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La escena se repite en cada madrugada: un representante argentino pierde en Tokio y las redes sociales estallan entre bromas, críticas, reproches y hasta insultos después de otro supuesto fracaso deportivo. La reacción tiene su génesis en el contraste con los últimos quince años en los que Argentina conquistó ocho de sus 21 oros y once de sus 29 bronces olímpicos. 

La magra cosecha nacional en Japón y el tendal de derrotas representan una realidad tan irrefutable como lógica para un país que se había acostumbrado a subirse a lo más alto del podio después de 52 años de sequía entre aquella consagración de la dupla Tranquilo Cappozzo-Eduardo Guerrero hasta la doble dorada del básquet y el fútbol masculino en Atenas 2004.

Con la tercera mayor delegación en su historia, ya sobre el ecuador de los Juegos Olímpicos, las expectativas de conseguir una presea áurea son pocas. Con la esperanza latente de que estas palabras queden en el archivo como un presagio equivocado, el envío de hoy pretende ahondar en las razones detrás de la producción argentina y desmitificar la tendencia de que la campaña albiceleste es un completo desastre.

El balance: entre la construcción de expectativas desmedidas, el rol de los medios y la realidad

El fervor y la pasión del fútbol construyeron una ficción: que el único ganador es el campeón. En el deporte olímpico argentino cada atleta y equipo afronta una batalla distinta, persigue un objetivo diferente y dispone de una medida particular del éxito.

Son pocos los que viajan a una cita olímpica como candidatos al podio, ni hablar como favoritos a llevarse el oro. Salvo en los deportes colectivos, y al margen de algunas excepciones de dimensiones históricas, los Juegos Olímpicos son previsibles. Incluso en su edición más incierta por el impacto de la pandemia, en la mayoría de las pruebas las cartas están repartidas de antemano.

Para muchos, su victoria es una clasificación histórica a los Juegos que representa el punto más álgido de una carrera plagada de sacrificios. Para otros, su triunfo es mejorar su propia marca, adquirir experiencia, medirse ante los mejores del mundo y usar esa participación como escaparate para sumar becas o sponsors que resultan indispensables para mejorar sus condiciones de entrenamiento de cara a su futuro.

Es por eso que resulta indispensable analizar, contextualizar, sincerarse y ser realistas. Evitar que la emoción de escuchar el himno o la necesidad de vender épica mediante titulares grandilocuentes y desmedidos de los medios distorsionen las metas que los atletas se trazan. Pero ese ejercicio requiere de dos acciones prácticamente descartadas en el periodismo actual: el conocimiento de todo deporte más allá del fútbol y el seguimiento pormenorizado de sus atletas durante cada ciclo olímpico.

Bajo esos parámetros, las decepciones que Argentina registra en Tokio son más bien pocas. La eliminación de la Selección de Fernando Batista en la primera ronda es la más resonante. Los tiempos de Delfina Pignatiello ocupan el segundo escalón de un podio que podrían completar la temprana caída de Horacio Zeballos en dobles, el colapso de Fernanda Russo después de su emocionante debut en Río 2016 o la despedida de Federico Gil sin diploma. 

Es cierto que las sorpresas han sido pocas, con el Rugby 7 como la más emblemática gracias a la medalla de bronce que consiguieron tras vencer a Gran Bretaña en el cruce por el tercer puesto. Lucas Guzmán estuvo a punto de dar un batacazo tras eliminar al número ocho del mundo en su debut pero finalmente se quedó a las puertas del tercer puesto en taekwondo. El resto de los resultados, los pocos triunfos y las numerosas derrotas, se ubican dentro de los márgenes razonables y esperados.

El desenlace de la carrera olímpica de Paula Pareto, campeona en Río 2016 y principal esperanza en Tokio, seguramente haya decepcionado a más de uno pero la judoka ya convertida en leyenda se impuso en las dos luchas que debía ganar antes de perder ante la local y número tres del circuito. Su caso es el ejemplo perfecto para probar el contrapunto entre las expectativas y la realidad: frente a rivales diez años más jóvenes, y después de que la propia Peque analizara su merma física tras 15 años en la élite, su derrota frente al emblema de la meca del judo era una posibilidad concreta.

El impacto de la pandemia

Si bien el coronavirus fue un padecimiento sumamente democrático que afectó a todos los países del mundo, lo cierto es que para la gran mayoría de los atletas argentinos acentuó las dificultades económicas, estructurales, políticas y de planificación que ya padecían rumbo a cada cita olímpica.

Las restricciones nacionales e internacionales, sumadas a la poca actividad local en algunas disciplinas, fueron un combo letal para varios de ellos que no pudieron medirse ante sus potenciales rivales olímpicos. Pareto, por ejemplo, no pudo cumplir con su campamento anual en Japón, indispensable para sus chances: «Es importante variar la gente, entrenar, ir a competencias, ir a Europa o Asia a entrenar, y eso no lo tuvimos. Pude ir ahora a España, dos semanas, después de un año y medio. Ahora la idea es ir un mes antes a Japón para hacer por lo menos una semana de entrenamiento. No es el ideal, pero es lo mejor que pudimos hacer», anticipaba Pareto antes de su presentación en Tokio.

Pignatiello expuso públicamente su preocupación durante los primeros meses del aislamiento social, preventivo y obligatorio e incluso pensó en bajarse de la cita olímpica tras atravesar un cuadro depresivo: «Hace un par de semanas que veo que todas mis rivales están entrenando, estoy en total desventaja. Tengo ganas de ir a un Juego Olímpico a representar a mi país de la mejor forma. Me estuve preparando tres años pero me gusta hacerlo bien, no ir a hacer un jueguito, es algo serio. Para eso tengo que estar preparada, no puedo ponerme un mes antes. Saber que quizás ni siquiera llegue preparada me frustra muchísimo y entra en consideración ni siquiera prepararse para estos Juegos y hasta dejar de nadar si esto se sigue extendiendo».

La nadadora de 21 años finalmente fue autorizada junto al resto de los deportistas argentinos y fue campeona sudamericana en los 400 y 800 metros libre, además de plata en los 1500 metros y en la posta 4×200 metros libre, en marzo. Sin embargo, su actuación fue llamativa en Tokio: empeoró sus tiempos en 10» en los 800 metros y en 8» en los 1500 metros. Más allá de la pandemia, la preparación parece haber sido errónea tras no haber disputado los Mundiales de 2017 y 2019: «Había tenido solo un Mundial de corta de mayores, nunca había estado en un Mundial de pileta larga ni en un Juego Olímpico, así que es mi primera vez en esa experiencia, debutando en la serie más rápida de mi carrera. La verdad es que fue bastante chocante, pero es así«, confesó tras su participación.

Los deportes grupales también sufrieron la pandemia. Las Leonas y Leones acusaron poca actividad ante los mejores equipos del mundo, entrenándose mayormente en el país: «Somos dos equipos que nos preparamos años para competir en Tokio. Entrenamos todas las semanas del año juntos cada mañana, y muchas veces en doble o triple turno. Por la pandemia no pudimos competir en los últimos 18 meses y eso hizo que nuestra preparación la hiciéramos íntegramente en Argentina», explicó el Chapa Retegui.

Todos los combinados nacionales, en mayor o menor medida, sufrieron la falta de actividad internacional y las limitaciones para organizar amistosos frente a los equipos de mayor jerarquía. Hasta el batacazo de Los Pumas 7 acusó sus complicaciones en una previa en la que no pudieron medirse a las principales potencias del mundo: no sumó millas frente al cuarteto de candidatos integrado por Nueva Zelanda, Fiji, Australia y Sudáfrica: «Nos va a sorprender muchísimo porque no tenemos el nivel físico y técnico de esos equipos», había anticipado el entrenador Santiago Gómez Cora en diálogo con La Nación.

En el boxeo, por caso, los pugilistas argentinos no pudieron foguearse ni ganar su boleto en el Preolímpico suspendido. Las plazas fueron determinadas por ránking e incluso por bajas a último momento que le permitieron acceder a Tokio a Brian Arregui y a Ramón Quiroga, un fenómeno excepcional que se dio también en muchos otros deportes. La nadadora Virginia Bardach, la gimnasta Abigail Magistrati y Romina Biagioli también aterrizaron sobre la hora en Tokio. La cordobesa completó la prueba de triatlón con una costilla rota y sintetizó en su entrevista post carrera la importancia de su actuación en su debut olímpico a los 32 años. 

Ninguno de los once mil deportistas que protagonizan los Juegos completaron una preparación ideal. El caso del joven británico Matthew Richards, quien entrenó en una pileta de lona en su jardín y ganó el oro en la posta 4×200 metros, es el más emblemático pero pocos sufrieron tanto como los integrantes de la delegación argentina en un país en el que la desigualdad de entrenamientos, viajes, infraestructura y recursos es preexistente al COVID-19.

Un país sin cultura deportiva

La mejor radiografía del deporte argentino la hizo Sergio Hernández, entrenador de la Selección masculina de básquetbol, en una imperdible entrevista en Clarín en 2019: «En Argentina no hay política deportiva y por lo tanto no hay cultura deportiva. Cuando vamos a unos Juegos Olímpicos nos venimos 28º en el medallero. Si eso es ser bueno en lo deportivo, tengo mis dudas. Es un milagro. ¿En qué triunfamos? No nos engañemos. Como triunfamos en los deportes colectivos que nos gustan, creemos que somos exitosos a nivel deportivo mundial. No lo somos. Nos va bien en algunos deportes de conjunto que se juegan con la pelota: hockey, fútbol, hoy el básquet, Los Pumas, el vóley, el handball​… Son los que están contenidos en los clubes»

En un país cada vez más futbolero, apenas el resto de los deportes colectivos sobreviven gracias al trabajo incansable de los clubes. En las disciplinas individuales todo se limita a extraordinarias excepciones pero no existen la continuidad ni el trasvasamiento generacional. Dos ejemplos son más que suficientes.

Después de 15 años en la élite y dos medallas olímpicas, Paula Pareto fue la única judoka mujer en Tokio 2020. Solo Emmanuel Lucenti la acompañó en la travesía oriental. Ni los logros de la Peque ni la popularidad que adquirió el deporte a partir de su presencia lograron aumentar el interés en un país cuyos campeonatos nacionales apenas reúnen a un puñado de aspirantes al título por división en mayores. El taekwondo es otro caso evidente. Sebastián Crismanich se coronó en Londres 2012 pero Argentina no tuvo representación en Río 2016 y apenas regresó al octógono en Japón con la presencia de Lucas Guzmán.

Argentina tampoco pudo capitalizar el furor de los Juegos Olímpicos de la Juventud organizados en Buenos Aires 2018. Después de haberle ofrecido un apoyo sideral a atletas jóvenes para que pudieran pulirse fuera del país, el deporte nacional falló en aumentar la base de la pirámide -sumar más jóvenes a los diferentes deportes- y la pandemia forzó la cancelación del evento en Dakar. Si bien las becas se mantuvieron, sin actualización y sin competencia en el horizonte, varios de integrantes de esa camada perdieron el interés y la motivación.

El desfinanciamiento del ENARD

Aunque no es tan evidente, mensurable ni tangible como la pandemia, la reforma tributaria que modificó la Ley 26.573 causó un impacto insoslayable en el deporte argentino. El salto que se había dado con la creación del Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo sufrió una regresión impactante a partir de aquella modificación que Mauricio Macri envió al Congreso en 2017.

¿En qué consistió la modificación? Que la alicuota del 1% de la telefonía celular que financiaba al ENARD ya no se inyectaría directamente en las arcas del deporte argentino sino que dependería de las partidas que el Gobierno de turno dispusiera según la Ley de Presupuesto de la Administración Nacional. Sin autarquía, su presupuesto disminuyó año a año y perdió un terreno considerable con la salvaje inflación que azota a la economía argentina.

Juan Curuchet, medallista de oro en Beijing 2008 junto a Walter Pérez, fue lapidario en una entrevista reciente en Tiempo Argentino: «¿Cómo no me va preocupar? Por supuesto. Y no le veo mucho futuro sin fondos para poder mantenerse. Me da pena porque soy de los que, junto con (Gerardo) Werthein, un grupo de amigos y algunos atletas, la peleamos en serio. Nos metimos en las bancadas, en los bloques de la oposición y del oficialismo, a explicar por qué era necesario. Que hoy no lo tengamos es un punto a rever en la política ordinaria. Voy a buscar que ese 1% vuelva. Ahora no es el momento porque hoy verdaderamente hay una prioridad que es la pandemia. Sé que hay miles de preocupaciones: lo que nos pasa, la educación, el trabajo, la cantidad de gente que necesita tener trabajo. Hay muchas cosas que tienen la prioridad, pero es algo que no debemos ni podemos descuidar».

Pese al cambio de gobierno, la modificación no se ha derogado aunque Matías Lammens, ministro de Turismo y Deportes, aseguró tras el escándalo previo al Sudamericano de atletismo de Guayaquil: «Estamos trabajando para darle más financiamiento. La manera que tiene el Estado para cuidar y apoyar a nuestros atletas es fortaleciendo y jerarquizando al ENARD«. 

La ausencia de capitales privados es otro factor que atenta contra el deporte argentino, consecuencia de la indiferencia social que generan la mayoría de los deportes salvo durante quince días cada cuatro años. Ese desinterés impulsa las escenas que se repiten ante la cámara de TyC Sports cuando un atleta, minutos después de haber competido, divulga su cuenta para sumar seguidores: hoy probablemente generen mayores ingresos como influencers que como deportistas olímpicos.

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