Decorado por su resplandeciente fanfarría, la majestuosidad de sus edificios y la sensualidad de sus casinos, Las Vegas ofrece un recorrido paralelo que unos pocos desciframos, absortos en esa incesante búsqueda de economizar nuestra estadía en la Ciudad del Pecado.

Si sos argentino, naturalmente, estás sometido al flagelo de las compañías telefónicas que, lejos de estar reglamentadas por una ley, hacen y deshacen a gusto y piacere. Por eso terminás pagando excedentes insólitos, contenidos premium que nunca usaste y tu plan que, en un principio, era de 200 pesos se transforma en una empresa quimérica para tu bolsillo.

Por supuesto, cuando uno viaja al exterior asume que entrega su cuenta bancaria en cuerpo y alma al maldito roaming. Esa itinerancia indescifrable que te ofrece un plan en cualquier destino por un valor que nunca conocerás, hasta que, atemorizado, descubras la suma final en tu boleta.

Pero Las Vegas puede ser la excepción, así que ni te preocupes, dormí tranquilo, prepará el bolso y sacale el chip a tu celular porque la Ciudad del Pecado y su engatusador capitalismo 24/7, te van a conquistar para que dejes toda tu plata pero como una caricia te va a ofrecer conectividad full time.

Claro que si tenés un celular liberado podés comprar un chip con un abono para disfrutar durante tu estadía, pero son pocos los que, al menos en Argentina, tiene su celular en las condiciones excluyentes que exigen las compañías de telefonía estadounidense.

Llegás al aeropuerto desesperado porque viajaste durante horas y no tener Internet en tiempos de globalización absoluta es estar desconectado de la realidad. Enseguida activás el modo wifi y encontrás la red “McCarran wifi”. La elegís y automáticamente te redirige a un portal en el cual te ofrece la oportunidad de conectarte gratuitamente. De repente empieza la catarata de mails, tweets y mensajes de Whatsapp que saturan tu teléfono.

Te tomás un taxi hasta tu hotel. No, el taxi no tiene wifi, pero si tu plan es ir de vacaciones no está mal despejar un poco la vista del teléfono para conocer los primeros detalles de Las Vegas.

En el hotel tenés wifi y también durante la ciudad que construyen los hoteles conectados por un maravilloso sistema de escaleras mecánicas. Planteado como un juego, resulta atrapante: vas sintonizando tu celular a diferentes wifi hasta que completás todo el recorrido y disfrutes de la conectividad absoluta. Ganaste.

Whatsapp se convirtió en un aliado imprescindible desde que activó la opción de llamadas gratuitas porque incluso convirtió en prescindible esa necesidad de tener un chip para poder escuchar la voz de la familia que extraña desde miles de kilómetros. También podés instalar Skype en tu celular, usar FaceTime si tenés un iPhone o hablar por Facebook.

Las opciones son interminables y con el wifi prácticamente disponisble en todos los recovecos de Las Vega, ya no es necesario ser sodomizados por las compañías de teléfono que, al menos por una vez, serán ridiculizadas mientras cuentan los millones de otras estafas.

En una minúscula victoria para la humanidad, pero una revancha para el hombre común, que en su inglés, más o menos improvisado, lanzará un rencoroso “fuck you” mientras navega sin chip por la Ciudad del Pecado.

Las Vegas planteó un desafío contrarreloj después de una noche interminable. El combate del siglo ya era parte de la historia grande del boxeo pero la cobertura, entre conferencia de prensa y posterior celebración de Floyd Mayweather, se extendió hasta las seis de la mañana local, diez de la mañana argentina. Prácticamente dormido, un iluso Xeneize programó su celular para que sonara tres horas después incluso sabiendo cuál sería su destino: la alarma sonó, nuestro protagonista la postergó y siguió durmiendo plácidamente hasta que despertó sobresaltado, sintiendo que estaba en un lugar incorrecto a la hora incorrecta. Era tarde pero todavía había tiempo porque, mientras los amigos se reportaban desde adentro de La Bombonera, faltaban dos horas para el clásico.

A tientas palpa la habitación hasta encontrar ese tesoro tan preciado que sumó a la valija porque existe una matriz común en todos los bosteros, incluso en todos los argentinos, que perpetúan su absoluta singularidad: no existe hincha que cuando se va de viaje no se lleve la camiseta de su club para lucirla orgulloso frente al mundo, para marcar presencia en cualquier latitud, para demostrar que somos gigantes, que copamos todos lados, que estamos en todas partes. Investido con el manto sagrado, empieza una odisea que increíblemente sería más compleja de lo imaginado: encontrar un bar para ver el partido.

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Para explicar sencillamente la demografía de Las Vegas vale aclarar que cada hotel es una ciudad en sí mismo porque cada uno tiene todo lo necesario para sobrellevar una vida artificial sin exponerse al asolador calor de una ciudad que se erige como un espejismo en medio del desierto. Nuestro protagonista se aloja en el coqueto Excallibur, un castillo digno de Disney, pero enfiló rumbo al imponente MGM Grand, justo del otro lado de la calle. Otra particularidad de Las Vegas es que no hace falta esperar semáforos ni cruzar por sendas peatonales porque existe una brillante concatenación de escaleras mecánicas y puentes que construyen un circuito aéreo.

Tap, el primer bar que coteja nuestro amigo, tiene veinte pantallas que caprichosamente sintonizan diferentes eventos deportivos. Antes de sentarse en una mesa y con la seguridad de que podrá ver el clásico, nuestro protagonista recuerda un valioso consejo de su padre: “Preguntá antes de mandarte cagadas“. La atractiva recepcionista castiga nuestra ilusión confirmando que no van a pasar el partido. Falta una hora y un escalofrío recorre la espalda de nuestro bostero perdido en Las Vegas porque no tiene ni idea de algún lugar donde transmitan el partido.

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Ante la negativa, sale eyectado a recorrer el escenario desesperado, transpirando porque en su locura abandonó el circuito que ofrece la ciudad. En medio de su rush, se encuentra con un argentino que estaba de vacaciones y le cuenta que vio la pelea a través de un streaming hecho desde un Ipad en Argentina. Obviamente, no tiene idea de algún lugar donde  transmitan el partido.

Desmoralizado, llega a un shopping, uno de los tantos que tientan a pecar amenazando su estabilidad económica. Hay un restaurante que se llama Pampas – Churrasquería, ahí lo tienen que pasar. Tampoco. Blondies, un lugar que en honor a su nombre es atendido por rubias despampanantes que te absorben con la profundiad de sus escotes, parecía la salvación. Ahora en la pose de galán, nuestro hombre saca a relucir su chapa rioplatense y chamuya a una de las mozas hasta que consigue la programación que ofrecería el bar en sus 32 televisores. En la interminable lista no figuraba el Boca-River aunque resaltaba un detalle macabro: si transmitirían Unión-Belgrano.

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Faltaban veinte minutos y lanzarse a caminar significaba perderse la salida de Boca, uno de los momentos más hermosos de todo superclásico. De repente encuentra un bar desolado, con pocas meses ocupadas pero con platos más que atractivos y el espacio suficiente como para sentarse durante tres horas. La barman, una rubia que engatusaba con su mirada, bucea toda la programación del cable buscando el partido a pedido de nuestro hombre, quien sumaría otra decepción. Agotado, se resigna a verlo desde ese mismo bar a través de la televisión pública. Pide una hamburguesa y unas papas que sorprenden por su tamaño junto a un vaso de gaseosa que sería un aliado inesperado para sobrevivir a tanta tensión: en Estados Unidos existe el refill, esa política que le permite al consumidor llenar su vaso cuantas veces quiera.

Sale Boca, empieza el partido, nuestro hombre se lamenta la impericia de Osvaldo y Chávez y sufre con el bombazo de Carlos Sánchez, ensimismado en la pantalla, absorto de un mundo que parece haber desaparecido durante algunas horas mientras los gringos celebran el enésimo bombazo de Stephen Curry en el duelo entre Grizzlies y Warriors mientras Mike Tyson firma autógrafos a diez metros de nuestro protagonista.

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Ese rincón en el bar Kentucky es una extensión de La Bombonera en Las Vegas. Pavón destruye la paridad y de repente una desaforada explosión atrapó las miradas de todos. Andá a explicarle a estos gringos de Las Vegas, perdidos en una vida artificial que fluctúa entre casinos, alcohol y capitalismo que Boca le está ganando a River el primero de los tres chicos, que se sube a lo más alto de la punta y que queda como el único puntero del campeonato, el prólogo ideal para afrontar los dos desafíos que se vendrán por Copa Libertadores. Andá a explicarle a estos muchachos que nuestra locura no entiende de distancias ni complicaciones. Triunfante y solo en Las Vegas, nuestro protagonista a la postre claudicaría a los seductores pecados de esta ciudad.

Las Vegas, Estados Unidos, 4 de mayo (especial para NA) – Después de protagonizar la más firme candidata a pelea del año, Lucas Matthysse trazó inmediatamente su próximo objetivo: “No merezco otro rival que el ganador de Mayweather-Pacquiao”. Dos semanas más tarde, Floyd venció en decisión unánime a Manny y acrecentó su leyenda sobre el ring del MGM Grand.

Pero el deseo de la Máquina parece utópico porque detrás del hipotético Mayweather-Matthysse existe una intrahistoria entre Money y Oscar de la Hoya, promotor del argentino, que hace prácticamente imposible su concreción.

Hasta el año pasado Mayweather Promotions estaba asociada con Golden Boy Promotions para organizar las veladas que protagonizaba Floyd. Richard Schaefer, por entonces CEO de Golden Boy, era el hombre clave para explicar la alianza pero el castillo se derrumbó después de que de la Hoya, recuperado de su adicción a las drogas, retomara el control de su empresa y destapara la traición de un Schaefer que desde las sombras había desmantelado su cartera de estrellas para entregársela al polémico Al Haymon.

Las consecuencias de la separación son evidentes e impactan directamente sobre Matthysse: Floyd anunció que nunca más organizaría una velada con Golden Boy Promotions y de la Hoya, anémico de figuras, convirtió repentinamente a Lucas en su niño mimado.

Sin la opción de Mayweather en su futuro, un de la Hoya que anticipó que “queremos a los grandes nombres” ve reducida sus opciones. Si no es Floyd, Manny Pacquiao podría ingresar en su consideración. Sin embargo, el futuro del filipino es incierto después de enfrentar el máximo desafío de su carrera y por lo pronto deberá sanar de su lesión en el hombro derecho, para la cual podría someterse a una operación.

La revancha con Danny García parece la opción más viable pero después de su deslucido triunfo frente a Lamont Peterson será una incógnita a resolver si el estadounidense se somete a los furibundos estiletes de Matthysse o si elige un rival de menor valía para brillar sin riesgos.

En ese escenario de desconcierto absoluto, Ruslan Provodnikov (24-4, 17 KO) insistió este fin de semana en una revancha que de la Hoya había descartado de raíz después de la pelea pero que podría reconsiderar si no aparecen opciones seductoras. En exclusiva, el Rocky Siberiano repitió, ahora con la cara desinflamada después de dos semanas de descanso, sus declaraciones de posguerra: “Deberíamos hacerla de vuelta, creo que una revancha es todo lo que el público quiere ver y sin dudas fue una gran pelea”.