Michael Phelps se presentó en Beijing 2008 con un objetivo que parecía inalcanzable: dinamitar el récord de siete medallas de oro en un mismo Juego Olímpico que Mark Spitz había eternizado 36 años antes en Münich. El Tiburón de Baltimore había acariciado la historia en Atenas 2004 con seis títulos pero dos bronces arruinaron la perfección de su cosecha. En China encontró su venganza y agigantó su leyenda hasta convertirse en el deportista olímpico más grande de todos los tiempos: en ocho días participó en ocho especialidades y se consagró campeón en todas.

Pero su epopeya tuvo un capítulo de máximo dramatismo, una de las hazañas más impresionantes y también polémicas en más de un siglo olímpico. Fue el 16 de agosto, ya con seis preseas doradas colgadas en su cuello, en la final de los 100 metros mariposa. El desgaste de Phelps empezaba a pasarle factura: había nadado 3100 metros entre series clasificatorias y finales. Ian Crocker, especialista en la modalidad, era su principal amenaza pero desde las sombras crecía quien sería su principal amenaza: Milorad Cavic.

Cavic, un californiano que durante toda su carrera representó a Serbia, estaba enfocado en esa prueba e incluso había prescindido de la posibilidad de participar en las semifinales de los 200 metros mariposa. En contraste con Phelps, Cavic apenas había nadado 300 metros en el Centro Acuático Nacional de Beijing. En las series previas el serbio pulverizó los cronómetros, quebró el récord olímpico y se consolidó como el villano en la odisea de Phelps.

Las hojas de ruta de Cavic y Phelps para los 100m mariposa eran antagónicas: Cavic era letal durante los primeros cincuenta y sobrevivía en la segunda parte; Phelps concedía en la primera mitad y emprendía una caza siempre exitosa en los últimos cincuenta.

Tras zambullirse, Cavic se adueñó de la prueba y pasó los primero cincuenta como líder. Phelps, en cambio, decepcionaba: marchaba séptimo a 59 centésimos del serbio, una diferencia imposible de menguar para cualquiera salvo para él. Cuando Phelps emergió del agua tras el giro y su fastuoso subactuático, estaba encima de Cavic. El serbio resistía los embates del estadounidense, desesperado porque no solo se le escapaba el oro sino también la posibilidad de inmortalizar su nombre.

Cavic estaba exhausto y fatigado, acechado por un Phelps revitalizado. La carrera se definiría en los últimos cinco metros. Cavic saboreaba el oro y tras su última brazada se deslizó con los brazos extendidos para tocar la pared. Ya no podía perder, pensaba, mientras sentía la meta en sus yemas. La televisión transmitía para un mundo sorprendido que Phelps había perdido. Pero el Tiburón había inventado una genialidad imperceptible, la más salvaje de su carrera: cuando ya no tenía espacio para una última brazada, se levantó y dibujó una más para atacar la meta. En las imágenes, Cavic había ganado. En el registro electrónico, el oro era de Phelps.

Oficialmente, Phelps se había consagrado campeón por apenas una centésima de segundo. Es probable que Cavic haya tocado antes que Phelps pero sin la fuerza necesaria para accionar el panel, tal como explicó el director de Omega, empresa responsable de tomar los tiempos en Beijing 2008, Cristophe Berthaud: “Hay una gran, gran, gran diferencia entre tocar el panel y empujar el panel. Cavic tocó antes el panel, pero él iba dejándose llevar”.

Claro que enseguida surgieron suspicacias alrededor del triunfo de Phelps: Omega era sponsor del estadounidense. Cavic, meses después, sembó más dudas alrededor de esa relación.

“Si bien hubiera sido difícil que Omega cambiara un tiempo rápidamente, es cierto que no debería ser legal que auspiciara a uno de los nadadores. Si Phelps no hubiera sido auspiciado por Omega, tal vez hubiera sido diferente”.

El tiempo cerró la herida en Cavic, quien aceptó a convivir con la derrota y se enamoró de su logro, la primera medalla de un serbio. Sin embargo, aún sigue dudando.

“No existen imágenes de Phelps tocando antes que yo. Si bien cometí un error en la última brazada por levantar la cabeza antes de tocar el aro, toda mi vida me enseñaron que quien toca primero es el que gana. Pero la realidad que gana quien activa el panel, aunque en ningún lado del reglamento diga que tenés que tocar con tres kilos de fuerza”.

La delegación serbia apeló pero las pruebas eran contundentes. Cavic debió conformarse con la presea plateada y fue en busca de revancha en Londres 2012, donde otra fatalidad lo dejó sin premio: Yevgeny Korotyshkin y Chad le Clos habían empatado en el segundo puesto y Cavic, quien tenía el tercer mejor registro, no recibió la medalla de bronce. Phelps, claro, se había llevado la de oro.

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