Russ y la ciudad postergada

La tienda del Chesapeake Energy Arena está atiborrada de camisetas de Oklahoma City Thunder con el nombre de Russell Westbrook, con la cara de Russell Westbrook, con el espíritu de Russell Westbrook.

Un centenar de hinchas camina entre los pasillos del local mientras otros tantos forman una prolija fila en la puerta a la espera de que un guardia de seguridad pálido y regordete les permita el acceso.

Es un día especial: Kevin Durant, el hijo pródigo que migró a Oakland en busca de un anillo, vuelve por primera vez a la ciudad que fuera su casa. El héroe convertido en villano. El mensaje, inmortalizado en las remeras de hombres desahuciados, es unívoco: Russell Westbrook, u Oklahoma que es lo mismo, contra el mundo.

Se renueva el público pero la tienda sigue repleta. Una madre ingresa con su hijo de unos 14 o 15 años y se asombra.

“Todo tiene la cara de Russ, deberíamos comprar una camiseta”

El chico, en la edad en la que los ídolos aún son inmaculados, sorprende con su respuesta.

“No, no la compremos, si seguro se irá pronto”

No hay nada más triste que un chico sin esperanza.


Oklahoma fue una ciudad eternamente postergada, acostumbrada al abandono y castigada por la tragedia. Incluso en sus momentos felices convivía con la sensación constante de un revés inminente, como si su vida fuera un espejismo construido sobre el abismo.

Acostumbrado a ser una ruta de transporte, fue el quinto estado más tardío en ser aceptado en la Unión. En los 30’s fue víctima de uno de los peores desastres ecológicos de la historia estadounidense: el Dust Bowl, una sequía que durante siete años azotó a Oklahoma como su principal víctima. Miles de familias se vieron forzadas a abandonar sus hogares, meses después de que se desatara la Gran Depresión del 29. La tendencia se mantuvo durante décadas: Oklahoma era el pueblo del que los jóvenes querían escapar.

Casi setenta años después, otro desastre natural asaltó su habitual tranquilidad: un tornado dejó 24 muertos, 377 heridos y provocó daños por 2 billones de dólares.

Pero su capítulo más triste se escribió el 19 de abril de 1995 a las 9:02 de la mañana: Oklahoma se transformó en el estado del atentando terrorista más grande hasta el ataque a las Torres Gemelas. Timothy McVeigh y Terry Nichols hicieron estallar un camión alquilado con una carga de alrededor de 2.300 kg de explosivos caseros en el Edificio Federal Alfred P. Murrah un miércoles hace 22 abriles, asesinaron a 168 personas, entre ellos 19 chicos menores a seis años, e hirieron a otras 680. McVeigh, autor material, fue ejecutado mediante inyección letal el 11 de junio de 2001. Nichols, cómplice, fue condenado a cadena perpetua y cumple su condena en la prisión de máxima seguridad de Florence, en Colorado.

En el mismo lugar, seis años después, se inauguró el Oklahoma City National Memorial, visita obligatoria para cada una de las incorporaciones que hace el equipo. Son 13.000 metros con dos puertas imponentes de bronce pintado de negro en cada extremo que enmarcan el momento de la destrucción (9.02). La puerta del este representa el momento de paz previo al minuto del atentado (9.01) y la puerta del oeste simboliza el comienzo de la reconstrucción (9.03). En el exterior, las Puertas del Tiempo comparten la misma leyenda:

Venimos aquí a recordar a aquellos que fueron asesinados, a aquellos que sobrevivieron y a aquellos que cambiaron para siempre. Que todos los que se vayan de aquí conozcan el impacto de la violencia. Que este memorial ofrezca consuelo, fuerza, paz, esperanza y serenidad.

En la representación física de ese minuto trágico se repiten los homenajes a los fallecidos -168 sillas vacías, los nombres de las víctimas tallados en piedra- y también a los sobrevivientes, representados en El árbol del sobreviviente -un olmo que resistió al atentado-. Dentro del monumento se respira el respeto por los caídos, la tristeza por una embestida abominable. Pero la imagen más representativa y tétrica está afuera: Jesús, de espaldas, se agarra la cabeza avergonzado.

Oklahoma era un páramo en constante depresión, acostumbrada al abandono permanente y con el estigma de haber sido el escenario del atentado terrorista más grande de la historia estadounidense. Hasta 2008.


Una suma de factores había consolidado a los Seattle Supersonics como una de las franquicias emblemáticas de la NBA. Era un equipo acostumbrado a ser protagonista, emplazado en una metrópoli de moda de Estados Unidos, con un isotipo muy atractivo en pleno auge de los superhéroes. Fueron campeones en 1979 y a mediados de los noventa se consolidaron como una de las principales potencias -y uno de los equipos más entretenidos- en el oeste con Shawn Kemp como estrella, Gary Payton como ladero y George Karl como entrenador. Estuvieron a punto de conquistar el segundo anillo de su historia pero Michael Jordan y sus Chicago Bulls frustraron su ilusión en la final. Ray Allen mantuvo viva la pasión de Seattle entre 2003 y 2007, cuando partió rumbo a Boston Celtics. Su partida, casualidad o consecuencia, vaticinó el destino de los Supersonics.

La historia empezó en 2006 cuando Howard Schultz, por entonces propietario de la franquicia, buscó financiación pública del estado de Washington para afrontar una remodelación millonaria del Key Arena. Le respondieron que no y Schultz, enardecido, decidió poner en venta la franquicia que un empresario llamado Clay Bennett, oriundo de Oklahoma, adquirió por 350 millones de dólares. El flamante dueño endureció las negociaciones y le exigió al estado de Washington un estadio nuevo de 500 millones de dólares.

Mientras tanto, Oklahoma respiraba NBA por primera vez en su historia: como consecuencia del huracán Katrina, los New Orleans Hornets mudaron su localía durante dos temporadas a una ciudad que enloqueció y abrazó a los Hornets como si fueran propios. La experiencia plantó la idea en Bennett: llevarse a los Supersonics a su ciudad natal.

Su partida se concretó en junio de 2008, visto bueno de la liga mediante y pese al conmovedor repudio de sus fanáticos. Seattle, aunque damnificado, logró retener los objetos históricos, el nombre y los colores de la franquicia para usarlos cuando un equipo NBA vuelva a la urbe.

Bennett se llevó el plantel que integraban el sophomore Kevin Durant y el recién drafteado Russell Westbrook a una ciudad que encumbró, sin saberlo, a un equipo candidato. Así nacieron los Oklahoma City Thunder.


Son las dos de la mañana del 11 de febrero de 2017 en Oklahoma, un lugar desierto y de noche profunda. Después de doce horas de viaje desde San Antonio en un micro de la empresa Turimex, los choferes platean una dicotomía a resolver a mano alzada entre los pasajeros: bajarse en la estación de la empresa ya cerrada en medio de un descampado o en una estación de servicio abierta las 24 horas. Lógico, todos votan la segunda opción.

La estación de servicio es un oasis de luz en un mar de oscuridad. Sin auto, la única solución para llegar al hotel es pedir un Uber. Diez minutos después, una Chevrolet Tahoe negra y bestial irrumpe en la madrugada.

-“¿Matías?”

-“¿Rayvon?”

-“Yeah, man. Come on”.

Si los perros se parecen a sus dueños, la camioneta es un espejo de Rayvon. Como todos en el estado, Rayvon es hincha de Oklahoma City Thunder. Si el área de Nueva York tiene 11 equipos en las grandes ligas de Estados Unidos, Oklahoma es su antítesis: los Thunder son su único equipo en una de las seis ligas mayores.

Faltan horas para que Oklahoma City reciba por primera vez en la temporada 2016–2017 a Golden State Warriors y, especialmente, a Kevin Durant. Rayvon, mi primer contacto oklahomense que no irá a la cancha porque la entrada más barata para esa noche cotiza 125 dólares, desnuda su decepción: “Tomó su decisión, sé que es básquet, sé que es su carrera pero nos duele por cómo y adónde se fue. Él era mucho más que un ídolo para nosotros. Es un buen hombre, donaba dinero e incluso construyó un estadio en el centro. Estábamos 3–1 arriba en la final de la conferencia oeste y Durant comenzó a jugar mal. Uno incluso piensa que lo hizo a propósito“.

Para entender la decepción de una ciudad que convirtió a Kevin Durant en su enemigo público primero hay que comprender la magnitud de su idolatría. Cuando Oklahoma City Thunder comenzó su aventura en la NBA en la temporada 2008/2009, Kevin Durant era una joven promesa de 20 años que apenas había cumplido su año de rookie en la liga. Automáticamente se enamoró de los beneficios de un pequeño escaparate, ideales para el crecimiento de una estrella en ciernes: pocas distracciones, una hinchada fervorosa y una organización seria.

Cuando Oklahoma City y Durant desembarcaron en su nueva plaza, una de las menos populares y aún menos atractivas de la NBA, la ciudad prácticamente tenía un único hotel, pocos restaurantes y una inexistente vida noctura. “Es una ciudad que creció con el equipo”, analizó KD en una entrevista en Sports Illustrated hace un par de años. “Todo creció muchísimo desde que llegó el equipo”, coincide Rayvon.

El impacto del equipo sobre la ciudad fue impresionante: cambió su narrativa para siempre. La ciudad del Dust Bowl, la ciudad postergada, la ciudad del atentado se había convertido en la ciudad de Oklahoma City, en la ciudad de Kevin Durant. Pocos equipos significan tanto para una ciudad como los Thunder para Oklahoma.

Oklahoma adoptó como propio a Durant, quien se convirtió en uno de los mejores jugadores de la NBA -se consagró MVP en 2014- y en el emblema de una franquicia protagonista que en 2012 cayó en la final frente al Miami Heat de LeBron James, Dwyane Wade y Chris Bosh. Durant se implicó en las causas sociales de la comunidad: por ejemplo, donó un millón de dólares después del tornado que en 2013 dejó 24 muertos. Durant no era solo un ídolo, Durant era la ciudad.

Esa alianza fue exitosa durante ocho años. Su última aventura juntos fue en las finales del oeste de la temporada 2015–2016. Oklahoma City tenía en jaque a Golden State, el conglomerado de estrellas que había quebrado el récord de las 72 victorias de los Bulls de Jordan, pero el triunfo se le escurrió de entre las manos: los Warriors revirtieron un 1–3 y se metieron en las finales de la NBA.

Semanas más tarde, un Kevin Durant convertido en agente libre anunció su partida rumbo a Golden State. Síndrome de Estocolmo, la víctima se sumaba a su verdugo. Mike Sherman, del diario local The Oklahoman News, escribió: “La gente estaba triste, no enojada. La sensación no era de traición, sino de pérdida“.

Los fantasmas del pasado sobrevolaban nuevamente sobre Oklahoma, otra vez postergada, otra vez abandonada.


En el romance entre Oklahoma y Durant, Russell Westbrook fue siempre marginado. Los fanáticos incluso consensuaron la construcción de un relato maniqueista: Durant como héroe, Westbrook como villano. Cuando Oklahoma ganaba era gracias a Durant pero cuando perdía era por culpa de Westbrook.

Cuando llegó creímos que era un jugador mediocre y normal, pero lo vimos convertirse en hombre“, me cuenta Rayvon.

Sin embargo, Durant y Westbrook construyeron una relación de hermanos. En el discurso de aceptación del trofeo MVP, KD defendió y empapó de elogios a Russ.

Russ, un tipo emocional que correría a través de una pared por mí. Te amo, hombre. Te amo. Mucha gente te hace críticas injustas como jugador y yo soy el primero en respaldarte. Sólo sigue siendo la persona que eres. Te agradezco muchísimo, me hacés ser mejor. Quiero competir por siempre a tu lado. Tenés una gran parte de esto. Vos sos un MVP. Es una bendición jugar con vos.

Juntos lideraron a Oklahoma rumbo a tres finales de conferencia y una final NBA. A su yunta sólo le faltó ganar un anillo, la excusa que motivó la decisión de Durant. Durante años, Westbrook aceptó estar a la sombra de Durant. Cuando KD se fue, Russ sintió la misma sensación de abandono que la ciudad, una traición que no pudo ni supo perdonar.

Westbrook, cuyo contrato finalizaba en 2017, renovó el 4 de agosto de 2016 por tres años y US$ 85.7 millones de dólares. Ese 4 de agosto fue oficialmente declarado por el alcade como el día de Russell Westbrook.

No hay otro lugar en el que prefiera estar que en Oklahoma City. Ustedes, básicamente, me han criado. Yo estoy aquí desde que tenía 18, 19 años. Ustedes solo hicieron grandes cosas para mí. A través de lo bueno y lo malo, ustedes me apoyaron a través de todo, y lo agradezco. Definitivamente, cuando tuve la oportunidad de ser leal a ustedes, esa fue mi opción número 1. La lealtad es algo que yo sostengo.

La temporada 2016–2017 fue una cuestión personal para Westbrook. Se le notaba en sus ojos: quería venganza. Russ contagió con su actitud, con su fidelidad, a toda una población: “Nos devolvió la ilusión. Encontramos a alguien en quien creer, alguien que por fin no nos abandonó. Fue una gran alegría su renovación”, reflexionó Stephen, constante seguidor del equipo, en la víspera del Oklahoma City-Golden State del 11 de febrero de 2017.


Oklahoma estaba revolucionada. Faltaban horas para el partido pero los alrededores del Chesapeake Energy Arena empezaban a plagarse de hinchas de la afición más ruidosa y pasional de la NBA. Cada uno tenía un mensaje para Kevin Durant, quien había llegado a su antiguo hogar custodiado por un grupo de seguridad mucho más nutrido e incluso armado. El guión de esa noche se escribía solo: una ciudad despechada contra Durant.

Fue un encuentro atípico de temporada regular, de una intensidad incesante, de una matriz barrial. El resultado entre dos equipos sin equivalencias era lo de menos: el honor y el orgullo de Westbrook, del equipo y de la ciudad estaban sobre la mesa. Kevin Durant fue abucheado durante el calentamiento previo, en la presentación, en cada intervención y una vez terminado el partido.

Oklahoma solo pudo competir durante el primer cuarto, instancia en la que llegó a sacar siete puntos de ventaja. El resto del encuentro fue una paliza de los futuros campeones de la liga pero, incluso pese a una diferencia que osciló entre 10 y 23 puntos, Oklahoma dejaba el corazón en cada pelota en una pabellón a punto de ebullición. En la atmósfera se percibía un momento que al fin llegó en el tercer cuarto: el cruce entre Westbrook y Durant.

Pese a la advertencia de Westbrook y sus 47 puntos, 11 rebotes y 8 asistencias, Golden State se llevó el triunfo por 130 a 114. Durant se volvió a marchar de Oklahoma con 34 puntos, 9 rebotes y un frente a frente con Andre Roberson.


La temporada fue un éxito para Russell Westbrook: disipó las dudas que se habían construido a su alrededor, se erigió y consolidó como líder de su equipo, clasificó a playoffs a Oklahoma, hizo historia al convertirse en el segundo jugador en la historia de la NBA en promediar un triple-doble (31.6 puntos, 10.4 asistencias y 10.7 rebotes), se afianzó como estrella en la liga y recibió el premio MVP.

No le alcanzó a Oklahoma para pelear por el anillo: fueron eliminados por Houston Rockets en la primera ronda del oeste. El esfuerzo sobrehumano de Westbrook fue insuficiente para un equipo con más ilusiones que argumentos.

Sam Presti, el general manager de Oklahoma y uno de los mejores de la historia si no fuera por el trade de James Harden a Houston Rockets en 2012, solucionó el problema de cara a la próxima temporada: sedujo a Paul George y a Carmelo Anthony y los incorporó a cambio de un puñado de jugadores de muchísima menor valía. Oklahoma tiene su Big Three e irá a la caza de Golden State para consumar su revancha. Ambos tendrán la posibilidad de partir en la próxima agencia libre pero, al menos por una temporada, los Thunder serán candidatos.

El futuro es incierto, aunque Oklahoma tiene una única certeza: el último 29 de septiembre, en pleno cumpleaños de Kevin Durant, Russell Westbrook renovó su vínculo por cinco años y 205 millones de dólares, un acuerdo se ejecutará a partir del año próximo.

Desde el 29 de septiembre, en Oklahoma todos los días son el día de Russell Westbrook.