Randy Arozarena. 

Arozarena se escapó en 2015 de Cuba en un bote que atracó en la península de Yucatán. El pelotero era uno de los pilares de Pinar del Río en su país natal antes de cruzar el Golfo de México para radicarse en Cancún. Cinco años después, prácticamente un desconocido, el novato quebró récord tras récord en la postemporada para convertirse en una flamante estrella de la constelación MLB.

El pelotero cubano repitió en el cuarto juego, cuando en la cuarta entrada convirtió el noveno home run de sus Playoffs y estableció una nueva marca de jonrones en una misma postemporada. Arozarena, MVP de las Finales Serie de Campeonato de la Liga Americana frente a los Astros de Houston, salió a escena en busca de otro bateo para la historia.

Jansen sabía que Arozarena castigaría cualquier error, como sucedió en el tercer duelo de la serie: frente a frente en la novena entrada, el pitcher neerlandés fue testigo privilegiado del home run del cubano en una jugada que apenas sirvió para maquillar el triunfo de los Dodgers por 6-2. En idéntico escenario, un hipotético home run significaría la victoria para Tampa Bay. 

En el cénit de tensión de una montaña rusa de emociones, Jansen lanzó cada una de sus bolas a los bordes de la zona de strike para impedirle un bateo cómodo al rookie. La estrategia funcionó a la perfección para los Dodgers, dispuestos a darle la base por bolas. Contra jugadores como Arozarena, una amenaza implacable que también destrozó el récord de hits que el mito Derek Jeter estableció como novato, el rival solo puede ejecutar un control de daños e impedirle batear -incluso cuando eso significara darle el acceso gratis a primera base- era un desenlace aceptable para Los Angeles. 

Con Arozarena en primera, Kiermaier en segunda y dos outs, la temporada se redujo al mano a mano entre un catcher con futuro en el Salón de la Fama frente a un emergente que no había sido incluido en el plantel para la Serie de Campeonato. Los Dodgers tenían en sus manos, en la mano derecha de Jansen, la posibilidad tangible y lógica de conseguir el strike necesario para quedarse con un triunfo memorable y rubricar una ventaja que únicamente fue remontada en seis ocasiones en 117 años de historia de la Serie Mundial. Pero el deporte, incluso el deporte más estadístico de todos, siempre tiene una sorpresa inesperada. 

Brett Phillips fue elegido en la sexta ronda del Draft 2012 por Houston y, tras una carrera en la que no pudo consolidarse en ninguna franquicia, aterrizó en Tampa Bay el pasado 27 de agosto a cambio del parador en corto Lucius Fox. Más destacado por su enérgica risa que por sus funciones dentro del diamante, fue usualmente utilizado por los Rays como pinch-runner (sustituto de uno de sus compañeros situado en una de las bases con el fin de correr -gracias a su mayor rapidez y agilidad- hacia el home) y alternativa en defensa. Fue justamente en la parte baja de la octava entrada cuando Phillips ingresó en lugar de Ji-Man Choi en la segunda base 

Hasta la novena entrada del sábado, el zurdo había bateado .202 en 383 turnos y arrastraba una inactividad de 17 días que se remontaba al tercer juego de la Serie Divisional de la Liga Americana. Era el escenario ideal para los Dodgers, frente a un rival que no conectaba un hit desde el 25 de septiembre frente a Philadelphia Phillies. De todos los integrantes del plantel de Tampa Bay, Brett Phillips era quien menos chances tenía en la previa de ser el factor determinante de esa noche: «Es por eso que el béisbol es tan especial. Cualquiera puede venir y hacerlo en cualquier noche, especialmente en los Tampa Bay Rays.»

Pero Phillips conectó el lanzamiento de Jansen y se convirtió en héroe, anónimo e inesperado, en un desenlace plagado de errores. Porque el imparable hubiera sido suficiente para que Kiermaier igualara el marcador y forzara las entradas adicionales pero la sucesión de fallos le regaló la victoria a los Rays en una serie que ahora se definirá al mejor de tres partidos. 

La definición, la remontada de un equipo con dos outs en la novena entrada, se había dado apenas en otros dos de los 676 partidos del Clásico de Otoño. La inolvidable jugada -el bateo de Phillips y la triunfal carrera de Arozarena- se convirtió automáticamente en un clásico propiciado por una secuencia de desaciertos garrafales de los Dodgers después de que Phillips abanicara. 

Chris Taylor cometió el primer yerro. Forzado a jugar como jardinero central por primera vez después de más de un mes como consecuencia de las molestias que sufrió Cody Bellinger en su espalda, intentó capturar la pelota antes del tercer pique en una atrapada sencilla para un outfielder de primer nivel mundial. Taylor no fue responsable del empate a cargo de Kiermaier, inevitable después de la fabulosa ejecución de Phillips, pero fue quien le abrió la puerta a Arozarena para aventurarse en busca del milagro.  

Con la vista y la cabeza en su próximo movimiento, intentó una captura de rutina con el guante pero la pelota se le escapó y lo obligó a hacer un total de diez pasos para recuperarla y lanzar. Esos segundos perdidos fueron el génesis de la decepción. Con la pelota en sus manos, y sin percatarse de la situación de Arozarena, no se animó a un lanzamiento directo al catcher. 

Arozarena había alcanzado la tercera base cuando detectó los problemas de Taylor y se largó en busca del home a la caza del milagro. En su travesía se trastabilló, rodó y perdió su casco antes de ponerse nuevamente de pie para completar los 90 pies de distancia. 

Cuando el cubano consiguió pararse, la situación era adversa para sus probabilidades. El primera base Max Muncy había recibido la pelota tras la corrección de Taylor con Arozarena todavía estaba caído y con su espalda sobre el césped del diamante. Incluso con la falla inicial del outfielder, los Dodgers tuvieron margen de sobra para evitar la celebración de los Rays. 

Reincorporado, Arozarena todavía debía recorrer más de veinte pies para llegar al home. Fue en ese instante cuando descubrió que Muncy tenía la pelota en sus manos, alistado para cerrar la jugada con un pase sencillo al catcher, y emprendió su retorno a la tercera base para mantenerse a salvo, evitar un hipotético tercer out y extender la entrada a -por lo menos- otra serie de bateo. Era utópico que esa jugada finalizara en entrada para los Rays en un partido de MLB, menos aún en un juego de Serie Mundial. 

Pero Muncy, indiferente a la posición de Arozarena, lanzó desesperado por evitar la derrota una bola cuya trayectoria viajó por fuera del plato e incomodó al catcher Will Smith. Smith, con varios segundos de ventaja y un rival decidido a desandar su camino, también falló en su control. 

Aunque no fue protagonista principal porque no intervino en la cadena de errores que construyeron Taylor-Muncy-Smith, la pasividad del pitcher Kenley Jansen es otro de los fallos de la jugada. Tal vez sea el más imperdonable porque no se trata de una mala ejecución en una situación de extrema intensidad y presión: es un desatino conceptual.

Tras el bateo de Phillips, Jansen se arrodilló sobre el montículo desentendiéndose completamente de la jugada y, en retrospectiva, anticipando el colapso inminente de su equipo. Ubicado como mero testigo entre la tercera base y el home, su posicionamiento también fue un error: debería haber protegido al catcher. Si Jansen se hubiera parado detrás del receptor, tal vez hubiera sido capaz de solucionar el error de cálculo de Smith y evitado la entrada de Arozarena.

«No tiene importancia», declaró el propio Jansen en la conferencia de prensa posterior con la derrota ya consumada. Sin embargo, no es la primera vez que comete un pecado similar: le sucedió en la noventa entrada en una de las ediciones del clásico del Freeway en 2018 frente a Los Angeles Angels.

Más allá de las responsabilidades dentro de la cancha de los cuatro integrantes de los Dodgers, el principal apuntado es Dave Roberts, manager de la franquicia angelina. No es la primera vez que recibe críticas por su gestión del bullpen: sacó anticipadamente a un implacable Julio Urías, extendió por demás la presencia de Pedro Báez y su determinación de cerrar con Jansen en detrimento de un imperial Brusdar Graterol fue su sentencia en una noche negra.

Después de haber caído en dos Series Mundiales, Roberts podría perder su trabajo si los californianos no ganan el título. En caso de que suceda y se extienda la maldición de Los Angeles Dodgers, nadie podrá olvidar una jugada ya consolidada como un momento icónico en la historia de la MLB. 

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