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Tom Daley por fin había alcanzado el sueño que tantas veces había imaginado desde que pisó por primera vez un Juego Olímpico como niño prodigio con apenas 14 años. Después de bronces en Londres 2012 y Río 2016, acababa de conquistar el oro en saltos de trampolín de 10 metros sincronizados junto a su compañero Matty Lee, un batacazo frente a la dupla china formada por Cao Yuan y Chen Aisen que soñaba con extender la tiranía china en la prueba desde Atenas 2004.

Fue entonces cuando, con la ansiada medalla dorada por fin brillante sobre su pecho, decidió usar el escaparate olímpico para enviar su poderoso mensaje: «Estoy orgulloso de decir que soy gay y campeón olímpico. Cuando era más joven, pensaba que nunca lograría nada por ser quien era, me sentía como que estaba solo, que era diferente y que no encajaba. Había algo en mí que me decía que nunca iba a ser tan bueno como lo que la sociedad quería que fuera. Ser campeón olímpico ahora solo demuestra que podés lograr cualquier cosa. Espero que cualquier joven LGTBQ pueda ver que no importa lo solo que te sientas ahora, no lo estás, podés conseguir cualquier cosa«.

El discurso fue aún más potente porque el mensaje, transmitido en vivo también para China y Rusia -plata y bronce en la competencia-, alcanzó a dos países en los que no se permite el matrimonio igualitario y en los que el movimiento homófobo gana cada vez más adeptos incluso dentro de los gobernantes que impulsan sus leyes. Aunque parezca un dato de otros tiempos, en 67 de los 205 países que participan de los Juegos la homosexualidad está prohibida y penada, según datos de la BBC.

Hungría representa el caso más reciente: en junio su Parlamento aprobó un paquete legislativo impulsado por el partido político ultraconservador del primer ministro Viktor Orbán y apoyado por la ultra derecha que prohíbe «la promoción de la homosexualidad y de la reasignación de género» ante menores de 18 años. El caso húngaro es apenas un símbolo de una ola creciente que pretende ponerle un freno a la igualdad.

Antes del auge y la consolidación de las redes sociales como voz de los atletas, Daley publicó en 2013 en YouTube un video intitulado ‘Algo que quiero decirles’: «En un mundo ideal no debería estar haciendo este video porque no tendría ninguna importancia. Pero ahora me siento preparado para hablar de mis relaciones. Al llegar la primavera de este año, mi vida cambió drásticamente al conocer a alguien que me hacía sentir feliz y seguro, y ese alguien es un hombre».

Ese hombre era Dustin Lance Black, guionista estadounidense que en 2008 había ganado un Oscar por escribir el guión Milk, una película que reconstruía la vida del político y activista Harvey Milk que fuera asesinado en 1978. Daley finalmente se casó con Black en el castillo de Bovey de su Devon natal en 2017 y un año más tarde fueron padres de Robbie. 

Daley se transformó en un ícono del colectivo LGBTQ+, sigla que agrupa a lesbianas, gays, bisexuales, trans, queers y un amplio espectro de otras tantas identidades y orientaciones sexuales. Con más de dos millones de followers en Instagram y en Twitter, el campeón olímpico británico aprovechó cada una de sus participaciones deportivas y sus redes sociales para enarbolar los derechos de un grupo eternamente discriminado. 

Entre tantos récords olímpicos y mundiales, hay uno que sobresale en Tokio 2020: un total de 168 atletas que anunciaron abiertamente su pertenencia al colectivo LGBTQ+ están participando de los Juegos Olímpicos, según publicó Outsports en su sitio web. La cifra es la más alta de la historia, prácticamente triplicando los 56 de Río 2016 y pulverizando los 23 de Londres 2012. «En estos Juegos Olímpicos hay más atletas LGBT que en cualquier otro Juego Olímpico anterior», celebró Daley.

Estados Unidos lidera la avanzada con más de 30 atletas, seguido por Canadá, Países Bajos, Gran Bretaña, Brasil, Australia y Nueva Zelanda. En promedio, solo uno de cada nueve atletas en la lista es hombre, un síntoma claro de que la homofobia todavía es un problema sin solución en el deporte masculino. Outsports también plantea un juego: si la delegación LGBTQ+ fuera un país, se ubicarían en el duodécimo puesto de la tabla general con el oro de Daley y la medalla plateada de la francesa Amandine Buchard. 

Cecilia Carranza, oro olímpico en Río 2016 junto a Santiago Lange, es la única argentina que integra la nómina: «Reflexioné mucho porque cuando una no se siente aceptada, se siente que está equivocada, que está haciendo las cosas mal. Fueron cosas que pasé en mi adolescencia cuando no me sentí bien con todo mi entorno al contar sobre mi homosexualidad. Empezás a sentirte no merecedora de nada. La gente lamentablemente piensa en muchas ocasiones que sos un mal ejemplo, hay muchas emociones muy feas para con el colectivo LGBTIQ+ y eso te hace sentir no merecedora. Y sin embargo, con paciencia, con trabajo, con amor, fui logrando un montón de cosas que deseaba, entre ellas a sentirme bien conmigo, con mi elección, a sentirme libre», reflexionó en una entrevista con el diario La Capital antes de embarcarse rumbo a Tokio en busca de su segundo oro.

Carranza fue elegida como la primera abanderada nacional y desfiló en la ceremonia de apertura con su socio de siempre. La designación, un momento histórico para el olimpismo argentino, fue el momento ideal para evaluar los esfuerzos que debió hacer durante su carrera: «Entonces, esta designación me hizo mirar para atrás, recorrer todo ese camino y me genera toda esta emoción porque fue tan difícil y tan duro por momentos… Pero lo pude ir desandando y cumpliendo las cosas que me planteé. Hoy me siento también muy comprometida con toda la comunidad LGTBIQ+. Ojalá ninguna persona pase más por este tipo de emociones«.

Aunque falta muchísimo en materia de derechos, los Juegos Olímpicos de Tokio avanzan en concordancia con un mundo cada vez más igualitario, más libre, más justo. En un año de pandemia, con escenarios deslucidos que nos recuerdan todas las vidas que perdimos, la apertura del deporte y sus deportistas es un motivo de celebración.

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