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La historia cuenta que a Ashikaga Yoshimasa, shōgun de Ashikaga que gobernó entre 1449 y 1473, se le había destrozado su tazón de cerámica favorito para preparar y tomar el té en la milenaria ceremonia japonesa. Si bien el emperador era el legítimo gobernante, el shōgun era un título concedido al «comandante en jefe para la destrucción de los bárbaros» que, a partir del siglo XII y hasta la restauración Meiji en el siglo XIX, asumió el rol como máximo mandatario de facto.

Decidido a recuperar su taza, que tenía un incalculable valor económico y emocional, Yoshimasa la envió a reparar a China con resultado decepcionante: los especialistas chinos emparcharon la rotura con unas grapas de metal que aseguraban su durabilidad pero habían estropeado su identidad. Fue entonces cuando apostó a los artesanos de su país, quienes desarrollaron una técnica inédita que consistía en reunir los fragmentos con un barniz espolvoreado de oro y resaltar las grietas en lugar de disimularlas.

Yoshimasa quedó fascinado. La taza restaurada mantenía su esencia aunque había mutado su estética. Aquellas cicatrices doradas del tazón se transformaron entonces en una filosofía troncal en la historia de Japón. Así nació el kintsugi, el arte de la resiliencia de un pueblo que durante toda su historia ha atravesado en múltiples ocasiones las etapas del proceso de reconstrucción: la destrucción inicial, la recuperación y el renacimiento.

La historia entre Tokio y los Juegos Olímpicos es un ejemplo perfecto del kintsugi japonés. La cita, que comenzará oficialmente con la ceremonia inaugural del viernes, es el tercer capítulo de una relación sinuosa y sufrida, cargada de dolor, tristeza y superación.

En 1936 Tokio había sido elegida como sede para la edición de 1940 por delante de Helsinki, un evento histórico que serviría como celebración del 2600 aniversario de la fundación del Imperio. El estallido de la segunda guerra sino-japonesa el 7 de julio de 1937 forzó la renuncia japonesa, efectiva el 16 de julio de 1938 en la voz Kōichi Kido, ministro de bienestar público: «Cuando la paz vuelva a reinar, entonces podremos invitar a los Juegos a Tokio y utilizar esa oportunidad para demostrarle al mundo el verdadero espíritu japonés». Tras su mudanza a Helsinki, la Segunda Guerra Mundial finalmente forzó la cancelación definitiva de las citas de 1940 y de Londres 1944. 

La paz tardó en llegar a un Japón que quedó devastado después del bombardeo atómico a Hiroshima y Nagasaki por parte de Estados Unidos. Aferrado al kintsugi, Japón emergió de sus propias cenizas y el Comité Olímpico Internacional le concedió la organización de los Juegos de 1964. Si el deporte fue -y es- históricamente utilizado por la política, Japón aprovechó su oportunidad para exponer ante el mundo las bondades de su cultura y su resurrección.

La ceremonia inaugural del 10 de octubre inmortalizó uno de los momentos más emotivos de la historia del deporte cuando Yoshinori Sakai, un atleta prácticamente desconocido de 19 años que no había podido clasificar en los 400 metros, encendió el pebetero en el Estadio Olímpico ante 85.000 espectadores. Su elección simbolizó el renacimiento japonés y quedó en la memoria como un atronador símbolo de paz y prosperidad: Sakai había nacido en Hiroshima en aquel fatídico 6 de agosto de 1945 en el que Estados Unidos lanzó la bomba atómica que asesinó a más de 150.000 personas. 

Japón finalizó tercero en el medallero por detrás de Estados Unidos y la Unión Soviética pero su triunfo fue más allá de las preseas. Los primeros Juegos Olímpicos celebrados en Asia fueron un catalizador de un país recuperado que sorprendió al mundo con la inauguración del tren bala de Shinkansen que unía Osaka con Tokio, otro síntoma del desarrollo y de la recuperación nipona. Los Juegos fueron un éxito global, los primeros en transmitirse a todo el mundo vía satélite.

El 7 de septiembre de 2013, en una sesión del Comité Olímpico en Buenos Aires, Tokio fue nuevamente elegida como sede para 2020 en una pugna en la que venció a Estambul y a Madrid. Con los Juegos de Río 2016 en el horizonte inmediato, Japón se proyectaba en el futuro como un acontecimiento tecnológicamente revolucionario.

Pero el tazón de Yoshimasa volvió a romperse con la irrupción del coronavirus y una pandemia que, pese a la resistencia inicial de las autoridades del Comité Organizador, obligó a la postergación después de que las delegaciones de Australia y Canadá amenazaran con su retiro. 

El 24 de marzo de 2020, mientras el mundo empezaba a descubrir a un virus maldito que se cobró más de 4 millones de vidas hasta la fecha, el Comité Olímpico y el Comité Organizaron anunciaron el aplazamiento de un año con la esperanza de que la llama Olímpica se convirtiera en la «luz al final del túnel que atraviesa el mundo»

Doce meses después, los Juegos Olímpicos finalmente se celebrarán en Tokio mientras el mundo sigue batallando contra un enemigo invisible. De aquella ilusión de unos Juegos inolvidables solo quedará la incertidumbre de lo que podría haber sido.

Entre críticas, movilizaciones, cuarentenas, manifestaciones que ruegan por su cancelación, protocolos estrictos y una vacunación que alcanzó al 20% de su población, Tokio 2020 se disputará sin espectadores después de que una nueva ola azote a Japón. Sumidos en un nuevo estado de emergencia, no será el escenario ideal ni el soñado para mostrarle al mundo a una nación diversa, plural y moderna, pero el encendido del pebetero olímpico del próximo 23 de julio volverá a quedar en la historia como un ejemplo del kintsugi japonés y, por qué no, de la resiliencia de un mundo todavía en guerra que espera recuperar su -aparente- normalidad.

Los Juegos y el coronavirus

La historia a veces parece repetirse, un homenaje al eterno retorno de Friedrich Nietzsche. De cara a los Juegos Olímpicos de 1964, Tokio ya pensaba en endurecer sus medidas de cuarentena para «prevenir la propagación de enfermedades que pudieran introducirse en el país» en un evento que reuniría a 7.000 atletas y más de 100.000 espectadores de todas partes del mundo. 

57 años después, en medio de una de las mayores crisis sanitarias de la historia moderna y con 11.312 deportistas además de 50.000 oficiales y 70.000 voluntarios involucrados, el coronavirus acecha a una competición que intentará desarrollarse con normalidad en una burbuja que parece insostenible pese a los estrictos controles y protocolos requeridos para atletas, dirigentes, periodistas y voluntarios.

En las últimas horas aparecieron los primeros dos casos de atletas contagiados dentro de la Villa Olímpica: los futbolistas sudafricanos Thabiso Monyane y Kamohelo Mahlatsi dieron positivo junto al video analista Mario Masha. Los Bafana Bafana, que aguardan por resultados de los últimos hisopados para descifrar la cantidad total de infectados, tienen programado su debut en el torneo el próximo 22 de julio frente al anfitrión.

En total ya son 55 los casos reportados, principalmente relacionados a miembros del staff que trabajaron en la organización: siete de ellos se dieron en el hotel que aloja a 31 integrantes de la delegación brasileña. Mientras lees estas líneas, seis atletas y dos miembros de la delegación de Gran Bretaña están aislados después de haber sido contacto estrecho tras su aterrizaje el pasado 16 de julio. 

En sintonía, puertas afuera de la burbuja olímpica, Tokio superó por quinto día consecutivo los 1000 casos diarios. El creciente pico, que registra las mayores cifras en los últimos seis meses, es una preocupación que no pasó inadvertida en los sponsors: Toyota, por ejemplo, decidió sacar del aire todas sus publicidades relacionadas a los Juegos. La desconfianza de las marcas es una preocupación más para un evento que sufre pérdidas económicas a diestra y siniestra.

La realización de la cita olímpica es una apuesta personal del primer ministro Yoshihide Suga, quien asumió el poder en septiembre y atraviesa una crisis que hundió su imagen: en los últimos días registró la menor tasa de apoyo de su incipiente gobierno con un raquítico 35.9%. En simultáneo, una encuesta del diario Asahi demostró que dos tercios de la población japonesa encuestada tiene dudas en torno a la capacidad de los organizadores de asegurar unos Juegos seguros. 

¿Se puede pronosticar el medallero?

En la era del Big Data, el portal Gracenote publicó una proyección del medallero para Tokio 2020. No es la primera vez que lo hacen, ya que en la víspera de Río 2016 también habían realizado su pronóstico. La tabla adjunta es su predicción para los inminentes Juegos Olímpicos. ¿Cómo lo hicieron? Tomaron todos los resultados posteriores a Río 2016 y sacaron sus conclusiones. 

Gran parte de los deportes de los Juegos Olímpicos tienen un punto en común que los hacen previsibles aunque no por eso menos espectaculares. Tanto la natación como el atletismo, por ejemplo, son más sencillos de pronosticar. Por supuesto que siempre hay lugar para alguna sorpresa pero lo cierto es que resulta prácticamente imposible que un deportista mejore notablemente sus marcas, registros y tiempos en un Juego Olímpico.

Hazañas como la de Keshorn Walcott o Billy Mills son excepciones. Walcott había vencido a Braian Toledo por el oro en el Mundial Junior celebrado en julio de 2012 con un lanzamiento de 78.64 metros y un mes después se colgó el oro olímpico en una tarde ventosa de Londres con el mejor lanzamiento de su carrera hasta entonces.

El estadounidense Mills se había clasificado para los 10.000 metros en los trials estadounidenses pero lejos estaba de ser considerado un candidato. Casi desconocido, sus tiempos estaban casi un minuto por detrás del favorito australiano Ron Clarke. En aquella tarde japonesa, Mills corrió 50 segundos más rápido que en toda su vida y se llevó el primer oro de su país en la competencia.  

Sin embargo, Tokio 2020 tendrá un factor inédito: el coronavirus. Un positivo puede modificar drásticamente el desarrollo de una competencia, especialmente en las pruebas individuales. «Debido al impacto de la pandemia mundial de COVID-19, es probable que los Juegos Olímpicos de Tokio sean los Juegos Olímpicos más impredecibles de la historia. Como de costumbre, la Tabla de medallas virtual de Nielsen Gracenote ha utilizado la información disponible desde los Juegos de verano de 2016 para identificar a los atletas que probablemente tengan éxito, pero la proyección contiene más incertidumbre de lo habitual debido a la pandemia», explicó Gracenote.

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