frent al espejo

Marvelous Marvin Hagler

Es domingo 7 de marzo de 1982 y el campeón unificado de los medianos acaba de consumar la cuarta defensa de su corona con un nocaut a los 67 segundos del primer round frente a Caveman Lee en Atlantic City pero está furioso: “Todavía estoy hambriento, todavía estoy frustrado”. 

Goody y Pat Petronelli, entrenadores y managers, exigieron explicaciones a los jerarcas de la cadena ABC-TV. La transmisión, emitida a nivel nacional, había omitido el apodo de su pupilo durante su ingreso al ring: “Si él quiere que lo llamen Marvelous Marvin en ABC, díganle que vaya a los tribunales y se cambie el nombre”. 

Aquel ninguneo de ABC no fue el primero ni el último que recibió en su vida. En la conferencia de prensa previa al combate con el argentino Norberto Rufino Cabrera en 1979 corrigió rápidamente al maestro de ceremonias que lo había presentado únicamente por su nombre: “Marvelous Marvin. No te olvides el Marvelous”. La sombra que proyectaba el talentoso y carismático Sugar Ray Leonard eclipsaba su irrefrenable ascenso. 

Boxeador desde siempre, debutó como profesional en 1973 y recién afrontó su primera chance mundialista seis años después frente a Vito Antuofermo en el Caesars Palace de Las Vegas: la derrota por puntos en decisión dividida fue un escándalo que vengó casi 18 meses después cuando forzó al retiro de su rival en el cuarto asalto. Por entonces ya era campeón en una época en la que los títulos, la fama, los apodos y los millones no se regalaban: se ganaban arriba del ring. 

En 1980 se consagró como monarca de las 160 libras del Consejo y la Asociación frente a Alex Minter en Wembley pero, dos años después y tras encadenar triunfos frente a Fulgencio Obelmejias, Antuofermo y Mustafa Hamsho, aún se resistían a oficializar su apodo. Entonces Marvin Nathaniel Hagler presentó una moción en un tribunal de Plymouth y el 25 de abril de 1982 cambió legalmente su nombre a Marvelous Marvin Hagler.

Los cuatro reyes

Marvín tenía 16 años cuando ingresó por primera vez a un gimnasio de Brockton y conoció a dos ex boxeadores que habían crecido junto al mito Rocky Marciano. Goody y Pat Petronelli asumieron automáticamente el doble comando como entrenadores de un adolescente que les regaló una foto suya firmada con la leyenda “del futuro campeón del mundo: he nacido para ser campeón”. El triángulo irrompible, como apodaban a su sociedad, jamás se desmembró: “Es la relación más fuerte y estrecha que he visto entre un púgil y su equipo de trabajo”, aseguró el promotor Bob Arum. 

Hagler nació el 23 de mayo de 1954 en Newark, Nueva Jersey, pero su familia se mudó a Brockton tras los disturbios y saqueos durante el largo y caluroso verano estadounidense de 1967: “Las cosas fueron difíciles para nosotros en Nueva Jersey. Había mucha pobreza, vivíamos en un gueto. Mi mamá pensaba que nos iba a ir mejor en Massachusetts y tuvo razón”. Dos años después, tras una pelea callejera frente a un boxeador local, se calzó unos guantes por primera vez y comenzó su etapa amateur, siempre rapado a cero para seducir a la diosa fortuna, hasta consagrarse campeón nacional de los medianos. 

Su salto al profesionalismo fue espinoso como consecuencia de la reputación que había forjado con sus puños. Nadie quería pelear con uno de los mayores prospectos del boxeo estadounidense, una tendencia que se repetiría años después cuando incluso afrontó dificultades para encontrar sparrings en la previa del combate frente a Cabrera: “Se corrió la voz. ¿Quién quiere pelear con un chico duro, un zurdo, por poco dinero? Para mantenerlo ocupado, nuestros promotores tenían que pagarle más a los oponentes que a él. A Marvin le costó entenderlo durante un tiempo”, rememoró Pat. El propio Hagler reveló, ya retirado, una charla con Joe Frazier, gloria de los pesados y clásico de Muhammad Ali: “Me dijo que tenía tres problemas: ser negro, ser zurdo y ser bueno”. 

Finalmente recibió su primera chance mundialista después de 49 peleas y una racha de veinte triunfos consecutivos con victorias resonantes frente al campeón olímpico e invicto Sugar Ray Seales, ante el renombrado Bennie Briscoe y una trilogía de batallas contra Willie Monroe. Después de su actuación frente a Briscoe, quien había visitado dos veces el Luna Park -un empate y una derrota- para enfrentarse a Carlos Monzón, Arum aterrizó en la vida de Hagler como su promotor y le prometió una oportunidad postergada. 

Antuofermo se había adueñado del título de los medianos frente al argentino Hugo Pastor Corro en Mónaco durante una velada en la que Hagler maravilló a Nino Benvenuti -quien perdió su cinturón mediano en 1970 frente a Monzón y se retiró después de la revancha entre ambos- con su nocaut en el octavo round frente a Cabrera: “No he visto nunca a nadie como él. Fue una pelea perfecta. Odio decirlo, pero era como un robot, fue demasiado perfecto”. 

Tras su exhibición, se convirtió en un nombre impostergable para el flamante rey que finalmente afrontó su primera defensa ante Hagler en Las Vegas. Aunque la mayoría de los especialistas coincidió en que Marvelous merecía el triunfo después de los quince asaltos, los jueces decretaron un controversial empate que le permitió al pugilista italiano quedarse con los cetros de la Asociación y del Consejo pese a bajarse del ring con seis cortes que requirieron 75 puntos de sutura. 

Consultado décadas después por The Ring, Antuofermo eligió a Hagler como el boxeador más fuerte, más resistente y más completo de todos los que enfrentó en su carrera: “Era mucho más fuerte que yo. Los 15 asaltos que protagonizamos fue la pelea más dura que tuve. Lo impacté con mis mejores golpes pero los asimiló. Era bueno peleando en la corta distancia, era muy fuerte, pegaba muy fuerte y era zurdo. Era un boxeador completísimo”. 

Antuofermo perdería el cinturón frente a Minter en su segunda defensa y volvería a caer en la revancha en Inglaterra. Inmediatamente, Hagler viajó a Wembley para su segunda oportunidad bajo un clima de absoluta tensión después de que el local declarara que “ningún hombre negro” podría interrumpir su monarquía. Aunque se defendió argumentando que habían tergiversado sus palabras, Hagler ya había asimilado aquella frase como combustible para atizar su ira y enfrentar el ambiente hostil y racista que lo esperaría tras líneas enemigas. 

Minter salió al cuadrilátero con un plan que abandonó demasiado temprano: en el segundo round dejó de lado el guión que había diseñado para desgastar a Hagler y decidió involucrarse en una guerra sin cuartel. “Peleé la pelea equivocada”, reconoció ya vencido. Después del tercer round, el árbitro panameño Carlos Berrocal requirió la examinación médica de un herido Minter que había sufrido profundos cortes debajo de sus dos ojos. Entre Berrocal y el manager Doug Bidwell decidieron ponerle fin al calvario, detuvieron la sangría y Hagler finalmente se convirtió en el campeón del peso mediano. Sin embargo, el estadounidense debió mudar rápidamente su celebración al vestuario al escaparse de una lluvia de botellas y latas de los furiosos hinchas que habían colmado el estadio.

Hagler volvió a casa como campeón lineal de los medianos e hilvanó siete defensas en 28 meses. La categoría atravesaba su época dorada con cuatro estrellas de características tan disímiles como singulares: «Los ochenta fueron muy duros, había tremendos peleadores con mucha hambre de gloria y de buenas bolsas, era un tiempo de grandes oportunidades. Muhammad Ali había conseguido llevar al peso pesado a la cúspide en los 70 y yo logré devolver al peso medio a su rol de categoría reina del boxeo unos años después”. 

Sugar Ray Leonard, considerado el mejor wélter de la historia, era poesía y elegancia en movimiento. Roberto Durán, el mejor ligero de todos los tiempos, desplegaba una velocidad supersónica para lucir sus manos de piedra. Thomas Hearns gozaba de una derecha perniciosa, cloroformo puro en su diestra, que combinaba con su largo alcance en una fórmula letal para sus oponentes.

Hagler era, en retrospectiva, el más completo de los cuatro: impulsado por su espíritu gladiador, feroz e implacable, combinaba dinamita en ambos puños con la mejor mandíbula de la historia. Zurdo, podía cambiar de guardia con facilidad y gozaba de la versatilidad de quien podía luchar tanto en la corta como en la larga distancia, era técnico, indescifrable, valiente e inexpugnable. 

El boxeo escribía sus páginas más gloriosas sin los vicios que en la actualidad frustran las peleas entre los mejores boxeadores del momento: no existía una sobrevaloración desmedida por el invicto, las estrellas edificaban su mitología sobre noches inolvidables en vez de construir su perfil en base a récords mentirosos frente a rivales de papel y las negociaciones entre los promotores y las cadenas priorizaban las emociones por sobre el negocio y la protección desmedida a sus figuras. Leonard, Durán, Hearns y Hagler pelearon todos contra todos, un escenario que hoy es prácticamente una excepción, en nueve ocasiones durante nueve años.

El Cholo ya había recuperado su amor por el boxeo después del “no más” en la segunda contienda frente a Leonard en New Orleans y en noviembre de 1983 -tras derrotar a Davey Moore en pugna por el título ligero de la Asociación- subió de categoría para enfrentarse a Hagler en un peldaño más de su romántica resurrección. La batalla duró los quince rounds planificados y el panameño se convirtió en el primero en forzar la lectura de las tarjetas en una pelea mundialista frente a Hagler.

La paridad fue absoluta en un trámite que se decidió en los dos últimos rounds. Durán, quien buscaba convertirse en el primero en la historia en ganar un título en cuatro divisiones diferentes, llevaba una ventaja de un punto en dos de las tres tarjetas y la restante estaba igualada gracias al show de escapismo que montó para forzar la imprecisión de su rival. Luis Spada, entrenador y estratega del Cholo, le advirtió en el descanso previo al 14º round: “Si ganás los dos últimos, ganás la pelea. ¡Tenés que ganar los dos últimos rounds!”. Pero Hagler, con un ojo cortado, remontó la desventaja y celebró en decisión unánime por 144-142, 144-143 y 146-145. 

Juan Domingo Roldán inmortalizó su nombre como el único boxeador capaz de derribar a Hagler. Martillo, dueño de una derecha implacable y retador mandatorio, viajó a Las Vegas y en los primeros segundos del asalto inicial envió a la lona al campeón con una combinación de derecha-izquierda: “Eso no fue un derribo, me resbalé y se lo dije al árbitro”, se defendió Hagler. 

Sometido por primera vez a la cuenta de protección, Marvelous trazó una brutal demolición sobre Roldán durante los rounds posteriores. El boxeador argentino de culto, quien falleció el 18 de noviembre de 2020, tenía el ojo derecho completamente cerrado y en el décimo round dijo basta después de desplomarse sobre el cuadrilátero. 

Sugar Ray Leonard comentó aquella actuación en HBO y, sentado en el ringside junto al analista Barry Tompkins, tomó nota: “Puede que Marvin finalmente se esté enlenteciendo”. Hagler respondió ocho meses después, en su primera y única presentación en el Madison Square Garden, con un nocaut técnico en el tercer asalto ante el egipcio Mustafa Hamsho. 

La guerra

Fueron siete minutos y 52 segundos de incesante drama, furia, caos y violencia que convirtieron a la pelea en un clásico instantáneo. Hagler y Thomas Hearns protagonizaron los tres asaltos más salvajes en la historia del boxeo en aquella noche del 15 de abril de 1985 en el Caesars Palace de Las Vegas. El desarrollo, sintético pero brutal, honró el apodo que había recibido el combate durante la gira mundial que ambos pugilistas protagonizaron para promocionar su rivalidad: Hagler salía a cada conferencia con una gorra profética con la leyenda War.

Hearns había irrumpido en el amateurismo como un boxeador de físico espigado y aspecto endeble. Nacido en Memphis, se mudó a Detroit donde atravesó una magnífica y sorprendente transformación rumbo al profesionalismo: aumentó su masa muscular, pulió su técnica y se convirtió en un artero pegador bajo las órdenes del prestigioso Emanuel Steward en su mítico Kronk Gym. La cobra de Motor City se apropió del mote de Hitman por su devastadora pegada. Galardonado como boxeador del año en 1980 y 1984 por la revista The Ring, fue el primer hombre en la historia en acumular títulos en cinco divisiones distintas. Pipino Cuevas, Wilfred Benítez, Virgil Hill y hasta el propio Durán forman parte de su historial de víctimas.

Con un currículum intachable de 30 nocauts en sus 32 triunfos, en 1981 unificó su cinturón welter de la Asociación con Leonard -titular del Consejo- en una velada popularmente reconocida como The Showdown. Hearns gozaba de una ventaja de tres puntos en las tres tarjetas de los jueces después de los primeros doce rounds. Leonard necesitaba un milagro y lo obró en los dos asaltos posteriores: el referí Davey Pearl frenó la pelea para detener el vendaval desatado por Sugar Ray y Hearns sufrió su primera derrota.

Hearns y Hagler estaban destinados a encontrarse el 24 de mayo de 1982 en Windsor pero una lesión en la mano de Hitman postergó el combate, tal como explicó Arum en aquella oportunidad: “Estamos esperando la respuesta al tratamiento de su mano antes de fijar otra fecha. Hoy lo examinaron médicos en Detroit, y todos coincidieron en que no podrá ni siquiera hacer sparring en los próximos treinta días”.

Ambos tomaron distintos caminos y recién se reencontraron en 1985. Hearns se consagró campeón del mundo ligero frente a Benítez y concretó su mayor logro al convertirse en el primero en noquear a Durán gracias a su punzante jab y la potencia de sus rectos de derecha. El temporal fue demasiado para Durán, quien cayó desmayado en el segundo round en una definición memorable.

Su ascenso a los medianos para enfrentar a Hagler desató numerosos cuestionamientos tanto en sus fanáticos como en la prensa especializada pero Hearns se sinceró: “La gente se sigue preguntando ‘por qué está peleando a Marvin, es una decisión terrible, Marvin es increíble, Marvin es Dios, Marvin es Superman’. Pero Marvin es el único que quiere pelearme. Benítez no quiere pelear. Leonard no quiere pelear”.

Steward y Hearns habían trazado un plan para desgastar a Hagler basado en la ventaja que suponía su mayor alcance. Era la propuesta habitual de Hearns, con su picante zurda siempre en punta para horadar la guardia rival y generar espacios que le permitieran filtrar su derecha mientras se movía por el cuadrilátero ante un rival desesperado por acortar la distancia. “Hagler estará tan cansado que después de siete u ocho asaltos le quitará las fuerzas. Entonces iremos por el nocaut tardío”, había analizado Steward en la previa.

Pero Hearns cayó en la trampa del agresivo Hagler y la pelea se transformó en un acto de supervivencia mientras Steward enloquecía en su rincón: “¿Qué estás haciendo? Tenés que pegar y moverte. Golpea. No luches con él”. En vez de escaparse, Hearns aceptó el intercambio: “Empecé a golpear porque tenía que hacerlo. Marvin acortaba la distancia y tenía que protegerme. Esos primeros tres minutos me sacaron todo lo que tenía”. El primer round fue premiado como el mejor del año y la consideración es casi unánime: es el mejor en la historia del boxeo. Entre ambos lanzaron 165 golpes: Hagler, quien solía activarse con el correr de los asaltos y sorprendió con su fiereza, ejecutó 82. El retador envió la impensada suma de 83 golpes, de los cuales apenas 22 fueron jabs.

Hearns salió de su rincón exhausto y con dificultades para mantenerse en pie. Hagler, envalentonado y determinado a definir el trámite, estaba decidido a aceptar el castigo de una diestra letal que había noqueado a 34 de los 41 boxeadores que Hitman había despachado: “Pero nunca ha golpeado a Marvin Hagler. He recibido los mejores golpes de los mayores pegadores de la división de los medianos y nunca me han derribado. Y este tipo ni siquiera es un peso medio. Hitman, mi culo”.

A pesar de sufrir un corte a mediados del tercer round que forzó al árbitro Richard Steele a convocar al médico, Goody Petronelli alentó al campeón: “No cambies. Apenas levantá un poquito más las manos. No te preocupes por el corte. Solamente seguí presionando”. Hagler, calmado, respondió: “No me voy a preocupar por el corte. Si vas a la guerra, te van a herir”. El desenlace era inevitable y un recto al mentón desató el final: Hearns cayó de cara a la lona mientras Sugar Ray Leonard gritaba enloquecido en el ring side: “¡Se ha ido… se ha ido!”.

Hearns efectivamente se fue esa noche pero volvió rápido a la acción y extendió su carrera hasta 2006 cuando finalmente anunció su retiro. Pese a la derrota frente a Hagler, fue reconocido por su entrega, aumentó notablemente su popularidad y se afianzó como uno de los grandes con sus actuaciones durante las décadas siguientes. Para Hagler fue su undécima defensa, una racha que extendería a doce -a dos del récord de Carlos Monzón- contra John Mugabi en otra conflagración de altísimo voltaje.

El retiro

La escena volvió a repetirse dos años después. Como en Hagler-Roldán, un retirado Sugar Ray Leonard se sentó en la primera fila del Caesars Palace para observar Hagler-Mugabi. Acompañado por el actor Michael Fox, una misma sensación recorrió su cuerpo: “Estábamos sentados, tomando unas cervezas, y veo a Mugabi superar a Hagler. Le dije a Michael, con algunas cervezas encima, que podía vencer a Hagler. Y él me preguntó si quería otra cerveza. Le respondí que si, pero que podía vencer a Hagler”.

La apasionante rivalidad con Durán ya era historia e incluso Hearns había quedado en su pasado cuando venció a Bruce Finch el 15 de febrero de 1982 en el Centennial Coliseum de Reno para revalidar su condición de campeón lineal wélter. Sobre su horizonte aparecía el desafío Hagler pero un desprendimiento de retina en su ojo izquierdo lo forzó a un abrupto retiro que oficializó el 9 de noviembre de 1982 en un evento solidario en Baltimore que contó con la presencia de Marvelous: “No vale la pena arriesgar mi vista”.

Sin embargo, Sugar Ray no soportó la rutina sin competencia, la vida sin el ring, y regresó en diciembre de 1983 con un plan de vuelo estipulado: algunas peleas a diez rounds como preparación antes de aumentar la dificultad de sus rivales con Hagler como destino final. El desconocido Kevin Howard fue el nombre elegido para un cómodo retorno. El combate había sido inicialmente programado para el 25 de febrero pero Leonard debió someterse a una nueva cirugía para reparar un desprendimiento de retina, ahora en su ojo derecho, que forzó a su postergación hasta el 11 de mayo de 1984.

Leonard acusó los 27 meses de inactividad, deslucido, vulnerable y oxidado. En la vuelta del “mejor de todos”, tal como se publicitó la pelea, Howard enmudeció al mundo cuando derribó a Sugar Ray por primera vez en su carrera durante el cuarto round. Aunque fue capaz de revertir el desconcierto y fulminó a su rival sobre el cierre del noveno asalto, las sensaciones no eran buenas y con apenas 27 años anunció nuevamente su alejamiento definitivo en la conferencia de prensa post pelea: “No puedo seguir humillándome. Me sentía muy aprensivo. No tengo las cualidades ni la concentración necesarias para ser un campeón. Lo tenía que descubrir yo mismo. No lo sentí, ni lo voy a volver a sentir. Me di cuenta cuando caí y miré a mi esposa, me di cuenta que no tenía mi confianza”.

Pero como sucede con la mayoría de los boxeadores, Leonard fue incapaz de superar el duelo inherente a su retiro y casi tres años después conmocionó al universo deportivo: en su segunda vuelta enfrentaría nada más y nada menos que a Marvelous Marvin Hagler y en un peso como el mediano en el que nunca antes había luchado.

El combate, un sueño postergado durante varios años, se anunció en una conferencia en el Waldorf-Astoria Hotel de Manhattan el 3 de noviembre de 1986. El acuerdo económico fue explosivo: Hagler embolsó 12 millones de dólares y un porcentaje de las ganancias mientras que Leonard cobró 11 millones garantizados y el 50% de los derechos televisivos del área de Baltimore-Washington. El evento fue un boom a nivel nacional e internacional, transmitido a más de tres millones de hogares en Estados Unidos y en 75 países del extranjero. Los 15.336 tickets disponibles en el Caesars Palace se vendieron en apenas 16 días, la capacidad hotelera de Las Vegas fue insuficiente y 1.100 periodistas de 31 países fueron acreditados.

Hagler, amplio favorito en las apuestas y con un invicto de once años, se preparaba para una segunda guerra con el ritual de siempre: en las semanas previas se aislaba del mundo en un campamento que sus allegados equiparaban con una prisión y una pesadilla para sus sparrings, en donde se alejaba de su familia y de sus amigos para enfocarse pura y exclusivamente en su objetivo. Como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra, los Petronelli plasmaron tan solo un ejemplo de su capacidad de abstracción cuando en la previa del duelo frente a Caveman Lee rechazó la posibilidad de pasar brevemente por su casa para saludar a su mujer Bertha y a su hijo: “No, no quiero besar a ningún bebé. Tengo que ser malo. Ahora mismo mi mente está en este hombre”.

El 6 de abril de 1987 finalmente se encontraron sobre el ring del Caesars Palace. Leonard ingresó primero con Smooth Criminal de Michael Jackson como cortina y Hagler hizo lo propio al ritmo de War (What is it good for) de Edwin Starr. El combate entre dos leyendas, representantes de dos estilos antagónicos, pertenece a la biblia sagrada del boxeo. Leonard aplicó el plan contragolpeador que Hearns descartó y Hagler, quien comenzó la pelea con una guardia ortodoxa antes de pararse de zurdo a partir del tercer round, enarboló una caza incesante sobre su escurridiza presa. Sugar Ray fue más eficiente: concretó el 49% de los golpes que lanzó (306-629) frente al 37% de Marvelous (291-792) según CompuBox.

La contienda es aún hoy un misterio sin solución, una de las peleas más controversiales de todos los tiempos. Puntuar una pelea es un ejercicio que requiere horas de práctica y un conocimiento profundo del deporte para detectar detalles en trámites cerrados como Hagler-Leonard pero la tarea parte principalmente de un único mandamiento que puede resultar antipático: cada round es una historia individual y debe fallarse con total independencia de los asaltos previos. Si bien conceptualmente es sencillo de entender, su ejecución no siempre resulta simple y a veces hasta los propios jueces -siempre creyendo en su buena voluntad- recaen en balances desmedidos.

Como no existe un criterio uniforme que determine parámetros objetivos para la evaluación de un combate, los resultados de un mismo duelo pueden ser absolutamente diferentes. Algunos premian la agresividad, otros ponderan la efectividad o celebran los movimientos defensivos, por citar algunos ejemplos generales. En Hagler-Leonard los tres jueces entregaron tarjetas diferentes y dieron como ganador en decisión dividida al campeón Sugar Ray Leonard.

  • Lou Fillippo falló 115-113 en favor de Hagler: “Hagler estaba haciendo todo el trabajo. El árbitro, Richard Steele, advirtió a Leonard al menos una vez en cada asalto sobre el clinch. Leonard luchó de a ratos, corría, agarraba y sujetaba. Hacía lo que tenía que hacer. Pero no puedo ver a un tipo sujetando tanto y recibiendo puntos por ello”.
  • Dave Moretti falló 115-113 en favor de Leonard: “Obviamente, Hagler fue el agresor, pero no fue un agresor efectivo. No se puede perseguir y ser golpeado, perseguir y ser golpeado, y obtener crédito por ello. Además, los golpes más duros fueron de Leonard”.
  • JoJo Guerra falló 118-110 en favor de Leonard: “Leonard superó en golpes a Hagler, fue más astuto que él, lo superó en el boxeo. Se veía muy bien. Sugar Ray Leonard lo hacía fallar mucho, y luego lo contragolpeaba. Leonard lo golpeaba. Deberían llamarlo Maravilloso Sugar Ray Leonard. El boxeo es el arte de la defensa personal, y Sugar Ray estaba al mando en todo momento. Era muy rápido y muy inteligente. Hizo que Marvin Hagler viniera a él. Él dictaba la pelea”.

En mi caso, revisité la pelea para esta edición: fue un empate en 114-114 que le hubiera permitido a Hagler retener su corona. Lo cierto es que más allá de mi conclusión, el 115-113 para cualquiera de los dos es un resultado lógico en un trámite que tiene varios swing rounds, es decir que hay varios asaltos demasiado cerrados que podrían decantarse para cualquiera de los dos rincones. Si tuviera que elegir un ganador, me inclinaría por Hagler.

Sobre la desmedida tarjeta de Guerra no vale la pena extenderse demasiado pero ocho puntos de diferencia en favor de cualquiera de los dos coquetea con el escándalo. No es la primera ni la última y no hace falta irse a tiempos remotos para encontrar resultados desproporcionados y ridículos como el 118-110 de Guerra.

La victoria por decisión dividida encendió una polémica que aún hoy no se apaga. Hagler expuso inmediatamente su descontento: “En una decisión dividida, no le das la pelea al retador, se la das al campeón. No puedo creerlo. Me voy a ir a dormir y me despertaré mañana sin poder creerlo. Le di tres o cuatro golpes arteros. La campana lo salvó unas tres o cuatro veces. Leonard quería ir a las tarjetas. No me podía ganar de otra manera. No podía lastimarme. No pudo lastimarme como o hizo Duran o como me pego Hearns. Todavía me siento el campeón. Lo presioné, tomé los mejores golpes, estaba muerto de pie”.

“Nunca me lastimó”, contestó Leonard. “Me sacudió, me aturdió. Pero regaló los primeros seis o siete asaltos. Después de eso, sabía que tendría que ir a por todo para ganar en los últimos asaltos. Ganó el mejor”. Sugar Ray se marchó de Las Vegas como campeón unificado de los medianos pero reconoció la jerarquía de Marvelous: “No me interesan los cinturones. Yo solo quería ganarle, pero para mí Maverlous Marvin Hagler aún es el campeón indiscutido de los medianos”.

Hagler no asimilaba su derrota: “Hay mucha política en el boxeo. Esto me deja un terrible sabor de boca sobre el boxeo. No perdí, fue cosa de los jueces, de la política del boxeo, Leonard no tuvo la culpa pero fue injusto. Durante las semanas siguientes, Marvelous desapareció del mundo: no se preocupó por cobrar los 19 millones de dólares de ganancias ni celebró su cumpleaños. Pat Petronelli desnudó la tristeza del ex campeón: ‘’Queríamos celebrar su cumpleaños el pasado 23 de mayo, pero nos dijo que no iba a esar ahí. Me dijo que quería estar solo, que no quería hablar de boxeo. Está amargado y me dijo: ‘Pat, no puedo creer que un boxeador pueda ganar el título corriendo hacia atrás para escaparse, agarrándose para defenderse y peleando apenas 20 segundos de cada round’. Fue muy duro para él”.

El 13 de junio de 1988, Marvelous Marvin Hagler anunció oficialmente su retiro: “Mi corazón me dice que si pero mi cabeza me dice que no. Me siento afortunado de irme del ring con mis facultades y mi salud intactas. Le voy a decir adiós al boxeo. Me voy a retirar e iré al cine”.

Devenido en actor en Italia, vivía seis meses en su país natal y seis meses en su país adoptivo. Hagler cumplió con su palabra y, a contramano de los otros tres monarcas, nunca volvió a subirse a un ring: “Ofertas tuve muchas, pero no acepté. Me enfrenté a todos los grandes, nadie quedó fuera, les gané, y aunque perdí el último combate, me retiré sintiéndome el campeón. No quedaba más. Lo que me da rabia es que parece que la gente solo se acuerda del último combate, con todos los éxitos que tuve”.

Hagler falleció el último 13 de marzo a los 66 años y en su lápida dirá Marvelous.

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