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Anomalía en la NFL

Nadie podía imaginar todo lo que sucedería después de la épica remontada de Kansas City en el Super Bowl del último 2 de febrero. Ni la mudanza de Tom Brady a Tampa Bay ni la reivindicación de Colin Kaepernick por parte de la NFL tras su proscripción incial. En el consciente colectivo ambas opciones eran tan improbables como la pandemia que interrumpió el curso natural del mundo.

De todas maneras, el fútbol americano tuvo suerte: su temporada ya había concluido cuando el coronavirus se convirtió en pandemia. Con margen para adaptarse a la nueva normalidad, consiguió cumplir con la mayor parte de su prestablecido cronograma. 223 días habrán pasado cuando el vigente campeón liderado por Patrick Mahomes reciba en su casa a Houston Texans.

Entre todos los deportes del mercado estadounidense, fue la competición que menos sufrió los embates del COVID-19 en un país que registra más de 6.5 millones de casos, casi 200.000 muertos y 29.946 nuevos contagios en las últimas 24 horas. Aún en ese contexto, Kansas City y Houston inaugurarán una campaña anómala. Ambos equipos, al igual que las otras 30 franquicias que integran la liga, afrontarán su debut sin siquiera haber sumado un amistoso de preparación.

Fueron los propios jugadores quienes forzaron la cancelación de los clásicos cuatro encuentros de pretemporada que se celebran desde 1978 -serán tres desde 2021-. La liga, encabezada por el comisionado Roger Goodell, había recortado inicialmente a dos los enfrentamientos. El sindicato, sin embargo, se mantuvo impasible con el lógico objetivo de reducir a su mínima expresión el riesgo de contagio -también de lesiones- después de que una junta médica formada por expertos médicos que contrató la NFL sugiriera un periodo de acondicionamiento físico de 21 días y un campamento de 48 días.

Varios nombres fuertes expresaron públicamente su disgusto con la propuesta inicial de Goodell: “La NFL ha ignorado sus recomendaciones de seguridad de los expertos que ellos mismos contrataron. Todos amamos este juego y queremos salir a competir con nuestros hermanos. La NFL necesita proveer un ambiente de trabajo seguro para que podamos hacerlo”, escribió Richard Sherman en su cuenta de Twitter. No fue el único.

El 27 de julio, Goodell finalmente cedió y anunció mediante un comunicado: «En los meses desde que el COVID-19 dio vuelta al mundo, hemos trabajando junto a la Asociación de Jugadores con el objetivo común de jugar una saludable y completa temporada 2020. La NFL no se parecerá a otros años. Los juegos de pretemporada se han cancelado”. Aunque la temporada se jugará completa, incluido su nuevo formato de playoffs, la cancelación de los amistosos y los entrenamientos suavizados para prevenir lesiones después de meses de inactividad representan un escenario inédito que tendrá un impacto inmediato en múltiples estamentos de la liga.

Protocolos en duda

A contramano de los exitosos modelos diseñados por la NBA y la MLS en Orlando, la NFL decidió no construir una burbuja para aumentar la seguridad durante el desarrollo de la competición. Un camino similar tomó la MLB, que recortó su campaña regular de 162 a 60 juegos: sufrió contratiempos y coqueteó con la cancelación a principios de agosto por brotes significativos en Miami Marlins y St. Louis Cardinals con 18 y 7 jugadores contagiados. En total fueron 41 los partidos que debieron reprogramarse por casos de coronavirus que afectaron al calendario de 16 equipos.

Cuando a Dan Halem, comisionado adjunto de la MLB, le preguntaron por qué habían descartado la opción de aislar a sus jugadores, respondió: «En principio planeamos la burbuja, pero tras hablar con los expertos nos dimos cuenta que una burbuja en la temporada regular hubiese sido muy complicado. Por el lugar, porque necesitábamos muchos estadios. También consideramos el factor humano de jugar 60 partidos más la postemporada». Rob Manfred, comisionado principal que en agosto descartó la cancelación de la temporada, tomó nota del caos y decidió que los playoffs se definirán en una única sede bajo una estricta burbuja.

La NFL comparte algunas similitudes con la MLB. La logística es un problema significativo: cada una de las 32 franquicias está integrada por alrededor de 150 empleados. Descartada la opción de reunir a todos los equipos en un solo lugar, la alternativa de construir burbujas locales también fue desechada: resultaba imposible mantener fuera de casa a entrenadores, jugadores, cuerpo médico y otros integrantes del staff durante cinco meses.

 Allen Sills, médico en jefe de la NFL, destacó: «Esperamos ser un ejemplo para el país en cómo mitigar el riesgo y coexistir con el virus». En consecuencia, la responsabilidad será individual y eso no supone una buena noticia cuando -por ejemplo- un grupo encabezado por Tom Brady entrenó a mediados de junio aún cuando la NFL lo desaconsejaba después de que dos de sus compañeros dieran positivo de COVID.

De cara a la primera semana, entre el 30 de agosto y el 5 de septiembre se realizaron 44.510 exámenes a 8.349 integrantes de las 32 franquicias y tan solo un jugador tenía rastros detectables de la enfermedad. Los números son alentadores, pero también lo eran para la MLB durante la pretemporada.

Con un reglamento estricto tanto para los campos de entrenamiento como para los partidos, todo estará a prueba durante las primeras semanas. La posibilidad de concretar aunque sea un amistoso le hubiera permitido a las franquicias interiorizarse de los protocolos que deberán cumplir durante los próximos meses. En definitiva, la primera semana será a ciegas.

Las verdaderas víctimas

Después de siete rondas y 254 selecciones, nadie había pronunciado el nombre de Deonte Harris durante el Draft de 2019. Aunque su tamaño era un problema insoslayable para los ojeadores fue incorporado por New Orleans Saints como complemento para el plantel de 90 jugadores que afrontaría el campamento y los cuatro juegos de pretemporada. Sus chances de superar el corte e integrar la nómina de 53 activos para la temporada eran mínimas, menos aún cuando apareció en la formación titular del cuarto amistoso, cuando todo parece definido y solo los descartes se calzan el uniforme, frente a New York Jets.

Pero Harris cambió su destino en una jugada: devolvió un punt de 78 yardas y convirtió un touchdown que convenció a los Saints de extenderle un vínculo por tres años. En su primera campaña NFL lideró a la liga en devoluciones, en yardas recorridas de devoluciones, convirtió un touchdown y se ganó un lugar en el Pro Bowl.

Harris es uno de los ejemplos más recientes de la importancia que invisten los amistosos de pretemporada para los novatos que no han sido seleccionados en el Draft. También para aquellos agentes libres que intentan ganarse un lugar en la liga. En ese escenario, donde las estrellas descansan y los nombres principales de los equipos dosifican sus esfuerzos para evitar lesiones, existe un grupo de jugadores -descartes, parias o jóvenes relegados por condiciones físicas- que reciben la oportunidad de mostrar sus talentos: tal vez sea la única oportunidad de su vida.

Steve White, un extremo defensivo que vistió las camisetas de Tampa Bay Buccaneers y New York Jets entre fines de los noventa y principios del nuevo siglo, hoy es columnista en SB Nation. En 2012 escribió una columna en Bleacher Report sobre la importancia de los amistosos de pretemporada: «Desde mi experiencia personal, este tipo de partidos ayudan a los jugadores que tienen un lugar en la rotación y les da la oportunidad de ganarse un puesto como titular. Eso fue lo que me pasó en 1999 cuando pude sentar a Regan Upshaw como el ala defensivo derecho de Tampa Bay. Un año después, desafortunadamente para mí, me pasó lo mismo con Marcus Jones. ¿Hubiera sucedido todo eso sin nuestras performances en los partidos de pretemporada? Tengo mis serias dudas».

White también narra la historia de Chuck Darby, un liniero defensivo que no fue drafteado por su baja estatura. Después de una breve experiencia en la extinta NFL europea, regresó a Tampa, usó los amistosos como escaparate, se ganó un lugar en el plantel y fue campeón del Super Bowl con los Buccaneers. Entre los jugadores no drafteados siempre existen jugadores útiles que se escapan del profundo scouting que hacen las franquicias. Incluso, algunos pueden convertirse en estrellas. Tony Romo, Wes Welker, Kurt Warner y Antonio Gates pueden dar fe.

Andy Reid, el hombre que forjó a los Kansas City Chiefs campeones con Patrick Mahomes como líder, explicó en 2017: «Es una oportunidad para ver a los chicos que no he visto en un partido. Muchos de ellos no han jugado en la NFL. Y en ese escenario, tenés una pequeña sensación. Lo repiten un par de veces más y llegás a una conclusión de quién puede hacerlo y quién no».

Los planteles para la temporada regular se componen de 53 jugadores. Para los campamentos de entrenamiento previos, cada franquicia puede contar con hasta 90 jugadores -límite que se bajó a 80 en este 2020 por el coronavirus-. Cada año casi 1200 jugadores entrenan con las 32 franquicias de la NFL y quedan en el camino antes del comienzo oficial. Según los datos de Elias Sports Bureau, 460 jugadores libres sumaron minutos en la primera semana NFL, una cifra que representó el 27% de la NFL. La lógica indica que, sin amistosos, la cifra debería caer con respecto al año pasado.

Las nuevas estrellas

Era un secreto a voces que se confirmó en la noche del último 23 de abril en un Draft a distancia celebrado con un mundo en cuarentena. Joe Burrow, la súper estrella de LSU y ganador del Trofeo Heisman al mejor jugador universitario, fue elegido por Cincinnati Bengals con la primera selección. Beneficio de haber sido el peor equipo de la temporada, los Bengals se quedaron con uno de los mayores talentos en años.

Elogiado por su ética de trabajo aún pese a la distancia, Burrow conoce a la perfección el manual de jugadas y entrenó enfáticamente con sus compañeros en situaciones diseñadas de ataque y defensa. Brian Callahan, coordinador ofensivo del equipo, celebró a su quarterback en diálogo con ESPN: “Sus hábitos de preparación están a un nivel tan alto que sabe todo lo que necesitaba saber. Absorbe todo rápidamente, principalmente porque trabaja realmente muy duro para entenderlo todo. Para un chico que aún no ha jugado en la NFL, tiene un gran sentido del juego”.

El joven mariscal de campo, un talento generacional que ya fue designado como uno de los capitanes del equipo, afrontará un reto titánico como agente de cambio de un equipo que ganó dos partidos durante el último año. Sin embargo, las dificultades aumentaron exponencialmente para él por la pandemia. Los entrenamientos edulcorados de la atípica pretemporada no le hacen justicia al rigor de la liga profesional y Burrow recién probará el frenético y feroz ritmo NFL en su debut oficial.

“La única cosa que me preocupa un poco”, dijo el primer pick del Draft en The Athletic, “es que no me van a pegar hasta el primer partido”. Jóvenes emblemas como Burrow, con sus consecuentes responsabilidades ofensivas, necesitan tiempo para adaptarse al profesionalismo y principalmente para ganarse la confianza de sus compañeros, tiempo que tendrán que encontrar durante la temporada regular.

Aunque es el máximo exponente, Burrow no es una excepción: enfrentará las mismas contrariedades que el resto de su clase. En un draft cargado de talento en la posición de quarterback, Tua Tagovailoa -lesionado durante el cierre de 2019- afrontará un desafío similar en Miami Dolphins y Justin Herbert deberá aprender sobre la marcha a ocupar la posición que dejó libre la partida de Phillip Rivers en Los Angeles Chargers. Clyde Edwards-Helaire, running back escogido por los campeones, tendrá que aprender a convivir con Patrick Mahomes. Son solo ejemplos de una certeza: durante las primeras semanas, la camada 2020 de la NFL añorará los minutos que no pudieron sumar en la pretemporada.

Viejos conocidos, nuevos desafíos

Entre los hitos del extraño 2020 estará aquel 17 de marzo en el que Tom Brady anunció su partida de New England Patriots. Después de veinte años, seis Super Bowl, cuatro MVP del Super Bowl y tres MVP de temporada regular, uno de los mejores quarterbacks de la historia firmó el acta de divorcio, se separó de Bill Belichick, se mudó a Tampa y firmó un contrato por dos campañas para liderar a los Buccaneers que intentarán repetir su consagración de 2002.

Con 43 años recién cumplidos, Brady no sufrirá las desventajas de los novatos encabezados por Burrow pero de igual manera afrontará una serie de exámenes que no rindió nunca en su carrera. Para empezar, debió aprenderse un manual de jugadas completamente diferente al de Belichick en los Patriots sin siquiera haber podido sumar minutos junto a sus compañeros -todos nuevos salvo el renacido Rob Gronkowski-.

Para un mariscal de campo resulta fundamental darle rodaje a su estructura ofensiva, repetir movimientos hasta convertirlos en automatismos y generar una complicidad instintiva con sus receptores Mike Evans y Chris Godwin. Brady, después de casi ocho meses sin actividad, llegará a su presentación sin minutos oficiales.

Después de 16 años con los Chargers, Phillip Rivers será el mariscal de campo de Indianapolis Colts y atravesará un periodo de adaptación similar al de Brady aunque a otra escala y sin su insondable talento. Cam Newton, primera ronda del Draft 2011 y MVP en 2015, intentará revivir su carrera bajo las órdenes de Belichick en una apuesta arriesgada pero lógica por parte de los Patriots que -aunque en horas bajas- consiguieron a un gema. Quién mejor que Belichick, necesitado de un QB tras su separación con Brady, para recuperar al mejor Newton. Durante el año también se resolverán disputas que la pretemporada podría haber delineado: la lucha entre Mitchell Trubisky y Nick Foles por el comando de Chicago Bears o la pulseada entre el novato Justin Herbert y Tyrod Taylor en los Chargers.

Para los entrenadores tampoco será sencillo, a tientas en un terreno totalmente inexplorado. Ninguno conoce de forma cabal el potencial actual de su plantel y menos aún los lineamientos de sus rivales. Mike McCarthy (Dallas Cowboys), Ron Rivera (Washington), Joe Judge (New York Giants), Kevin Stefanski (Cleveland Browns) y Matt Rhule (Carolina Panthers) dirigirán su primer partido en la semana uno.

Una NFL sin hinchas

En los 16 partidos de la primera semana de acción, solo se completará el 3.38% de la capacidad de los estadios de los equipos locales. La NFL dio carta blanca para que cada franquicia estableciera sus propias reglas para el acceso de los fanáticos, respetando los protocolos de sanidad y el distanciamiento social. Solo tres de los locales tendrán público: Kansas City Chiefs, Jacksonville Jaguars y Cincinnati Bengals. El dato es impactante: los 16 estadios reunían una capacidad total de 1.147.811 espectadores y solo 38.837 podrán ocupar sus butacas.

La ausencia de público representa un nuevo ecosistema al que los jugadores también tendrán que adaptarse sobre la marcha. Si bien la NFL suministrará una recopilación de sonidos originales de la hinchada para rellenar el silencio de las tribunas vacías, por reglamento su intensidad no podrá estar por encima de los 75 decibeles. Según The Ringer, cuando el local defiende cerca de su zona de touchdown o cuando su ofensiva anota en la zona roja contraria, los aficionados superan los 115 decibeles.

Sin ese sonido ambiente, y con apenas el murmullo de base que ofrecerá la NFL, las defensas podrían encontrar mayores facilidades para escuchar, detectar y decodificar los movimientos de la ofensiva rival. Ejemplo sencillo: si Brady llama a una determinada jugada por su nombre (cada jugada tiene un nombre específico en el manual de jugadas de cada entrenador), la próxima vez que Brady repita ese nombre, la defensa ya sabrá el recorrido y podrá anticipar sus movimientos. Lo mismo podría suceder si hace una modificación o da una indicación ya formado en la línea de golpeo.

Este jueves comenzará una nueva temporada de la NFL, una liga que se prepara para perder el 38% de las ganancias si el público no puede regresar a los estadios: no habrá venta de entradas, ni tickets de estacionamientos, ni compras en los puestos de comida y merchandising, ni concesiones ni sponsors. Con el mundo en pausa, y rezando para que su método para blindarse ante el coronavirus sea efectivo, el deporte más popular de Estados Unidos vuelve a la acción en una de las temporadas más extrañas de su historia.

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