thomasmuller

Thomas Müller descifró en 2011 uno de los mayores enigmas del fútbol moderno: su posición. Tenía 21 años, protagonizaba un rol estelar en el Bayern Munich de Louis Van Gaal y había sido premiado como el mejor jugador joven de una Copa del Mundo de Sudáfrica 2010 en la que fue uno de los cuatro máximos artilleros con cinco goles pero nadie, ni sus compañeros ni sus rivales, ni sus entrenadores ni los adversarios, ni los periodistas ni los analistas, podía encasillarlo. El propio Müller asumió la responsabilidad y resolvió el misterio en una jugosa entrevista con el periódico Süddeutsche Zeitung: «Ich bin ein Raumdeuter».

El término es una de las tantas palabras en alemán que no tienen una traducción exacta: en castellano significa intérprete de espacios o manipulador de espacios. Müller no solo es el primer Raumdeuter: también es su epítome. Nunca antes en la historia un jugador de sus características había sido tan determinante: probablemente nadie más vuelva a serlo porque el rol está intrínsecamente relacionado con las virtudes del protagonista y no con su función táctica. 

Concedido el privilegio inédito de inventarse su propia posición, apareció por primera vez en el Football Manager 2017 con una definición útil como resumen inicial: «El buscador de espacios es la traducción literal de la palabra Raumdeuter. Su principal función es la de encontrar huecos en los que jugar. En principio, ocupa posiciones de banda, esperando el momento adecuado para zafarse de la defensa rival y realizar disparos o centros peligrosos. Es difícil para los defensas cubrirle ya que suele moverse de la posición que tiene asignada para buscar oportunidades que explotar»

Müller es goleador sin ser un delantero nato ni un gran definidor, saca ventajas como extremo sin gambeta, velocidad ni desborde, crea y asiste como mediapunta sin los dotes técnicos de un enganche convencional. Hace de todo sin ser sobresaliente en ninguna de las clásicas características físicas o técnicas comunes en un futbolista de élite. Su arsenal de habilidades es prácticamente imperceptible a simple vista, tan invisible como la amenaza que representa para los rivales dentro de la cancha que después de cada intervención suya quedan preguntándose cómo y por dónde, entre líneas o cargando al área por sorpresa.

La función del Raumdeuter se escribe fácil pero tal vez sea una de las tareas más complejas de concretar dentro de la cancha: consiste en moverse con libertad absoluta, sin una posición fija, por todo el frente de ataque para explotar los espacios que van apareciendo en el último tercio del campo rival, por detrás de los mediocampistas o en los resquicios de la última línea. El protagonista debe reunir características puntuales que en más de un siglo únicamente compila Thomas Müller: un sobresaliente IQ futbolístico, una capacidad de anticipación extraordinaria y una lectura permanente tanto de los movimientos de los rivales como de sus propios compañeros. 

El Raumdeuter es un jugador contextual y camaleónico, anárquico, siempre al acecho, moviéndose en silencio sin la pelota hasta convertirse en una amenaza invisible, siempre listo para dinamitar los espacios que detecta con determinación y ferocidad. El propio Müller lo explica: «Todo se trata del timing entre la persona que hace el pase y la persona que corre en la zona correcta». Müller es el depredador que siempre corre en la zona correcta, una bendición en el fútbol moderno.

«No creo que existan muchos rivales en el mundo que puedan entender sus corridas y sus ideas», resumió su ex compañero Bastian Schweinsteiger. Puede dar fe el PSG, su última víctima en la final de la Champions League. Con 30 años, una Copa del Mundo, nueve Bundesligas, dos Champions League, un Mundial de Clubes, seis Copas de Alemania, cinco Supercopas, 38 goles en 100 partidos con su selección, 241 tantos y 194 asistencias en 622 encuentros con el Bayern Munich y un adjetivo para encasillarlo, Müller sigue siendo un enigma sin solución. 

Los orígenes del primer Raumdeuter

En una aldea de dos mil habitantes a cincuenta minutos de Münich, no se hablaba de nadie más que de Thomas Müller. El nene de ocho años, esperanza del TSV Pähl, había anotado 120 de los 165 goles de su equipo en la temporada 1998-1999. Era el orgullo del pueblo.

Jan Pienta, el cazatalentos del Bayern Munich que descubrió a Philipp Lahm y a Bastian Schweinsteiger, lo identificó una tarde en la que marcó ocho goles en las semifinales de un torneo regional: “Con once años era un jugador fuera de lo común. Su técnica no era nada especial pero corría por todas partes. Tenía piernas como una cigüeña”. El gigante bávaro convenció a los padres y se quedó con el prodigio. 

Inicialmente lo probaron como defensor pero Teong Kim Lim, el entrenador malayo de la categoría sub 13, lo reubicó en el mediocampo: “No era tan talentoso como algunos de sus compañeros de equipo, pero creció gracias a su dedicación en los entrenamientos y los partidos”. Müller recuerda al entrenador malayo, un ex futbolista que alcanzó a jugar en el Hertha Berlin en 1987, como el hombre que cambió su perspectiva: «Aprendí muchísimo de él. Tenía un gran ojo para las tácticas y para ubicarte en la posición correcta en la cancha. Fue uno de los primeros entrenadores de los que aprendí de fútbol, así que lo disfruté mucho»

Durante los primeros meses de Müller en las inferiores del Bayern Munich, Lim le encomendó una tarea a sus dirigidos: debían escribir en un papel cuáles eran los elementos constitutivos de un equipo. Müller escribió tres características: unión, luchar siempre y no quejarse si un compañero de equipo comete un error. Lim todavía guarda aquel papel que, en retrospectiva, sentó los pilares fundacionales de su juego.

Müller recorrió exitosamente la estructura formativa del club teutón. En la Bundesliga Sub 19 de 2006-07 marcó goles en el triunfo de semifinales frente al Werder Bremen y en la final perdida frente al Bayer Leverkusen. Su producción anotadora atrapó la atención de Jürgen Klinsmann: debutó oficialmente un mes antes de cumplir sus 19 años como sustituto del mito Miroslav Klose en un empate 2-2 frente al Hamburgo en el primer partido de 2008-09. 

Pese al prematuro debut, Klinsmann no le dio continuidad en el plantel principal e incluso estuvo a punto de ser transferido: “Me dijo que podía irme al Hoffenheim, que no había lugar para mí en el plantel”. Hermann Gerland, por aquel entonces entrenador de la reserva y actual asistente de Hans-Dieter Flick, vetó el traspaso. Bajo sus órdenes afrontó la 3.Liga y concluyó el torneo como el quinto máximo artillero con 15 dianas en 32 encuentros: “Podía jugar mal durante noventa minutos pero aún así anotaba”, recuerda Gerland en el libro Das Reboot que narra el proceso alemán que cimentó la consagración en la Copa del Mundo de Brasil 2014. 

Mientras Müller celebraba, el ciclo Klinsmann sufría cachetazo tras cachetazo rumbo a su inevitable final, goleado en cuartos de Champions League por el Barcelona de Pep Guardiola y Lionel Messi y desplazado de la cima de la Bundesliga por el Wolfsburgo campeón gracias a los goles de Grafite y Edin Dzeko. 

Uli Hoeness finalmente despidió a Klinsmann y designó a Louis van Gaal como sucesor. El holandés rescató automáticamente a Müller de la reserva y lo ubicó tácticamente como media punta: “Juega siempre, no importa si Franck Ribery o Arjen Robben están en forma o no”. El Bayern Münich recuperó su cetro en la Bundesliga, ganó la Copa de Alemania y perdió la final de la Champions League frente al Inter de José Mourinho. 

Van Gaal liberó a la bestia de medias bajas y físico desgarbado. Dentro de su estructurado sistema, le dio libertad total para seguir sus instintos: “Debuté antes de que él llegara, pero fue él quien confío en mí. Diría que mi mayor influencia fue Louis van Gaal. No es fácil encontrar a alguien que juegue en una forma tan extraña como yo. No soy bueno siguiendo órdenes, persigo mi instinto. Es algo que está dentro mío”. Müller respondió a su confianza con 19 goles y 10 asistencias. 

Joachim Löw, quien asumió la conducción técnica de la Selección de Alemania después del Mundial celebrado en su país en 2006, detectó rápidamente a Müller y lo citó incluso cuando Hoeness desalentó su convocatoria porque todavía era muy joven y no estaba preparado para asumir su rol a nivel nacional: “Thomas debería tener tres o cuatro días con nosotros para que pueda probar la atmósfera del equipo nacional. Pero esto es parte de nuestro proceso, y lo hemos acordado con el entrenador de la Selección Sub 21, porque también jugará un papel importante en la clasificación al campeonato europeo sub 21”. El suicidio de Robert Enke obligó a la cancelación del amistoso contra Chile y Löw no le dio minutos en el empate 2-2 frente a Costa de Marfil en noviembre de 2009. 

Müller finalmente hizo su presentación con la camiseta alemana el 3 de marzo de 2010 frente a la Argentina de Diego Armando Maradona, recostado como extremo por derecha para darle lugar a Mesut Özil en su posición natural. Ángel Di María convirtió el único gol del triunfo albiceleste y Maradona lo confundió con un alcanzapelotas cuando los sentaron a ambos en la conferencia de prensa posterior: “No sabía que era jugador”

Tres meses después, Die Mannschaft comenzó su aventura en el Mundial de Sudáfrica 2010, Müller fue titular en su tercer juego con la Selección, asistió a Lukas Podolski en el 1-0 y anotó el tercero de los cuatro goles que Alemania le marcó a Australia. Fue el puntapié inicial de una campaña brillante en la que marcó cinco tantos y repartió tres pases gol. Löw no pudo contar con él en la derrota en semifinales frente a España pero la gema del fútbol teutón se quedó con el Botín de Oro -por delante de Diego Forlán, Wesley Sneijder y David Villa gracias a sus tres asistencias – y se llevó el premio al mejor jugador joven del campeonato. 

Sudáfrica 2010 fue el escaparate definitivo para Müller. Aunque en la historia quedará apenas como el prólogo de todo lo que consiguió después, desde aquel debut frente a Australia empezó a forjar su singular definición a partir del pase gol a Lukas Podolski en el tanto inaugural de Alemania: Mesut Özil recostado en la derecha observa como Müller ataca el único resquicio que permite la copiosa muralla australiana y lanza sin mirar un centro atrás que Podolski transforma en gol. 

En octavos de final marcó por duplicado en el controversial clásico europeo frente a Inglaterra. Fue su primer gol, el tercero de su selección en el triunfo por 4-1, el que expone su asombrosa lectura del juego, de los movimientos de sus compañeros y del comportamiento rival. Con la ventaja en el marcador y lanzado de contra, Müller desacelera, baja de revoluciones, hace una pausa y se ofrece como pase: su compañero lo encuentra y Müller ajusticia a David James. En cuartos se vengó de Maradona y desató con un cabezazo la debacle argentina pero recibió una amarilla que lo marginó de las semifinales frente a España. En el partido por el tercer puesto capturó un rebote de Fernando Muslera y se despidió con un gol de un Mundial que podría haber sido su Mundial si Alemania se hubiese consagrado en Johannesburgo. Cuatro años después tendría revancha en Brasil, otra vez con cinco goles y un movimiento imperceptible pero determinante para destrabar la final del Mundial. 

Mundialmente conocido después de su actuación en tierras sudafricanas, Müller era un enigma sin solución, un futbolista indescifrable, una combinación poco ortodoxa que nadie conseguía rotular. No sobresalía en ninguno de los atributos más visibles de un futbolista pero su eficacia era absoluta. Nadie podía explicarlo. El popular diario Süddeutsche escribió: “Es una bendición, aporta un elemento de locura e imprevisibilidad al equipo Löw que ama jugar según su plan”

Cuando nadie tenía certezas sobre su juego, Müller empezó a dar detalles: “No me gusta que me clasifiquen como delantero. No me veo a mí mismo en esa posición. Tampoco estoy tan involucrado en la construcción y no toco tantas veces la pelota. Activo en el espacio detrás de los mediocampistas rivales”. Era indiscutible su condición de crack, antiestético, único e inimitable, pero explicarlo rozaba lo imposible hasta que él mismo se definió en una entrevista que le puso nombre a la última revolución táctica en la historia del fútbol. 

La última revolución

Para Thomas Müller es imprescindible que el entrenador le otorgue carta blanca para moverse con total libertad por todo el frente de ataque. Fijarlo en una posición es condenarlo, un pecado que cometió Carlo Ancelotti durante su etapa en el Allianz Arena pese a sus elogios iniciales: «Es un jugador atípico porque es un gran delantero con un conjunto de habilidades poco ortodoxas. Generalmente esperamos que los grandes delanteros se destaquen en términos de atletismo, técnica o creatividad. Esas no son sus fortalezas. En cambio, su fuerza es táctica, en su habilidad de leer el juego y ocupar el espacio correcto en el momento adecuado»

Pero Müller perdió terreno desplazado por Thiago Alcántara como media punta, bajó considerablemente su rendimiento y disparó: «Obviamente mis cualidades no son del todo adecuadas. No se que espera el entrenador de mí». Lothar Matthaus, leyenda del Bayern Munich, resumió el problema: «Muller no es siete, no es nueve, no es diez. Es todo eso. pero Ancelotti piensa y elige a su equipo estrictamente de acuerdo a la posición del jugador»

Ancelotti afrontó un desafío mayúsculo al asumir el cargo de entrenador después de tres años con Pep Guardiola. Müller lo expuso en una entrevista con The Athletic: «En los años posteriores a la salida de Guardiola no tuvimos éxito. De hecho, a veces era como estar en el Far West. Todo por lo que habíamos luchado, todo lo que habíamos aprendido en esos años maravillosos, se había ido»

Guardiola aterrizó en Münich después de un año sabático en busca de una nueva revolución. El reto parecía sencillo pero era demasiado riesgoso para Pep, quien abandonó la cómoda Barcelona para mudarse a un club en las antípodas de su ADN que había rubricado una de las mejores temporadas de su historia con Jupp Heynckes con el trébol conseguido entre la Bundesliga, la Copa de Alemania y la Champions League frente al Borussia Dortmund. Pero entre todo el escenario que afrontaría el genio catalán en los próximos tres años, la mayor dificultad era encontrarle un lugar a Müller, máximo goleador del campeón europeo, en su juego de posición. Pep lo probó como nueve y falso nueve durante el primer año rotándolo con Mario Mandzukic y Mario Götze, también como extremo e interior, pero recién en su tercera temporada, la segunda de Robert Lewandowski en el club, decodificó a Müller: lo ubicó suelto por detrás de Lewandowski y Müller anotó 20 goles en la Bundesliga.

La sociedad entre Lewandowski y Müller es una de las claves del éxito actual del Bayern Münich y nadie explica mejor sus ventajas que el mortífero delantero polaco: «Es más fácil con Thomas al lado mío. Me ayuda muchísimo, nos complementamos muy bien. Thomas siempre está atacando al arco rival, con un montón de movimientos. Cuando él juega tenemos siempre un jugador más en el área, yo tengo más espacio y no siempre tengo dos o tres rivales contra mí»

Niko Kovac, quien asumió en 2018-19 después de un interinato de Heynckes tras la pronta desvinculación de Ancelotti, estuvo a punto de terminar con un ciclo de veinte años de Müller, enfurecido con Löw después de que decidiera marginarlo públicamente de la Selección tras la decepcionante eliminación en primera ronda del Mundial de Rusia, en el gigante bávaro: «No iba a renovar mi contrato con el Bayern Munich en el otoño». El técnico croata lo relegó al banco de suplentes durante seis partidos consecutivos entre septiembre y octubre -un acontecimiento histórico en su carrera-, una situación que desató la incertidumbre en torno al mito vivo que llegó a plantearse su futuro. Pero Kovac, campeón alemán en la temporada anterior, fue despedido en noviembre después de que su equipo fuera vapuleado por Eintracht Frankfurt por 5-1 y cayera hasta la quinta posición en la Bundesliga a cuatro puntos del líder Borussia Mönchengladbach. 

Hans-Dieter Flick era ayudante de Niko Kovac cuando Karl-Heinz Rummenigge, Presidente del club, interrumpió su etapa. Flick, que había vestido la camiseta del Bayern Munich como mediocampista entre 1985 y 1990, quedó como interino con la ventaja de haber entablado una relación con la columna vertebral del club durante su época como ayudante de Löw en la Selección durante el ciclo mundialista que concluyó con el título en el Maracaná. Asumió como interino el 4 de noviembre y post pausa forzada por el coronavirus ganó los quince partidos que disputó para alzarse con la Bundesliga, la Copa de Alemania y la Champions League. 

Müller se convirtió en el emblema de la revolución Flick: «Tiene un muy buen sentido del juego tácticamente y es un jugador muy importante en el campo, es la mano derecha del entrenador. Lidera el equipo, lidera a sus compañeros y juega a un nivel muy alto. Thomas es un jugador que le haría bien a cualquier equipo. Conozco a Thomas hace más tiempo (que Kovac). Es importante para el club, ha ganado todo excepto la Eurocopa. Es inteligente y puede liderar al equipo»

Flick reconstruyó el sistema táctico para aumentar los espacios en ataque con dos extremos escorados y bien pegados contra la banda, un nueve que fija a los centrales, un lateral como Alphonso Davies que representan una preocupación constante por su talento en velocidad y un jugador polifuncional como Joshua Kimmich. Ese vendaval ofensivo generó un caos para el rival de turno que Müller capitalizó con su astuta lectura del juego y le permitió reencontrarse con su mejor versión: al margen de los logros colectivos, quebró el récord de asistencias de la Bundesliga con 21 pases gol y marcó 14 tantos entre todas las competencias. 

Pero sus movimientos no solo se traducen en goles y asistencias: en el altísimo ritmo que Flick le imprimió a su ataque, Müller dinamiza y armoniza el entramado ofensivo con sus irrupciones entre líneas y pases a un toque que también exponen sus talentos. La jugada previa al centro de Joshua Kimmich que le sirvió en bandeja la Champions League a un Kingsley Coman que definió la final en Lisboa con un cabezazo tiene un toque imperceptible pero determinante: Müller recibe dentro del área un centro atrás y, en vez de perfilarse hacia el arco de Keylor Navas, decide sacar la pelota con un toque contrario a la lógica. El resto es historia. 

Müller, dijo alguna vez Joachim Löw, puede crear sin ser un creativo. El caso más paradigmático es la final del Mundial de Brasil 2014. André Schürrle emprendió la corrida por izquierda y Mario Götze definió ante Sergio Romero pero fue Müller quien destrabó el esquema defensivo de Alejandro Sabella. Müller había quedado como referencia ofensiva después de que Miroslav Klose le dejara a Götze su lugar antes del tiempo suplementario pero, mientras Schürrle escalaba por izquierda, Müller salió del área, corrió a contramano y arrastró a Martín Demichelis fuera de su posición mientras Götze picaba en libertad al espacio generado. Cuando Demichelis intentó volver, ya era tarde y Alemania fue campeón del mundo. 

Cuando le preguntaron en The Athletic cuál había sido la principal modificación con respecto al ciclo Kovac, Müller respondió: «Podías ver los cambios, no es difícil de analizar. Cambiamos la forma en la que jugamos contra la pelota. Intentamos interrumpir el juego de nuestros rivales en su propia mitad de la cancha, sin restricciones. Funciona bastante bien, aunque no hay un sistema perfecto. Jugando con una línea defensiva alta, dejás mucho espacio para que el adversario lo utilice». Aunque la libertad del Raumdeuter está relacionada en el ideario futbolístico con un desligue total de responsabilidades defensivas, el compromiso de Müller es absoluto: está dentro de los treinta jugadores con más recuperaciones de la Bundesliga. 

«Tal vez ya no soy un goleador», explicó en Bundesliga.com el año pasado. «Trato de ser más responsable por todo el equipo, darle una estructura, una organización, energía y trato de asistir a mis compañeros. También intento marcar goles, pero cuando tengo que decidir entre meterme en el área o tratar de asegurar una posición en la zona frontal para evitar que salgan de contra, a veces prefiero la acción defensiva. Intento ganar partidos, trato de ser importante para mi equipo pero no es importante para mí ser el máximo goleador»

Entronizado como una leyenda del club, Müller renovó su contrato hasta 2023. Bayern Münich disfrutará de un jugador único en la historia que dejó una marca indeleble en el fútbol, un elegido que se dio el privilegio de inventar su propia posición.

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