Su primer registro mediático es de hace más de una década. En un video con reminiscencias maradonianas, con apenas trece años está parado junto a su hermano Alan y su papá Carlos Alberto. Todavía tímido, recién empezando una formidable carrera amateur que concluiría con 186 triunfos, 5 empates y 5 derrotas, apenas atina a presentarse en sociedad frente a la cámara:  “Me llamo Brian Castaño”.

Qué Oscar De La Hoya haya aterrizado en Junín para visitar a Lucas Matthysse (37-3, 34 KOs) en la previa de su pelea por el cinturón superligero vacante del Consejo Mundial de Boxeo es todo un síntoma: The Machine, como lo apodan en Estados Unidos, es la máxima estrella de una escudería reducida a una brizna tras el desfalco materializado por el clan Haymon-Schaefer y uno de los grandes candidatos a adueñarse de la acéfala escena a nivel internacional tras el retiro de Floyd Mayweather.

Emanuel Cusolito (21-1, 19KOs) estuvo a punto de retirarse, con apenas 24 años, invicto y después de un nuevo nocaut que apuntalaba la proyección de uno de los principales prospectos del boxeo argentino. Después de derribar en el tercer round a Juan Pablo Parada en Junín y tras sumar su decimoquinto triunfo al hilo, la Ardilla recibió la noticia más triste de su vida al salir del vestuario: su papá, el hombre que había impedido que se dejara llevar por las malas juntas del barrio y lo había convertido en boxeador, había fallecido a causa de un infarto.

Hay una batalla que el hombre sabe perdida incluso desde antes de nacer. Es el ciclo de la vida, crecer y morir, un sendero que transita con la resignación de un destino inalterable, un final escrito con tinta indeleble. Pero el hombre es testarudo y aunque asume que no puede oponer resistencia contra el tiempo, interiormente se siente omnipotente y batallará con un optimismo tan inocente como romántico hasta rendirse ante argumentos evidentes. La crisis se profundiza en los deportistas porque es inaceptable dejar de ser joven, entregarse a la vejez y aceptar una derrota que condena a construir una nueva rutina, una que no quiere, que no eligió, que no le gusta pero que resulta obligatoria porque el físico, castigado, no da más. Por eso Sergio Martínez demoró un año su retiro, una decisión impostergable que podría haber tomado tras la primera de sus tres caídas frente a Miguel Cotto.

Las Vegas planteó un desafío contrarreloj después de una noche interminable. El combate del siglo ya era parte de la historia grande del boxeo pero la cobertura, entre conferencia de prensa y posterior celebración de Floyd Mayweather, se extendió hasta las seis de la mañana local, diez de la mañana argentina. Prácticamente dormido, un iluso Xeneize programó su celular para que sonara tres horas después incluso sabiendo cuál sería su destino: la alarma sonó, nuestro protagonista la postergó y siguió durmiendo plácidamente hasta que despertó sobresaltado, sintiendo que estaba en un lugar incorrecto a la hora incorrecta. Era tarde pero todavía había tiempo porque, mientras los amigos se reportaban desde adentro de La Bombonera, faltaban dos horas para el clásico.

A tientas palpa la habitación hasta encontrar ese tesoro tan preciado que sumó a la valija porque existe una matriz común en todos los bosteros, incluso en todos los argentinos, que perpetúan su absoluta singularidad: no existe hincha que cuando se va de viaje no se lleve la camiseta de su club para lucirla orgulloso frente al mundo, para marcar presencia en cualquier latitud, para demostrar que somos gigantes, que copamos todos lados, que estamos en todas partes. Investido con el manto sagrado, empieza una odisea que increíblemente sería más compleja de lo imaginado: encontrar un bar para ver el partido.

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Para explicar sencillamente la demografía de Las Vegas vale aclarar que cada hotel es una ciudad en sí mismo porque cada uno tiene todo lo necesario para sobrellevar una vida artificial sin exponerse al asolador calor de una ciudad que se erige como un espejismo en medio del desierto. Nuestro protagonista se aloja en el coqueto Excallibur, un castillo digno de Disney, pero enfiló rumbo al imponente MGM Grand, justo del otro lado de la calle. Otra particularidad de Las Vegas es que no hace falta esperar semáforos ni cruzar por sendas peatonales porque existe una brillante concatenación de escaleras mecánicas y puentes que construyen un circuito aéreo.

Tap, el primer bar que coteja nuestro amigo, tiene veinte pantallas que caprichosamente sintonizan diferentes eventos deportivos. Antes de sentarse en una mesa y con la seguridad de que podrá ver el clásico, nuestro protagonista recuerda un valioso consejo de su padre: “Preguntá antes de mandarte cagadas“. La atractiva recepcionista castiga nuestra ilusión confirmando que no van a pasar el partido. Falta una hora y un escalofrío recorre la espalda de nuestro bostero perdido en Las Vegas porque no tiene ni idea de algún lugar donde transmitan el partido.

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Ante la negativa, sale eyectado a recorrer el escenario desesperado, transpirando porque en su locura abandonó el circuito que ofrece la ciudad. En medio de su rush, se encuentra con un argentino que estaba de vacaciones y le cuenta que vio la pelea a través de un streaming hecho desde un Ipad en Argentina. Obviamente, no tiene idea de algún lugar donde  transmitan el partido.

Desmoralizado, llega a un shopping, uno de los tantos que tientan a pecar amenazando su estabilidad económica. Hay un restaurante que se llama Pampas – Churrasquería, ahí lo tienen que pasar. Tampoco. Blondies, un lugar que en honor a su nombre es atendido por rubias despampanantes que te absorben con la profundiad de sus escotes, parecía la salvación. Ahora en la pose de galán, nuestro hombre saca a relucir su chapa rioplatense y chamuya a una de las mozas hasta que consigue la programación que ofrecería el bar en sus 32 televisores. En la interminable lista no figuraba el Boca-River aunque resaltaba un detalle macabro: si transmitirían Unión-Belgrano.

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Faltaban veinte minutos y lanzarse a caminar significaba perderse la salida de Boca, uno de los momentos más hermosos de todo superclásico. De repente encuentra un bar desolado, con pocas meses ocupadas pero con platos más que atractivos y el espacio suficiente como para sentarse durante tres horas. La barman, una rubia que engatusaba con su mirada, bucea toda la programación del cable buscando el partido a pedido de nuestro hombre, quien sumaría otra decepción. Agotado, se resigna a verlo desde ese mismo bar a través de la televisión pública. Pide una hamburguesa y unas papas que sorprenden por su tamaño junto a un vaso de gaseosa que sería un aliado inesperado para sobrevivir a tanta tensión: en Estados Unidos existe el refill, esa política que le permite al consumidor llenar su vaso cuantas veces quiera.

Sale Boca, empieza el partido, nuestro hombre se lamenta la impericia de Osvaldo y Chávez y sufre con el bombazo de Carlos Sánchez, ensimismado en la pantalla, absorto de un mundo que parece haber desaparecido durante algunas horas mientras los gringos celebran el enésimo bombazo de Stephen Curry en el duelo entre Grizzlies y Warriors mientras Mike Tyson firma autógrafos a diez metros de nuestro protagonista.

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Ese rincón en el bar Kentucky es una extensión de La Bombonera en Las Vegas. Pavón destruye la paridad y de repente una desaforada explosión atrapó las miradas de todos. Andá a explicarle a estos gringos de Las Vegas, perdidos en una vida artificial que fluctúa entre casinos, alcohol y capitalismo que Boca le está ganando a River el primero de los tres chicos, que se sube a lo más alto de la punta y que queda como el único puntero del campeonato, el prólogo ideal para afrontar los dos desafíos que se vendrán por Copa Libertadores. Andá a explicarle a estos muchachos que nuestra locura no entiende de distancias ni complicaciones. Triunfante y solo en Las Vegas, nuestro protagonista a la postre claudicaría a los seductores pecados de esta ciudad.

La fisonomía del boxeo moderno, tal como la conocemos, dejará de existir en breve cuando Floyd Mayweather decida abdicar a su trono. Cuando la leyenda se refugie en la eternidad y se convierta en una gárgola inmortal, se desatará un proceso tan incierto como atractivo en busca del un nombre propio que se adueñe de un deporte acéfalo. Será una batalla encarnizada hasta que un príncipe demuestre su linaje y proclame a los gritos que se ha convertido en el nuevo rey, una conflagración entre herreros que intentarán marcar a fuego su apellido en la nueva era que comenzará cuando Floyd, en septiembre o en mayo, entregue su corona.

Una semana después de que Money se consagrara como el mejor del siglo, Saúl Álvarez (44-1-1, 31 KO) subirá al ring emplazado en el Minute Maid Park de Houston frente a un aforo que se estima en 60.000 fanáticos para presentar su candidatura como heredero al trono ante James Kirkland (32-1, 28 KO) en una noche que promete saciar el vacío de dramatismo que cosechó #MayPac.

Canelo, que en octubre cumplirá diez años como profesional, reúne varios de los condimentos excluyentes requeridos en un gran boxeador para convertirse en estrella. Con apenas 24 años conjuga una fórmula ideal de experiencia y juventud, tras haber jerarquizado su foja después de un extenso prólogo frente a rivales de menor valía que fueron simples estaciones para engrosar su récord. Los nombres de Kermit Cintrón, Shane Mosley, Josesito López, Alfredo Ángulo y Erislandy Lara ya se apilan encimados en su récord. En medio, la mejor versión de Mayweather lo devolvió a la escuela en una derrota incontestable que aplacó su ansiedad, una lección sobre la cual erigir sus futuros pergaminos.

Será la reaparición de la otra gran joya de Golden Boy Promotions en un año que ya tuvo a Lucas Matthysse triunfante en la batalla de Verona frente a Rulsan Provodnikov. Después de diez meses por una lesión en su tobillo, Canelo regresará al ring tras el parate más largo de su carrera en una noche que representa una oportunidad pero también una obligación: con la chance de capitalizar el contexto que generaron Mayweather y Pacquiao, brillar en Houston podría ser su escaparate definitivo para conquistar a un mundo decepcionado.

Con Julio César Chávez Jr. de fracaso en fracaso, los fanáticos mexicanos sepultaron esa dicotomía entre el Junior y Canelo. En la tierra azteca parece haber unanimidad con respecto a Álvarez, de creciente carisma, llamado a ser el nuevo guerrero de una tradición que enaltecen nombres como los de Juan Manuel Márquez, Érik Morales y Marco Antonio Barrera. Kirkland podría ser el hombre ideal para un combate que solidifique esa sensación.

Durante los primeros años de su carrera, el texano se ganó el apodo de “Mini Mike”. Kirkland, vehemente, determinado, poderoso y violento, encarnaba el espíritu de Tyson, esa voracidad imparable por el nocaut instantáneo. Tenía falencias pero bajaba la cabeza, lanzaba una ráfaga de golpes y ponía a dormir al rival de turno. Su desprolijidad en el ring era, por supuesto, una semblanza de su vida. Con un repertorio que aventuraba páginas gloriosas para su carrera, el propio Kirkland autodestruyó su futuro: acumuló 54 inoportunos meses de detención que, dividíos en dos, interrumpieron sus periodos de consolidación.

Todavía acorralado por la sombra de quien pudo haber sido, el estadounidense encontró un desafío impensado en una carrera tan emocionante e irregular como su boxeo. Kirkland es un enigma, indescifrable no por su estilo evidente sino por su compromiso. Sin Ann Wolfe, clave con sus entrenamientos dictatoriales para adoctrinar a la bestia, el texano afrontará el desafío más importante de su carrera con un nuevo equipo de trabajo que tendrá al ignoto Nick Morones Jr. en su rincón.

Mientras planifica su futuro y sueña con Miguel Ángel Cotto, Canelo tendrá en Kirkland un rival que se prestará a dramatizar una noche en la que Saúl Álvarez podrá agregarle épica a su carrera y seguir sumando méritos para considerarlo uno de los posibles aspirantes a la corona que, tarde o temprano, Mayweather dejará vacante.