La cronología táctica del Boca-River

Formaciones iniciales

Boca: Agustín Rossi; Leonardo Jara, Carlos Izquierdoz, Lisandro Magallán, Lucas Olaza; Wilmar Barrios; Sebastián Villa, Nahitan Nández, Pablo Pérez, Cristian Pavón y Wanchope Ábila. 

River: Franco Armani; Gonzalo Montiel, Lucas Martínez Quarta, Jonatan Maidana, Javier Pinola, Milton Casco; Exequiel Palacios, Enzo Pérez, Gonzalo Martínez; Rafael Santos Borré y Lucas Pratto. 

La sorpresa de Gallardo (1′ – 26′)

La gran ventaja de River en la serie reside en la versatilidad táctica de Marcelo Gallardo, una diferencia que quedó plasmada durante la primera media hora del partido de ida en La Bombonera. Gallardo sorprendió, aunque ya no sorprende, con un sistema prácticamente inédito con cinco defensores, tres mediocampistas y dos delanteros diseñado para matizar la ausencia de Leonardo Ponzio, domar a los extremos de Boca y ensanchar la cancha en ataque. 

En la mayor virtud de Gallardo reside también la principal falencia de Guillermo Barros Schelotto. Si el Muñeco es experto en imponer condiciones desde su pizarra, el Mellizo no solo no consigue reconfigurar el trámite de un partido desde sus decisiones: también ha evidenciado una pronunciada dificultad en su capacidad de adaptarse a nuevos escenarios. 

Boca es un equipo previsible con un único libreto afianzado que, salvo en situaciones extremas, nunca modifica: una última línea de cuatro, Barrios como único cinco de corte defensivo, dos interiores, dos extremos y un nueve. La jerarquía individual y su poder de fuego suplen el deficitario rendimiento colectivo que siempre maquillaron los nombres propios.

Si Boca es combustión individual, River es la consecuencia de un entramado colectivo. 

Con la ausencia de su capitán, River era un enigma. Bruno Zuculini asomaba como la opción más probable, aunque Camilo Mayada e Ignacio Fernández aparecían como alternativas. Sin embargo, Gallardo se burló de los pronósticos con la inclusión de Lucas Martínez Quarta. Nadie, ni siquiera los partidarios que siguen el día a día del club, había anticipado el movimiento. 

“Nada, no lo trabajamos para nada. Te soy sincero, no lo trabajamos para nada. Nos enteramos ayer en la charla pero después se suspendió el partido”

Javier Pinola

Con Maidana como líbero, Martínez Quarta se ubicó como stopper por derecha y Pinola hizo lo propio por el sector izquierdo. Montiel en el flanco derecho y Casco en el izquierdo completaron una flexible línea defensiva. La propuesta fue clara: mientras Maidana batallaba con Wanchope Ábila, Pinola y Martínez Quarta sobraban para apoyar a Casco y Montiel en el duelo frente a dos extremos más veloces, habilidosos y explosivos como Villa y Pavón. Cuando uno de los dos recibía, inmediatamente aparecía el stopper destinado a ese sector para generar superioridad y extirpar de raíz la amenaza Xeneize. 

En ataque, Casco y Montiel partían desde la mitad de la cancha en la salida y se sumaban, en forma conjunta, como extremos al esquema ofensivo del Millonario. River ensanchaba la cancha y generaba espacios por dentro para que los mediocampistas jugaran a gusto a las espaldas de Nández, Barrios y Pérez. Si Boca recuperaba e intentaba una contra fulgurante, aparecían Pinola o Martínez Quarta para cubrir el hueco de los laterales. 

El plan funcionó a la perfección durante 26 minutos. En inferioridad numérica, Pavón y Villa quedaron aislados. Gallardo había conseguido su objetivo: desarticular la principal vía de peligro azul y oro. River, a diferencia de las series frente a Independiente y Racing, decidió retrasar su presión y esperar en mitad de cancha permitiéndole a Boca elaborar desde el fondo. Sin embargo, el bajo rendimiento de Pablo Pérez y la falta de un segundo mediocampista capaz de liderar futbolísticamente al Xeneize convertían cada ataque en un intento anodino. 

La libertad de Casco y Montiel para proyectarse era un problema irresoluble para Boca porque ni Pavón ni Villa se desdoblaban para auxiliar a Olaza y a Jara,  desdibujados en un dos-uno constante. Los extremos Xeneizes estaban obligados a asumir el protagonismo ofensivo y a retroceder para frenar a los carrileros, una tarea que no cumplieron, en parte, porque era una misión imposible. 

Si Boca salió indemne fue gracias a Agustín Rossi. De paria a héroe, el bastardeado arquero de apenas 22 años recuperó la titularidad por la lesión de Esteban Andrada y, pese a las dudas, se consolidó nuevamente bajo los tres palos. Su actuación fue fundamental para que su equipo sobreviviera en un primer tiempo en el que fue superado.

Un antídoto accidental (26′ – 45′)

El pinchazo que Cristian Pavón sintió en el isquiotibial izquierdo lo obligó a salir del campo de juego, frustrado y entre lágrimas, a los 26 minutos. Si bien hace rato que Pavón es la sombra del jugador imparable que era antes de la Copa del Mundo de Rusia, Kichan sigue siendo el argumento más desequilibrante de Boca. La mala noticia se convirtió en una solución inesperada para un equipo vapuleado y sin reacción.

Con las opciones de Carlos Tevez y Mauro Zárate en el banco, Barros Schelotto acertó un pleno con el ingreso de Darío Benedetto. Boca mutó en un clásico 4-4-2 con Nández en su posición natural de ocho, el puesto en el que mejor rinde, y Villa debió hacer el esfuerzo de improvisar como mediocampista por izquierda. Congestionados los flancos, River ya no generó superioridad con los laterales y Boca dejó de sufrir.

“Con dos delanteros de área que pivotean bien y van a buscar enseguida adentro se nos hizo cuesta arriba”. 

Jonatan Maidana

El ingreso del Pipa trastocó el plan inicial pergeñado por Gallardo y Biscay. Boca dejó de sobrecargar a sus extremos y apostó por un doble nueve que le sacó referencias a los cinco del fondo. De repente reinó la calma en La Bombonera. 

“Los dos hemos jugado con doble nueve, con el 4-4-2, en el ascenso. Estamos acostumbrados y nos sentimos muy cómodos jugando juntos”. 

Darío Benedetto

Las intervenciones de Pablo Pérez (35′ – 38′)

Guillermo afianzó a Nández en el mediocampo con el fin de equilibrar a un equipo acostumbrado a convivir con el sufrimiento. El despliegue, la enjundia y el carácter del uruguayo son componentes necesarios para un Boca entregado al fútbol directo que resignó el fútbol cerebral y de posesión que enarbola Fernando Gago.

Pablo Pérez es, además del capitán, el encargado de la gestación azul y oro: Gago está lejos de su mejor forma física, Edwin Cardona fue relegado por el cuerpo técnico y Agustín Almendra dando sus primeros pasos. Su carácter díscolo y su irregularidad atentan contra su consolidación definitiva pero cuando Pérez se conecta, Boca crece. Es el único capaz darle sentido a la elaboración, de poner la pelota bajo la suela, pensar y asociar a sus compañeros. Pérez se ha convertido en un eslabón imprescindible en la formación del Mellizo, el hombre que le da un salto de calidad al ataque Xeneize. 

Condicionado físicamente, frente a River redondeó un partido para el olvido pero apareció durante los últimos diez minutos del primer tiempo y demostró la relevancia de su presencia como epicentro futbolístico de su equipo. 

En un mediocampo con Barrios y Nández, quien pese a su despliegue inicial se ha transformado en el complemento defensivo de Barrios, Pérez es el único que tiene características para pisar el área rival con solvencia. 

Fueron apenas un puñado de minutos de Pérez, quien terminó el partido exhausto. Aún pese a sus falencias defensivas, Boca necesita recuperarlo para la vuelta. 

Dos minutos de locura (33′ – 35′) 

Boca ya tenía otro semblante y aprovechó su primera jugada de elaboración colectiva para quebrar el empate por intermedio de Wanchope Ábila. Autor de varios goles trascendentales desde su llegada al club de La Ribera, marcó el camino con un tanto que fue consecuencia de la que quizás sea su mayor virtud: su insistencia. Enganchó en la puerta del área, remató, capturó el rebote largo que ofreció Armani y volvió a definir de zurda para batir al inexpugnable arquero Millonario.

En medio de la euforia, una distracción imperdonable: River sacó de mitad de cancha y Gonzalo Martínez aprovechó la pasividad del mediocampo Xeneize para clavar una daga que encontró a Lucas Pratto, lanzado en una perfecta diagonal que le permitió dejar en el camino a Izquierdoz antes de cruzar un remate inatajable para Rossi. Ni Barrios ni Pérez presionaron al Pity, Magallán se apresuró en ir a buscar a Santos Borré e Izquierdoz fue incapaz de contener a Pratto. Boca había desperdiciado su ventaja en menos de sesenta segundos y River había empatado el partido en tres toques. Un lapso de amateurismo puro en el fondo Xeneize. 

El poder de fuego Xeneize (35′ – 45′)

Boca no necesita acumular méritos para convertir. La inspiración y la jerarquía de sus estrellas solucionan los problemas creativos. Aún con el trámite emparejado, no encontraba a Pérez salvo en ocasiones excepcionales. De la nada al gol, la aceleración de Boca es relampagueante. El gol de Darío Benedetto sirve como prueba de la autonomía de sus dos delanteros: sale del área para buscar un pelotazo, gana en el duelo aéreo y le convierten la infracción que derivará en su cabezazo goleador. 

Después de treinta minutos de superioridad Millonaria, Boca se fue al vestuario habiendo capitalizado las únicas dos situaciones que generó durante todo el primer tiempo. River, que construyó cinco oportunidades claras, se marchó al descanso sabiéndose superior pero con un resultado adverso como consecuencia de la heroica actuación de Rossi, quien se sacó un karma de encima: cuando Gonzalo Martínez entró por el segundo palo y la pelota le cayó llovida, el recuerdo de los dos goles que marcó en ese mismo arco con una volea prácticamente calcada apareció en el ambiente. Pero Rossi tuvo revancha. 

 

Boca en control (45′ – 57′) 

Fueron los mejores minutos de Boca. Por primera vez en el partido jugó sostenidamente en campo contrario y, pese a que no generó peligro real al arco de Armani más allá de un remate lejano de Olaza, había maniatado a un River que aún no asimilaba el gol de Benedetto. El Pipa, nuevamente pivoteando fuera del área, era el mejor del Xeneize.

Los laterales Millonarios ya no influían en el juego y la ausencia de Ponzio empezaba a notarse cuando uno de los dos delanteros del anfitrión se tiraba atrás para implicarse en la zona de gestación. Martínez no recibía a espaldas de los mediocampistas y River no encontraba líneas de pase salvo en una contra que comenzó el Pity y dilapidó Montiel.

Enzo Pérez había cumplido con la tarea asignada como primer pase pero, sin oficio como cinco defensivo, sufría el asedio junto a sus compañeros. Con el resultado a favor, el reloj era cómplice de un Boca que empezaba a decantar el tercer gol. 

La reacción de Biscay (57′ – 73′)

A River le sobraba un defensor y, cómo si Gallardo estuviera en el banco, Matías Biscay tomó la decisión de ajustar: sacó a Martínez Quarta por Ignacio Fernández y pasó del 5-3-2 al 4-4-2. Nacho se ubicó rápidamente en la derecha con la intención de dinamitar un flanco debilitado por la ausencia de un mediocampista natural en la banda izquierda de Boca. Sebastián Villa, agotado, ya no volvía.

El fútbol premió la buena lectura del devenido entrenador Millonario: Fernández se soltó por la derecha y Pablo Pérez le cometió una infracción en tres cuartos de su propio campo. Gonzalo Martínez fue nuevamente protagonista: lanzó un centro envenenado al corazón del área que Izquierdoz, ante la amenaza de Pratto y Pinola, terminó metiendo en su propio arco. En el mejor momento de Boca, un empate que volvía a desnudar los serios problemas en cada pelota parada de la marca en zona instaurada por Barros Schelotto. 

River empataba por segunda vez el partido en La Bombonera. Consciente o inconsciente, empezó a replegarse ante un Boca que no encontraba la fórmula para desatascar un trámite cada vez más impreciso, cada vez más ordinario. El desgaste, físico y mental, era evidente. 

Tevez como revulsivo (73′ – 90′)

Postergado por Guillermo y lejos de su mejor nivel, Tevez enterró su ego y su historia plagada de títulos para adaptarse perfectamente al papel secundario que le tocó encarnar. Ya no es el mismo en muchos sentidos pero su tercera etapa en el club sobresale por una particularidad que pocos imaginaron: relegado, aceptó en silencio ser suplente, jugó partidos irrelevantes del torneo local y se convirtió en un líder positivo para el grupo. El escándalo que los más pesimistas aventuraban fue apenas un pronóstico errado. 

Sin la explosión que mostró durante sus días de gloria, Tevez elevó su nivel durante sus últimas participaciones y extendió su buen momento al superclásico: ingresó y construyó una incipiente revolución en un encuentro planchado. Guillermo reestructuró a su equipo con la salida de Villa y el ingreso de Carlitos, quien se paró como enganche detrás de Benedetto y Ábila. 

Cada una de sus intervenciones resultaron productivas: hizo amonestar a Santos Borré -se perderá la vuelta-, remató desde media distancia tras una buena triangulación entre el tridente ofensivo y construyó la jugada que podría haber sido el triunfo azul y oro. 

Iban 89 minutos cuando Tevez construyó una pared en tres cuartos con Wanchope y se escapó solo rumbo al arco de Armani. Maidana, desesperado, se inmoló por la causa Millonaria y le lanzó un guadañazo desde atrás que no llegó a destino pero que alcanzó a rozar al Apache, quien trastabilló y perdió un segundo aunque logró mantenerse estable para seguir con su curso triunfal. Símbolo de su nueva identidad, no fue egoísta y, ante el cierre desesperado de Pinola, le sirvió el gol a Benedetto, pie a mano contra Armani.

Pero el fútbol es una historia de permanentes consagraciones y fracasos. Benedetto, convertido en ídolo por sus goles en semifinales y en la propia final, falló una oportunidad inmejorable para el triunfo Xeneize y la frustración Millonaria. Armani, con responsabilidad en el primer gol y alejado de aquella imagen de imbatibilidad que ofreció antes de la Copa del Mundo de Rusia, achicó instantáneamente y se reivindicó con una atajada que puede convertirse en el símbolo de una conquista histórica, como aquel penal atajado de Marcelo Barovero a Emmanuel Gigliotti en el cruce por la Copa Sudamericana. 

Consumado el empate, Tevez dejó otra muestra de su liderazgo. 

Es lógica la tristeza de Boca por la chance agónica desperdiciada. También por esa sensación de partido definido durante los primeros minutos del segundo tiempo. Dos veces en ventaja, una serie de distracciones le impidieron quedarse con el triunfo. El balance de la superioridad abismal de River durante los primeros treinta minutos quedó opacado por el desenlace. En contraste, el Millonario olvidó su hegemonía inicial y se fue conforme con su empate en La Bombonera, un resultado por el que debió sudar y sufrir hasta el final. La serie se muda a Núñez, escenario en donde el próximo 24 de noviembre River y Boca definirán al campeón de una final que nadie jamás podrá olvidar.