Alexandra Raisman es la capitana del equipo estadounidense que conquistó la medalla de oro en gimnasia artística. Aly, bicampeona olímpica en Londres 2012 e integrante de las inolvidables Fierce Five, es sinónimo de experiencia, sabiduría y referencia absoluta para sus compañeras Simone Biles, Gabrielle Douglas, Lauren Hernández y Madison Kocian, todas menores que ella. En el seno del combinado norteamericano la apodaron con cariño como la “abuela Aly”. Raisman cumplió 22 años el último 25 de mayo.

Oksana Chusovitina podría ser su madre: tiene 41 y sigue compitiendo.

Si Nadia Comaneci es el paradigma de la perfección, Chusovitina es el símbolo de la eternidad. Ambas crecieron tras la Cortina de Hierro e hicieron historia en el deporte olímpico. Comaneci consiguió el primer 10 en Montreal 1976 con apenas 14 años y se retiró cuatro más tarde en Moscú 1980 con cinco oros, tres platas y un bronce colgadas alrededor de su cuello. Con un palmarés mucho más modesto, Chusovitina debutó en Barcelona 1992 y el próximo domingo afrontará la final de salto. Cuando Comaneci se enteró que Chusovitina participaría de Rio 2016, su reacción fue de absoluta incredulidad: “¿Cómo alguien de su edad puede hacerle eso a su cuerpo?”, reflexionó entre risas sobre la gimnasia más longeva de la historia.

La uzbeka comenzó su séptima travesía olímpica el domingo cuando se presentó en dos de las disciplinas artísticas: fue quincuagésima en viga y quinta en salto. Su brillante actuación en la única especialidad en la que ostenta una medalla individual la clasificó a una definición en la que competirá con otras siete gimnastas que promedian las dos décadas.

La proeza de Chusovitina se circunscribe a su sensación de eternidad en un deporte en el que la vida útil de las gimnastas es efímera: empiezan a competir cuando todavía son adolescentes, alcanzan su máximo punto de madurez rápidamente y se retiran cuando ni siquiera superaron el primer cuarto de vida. La búsqueda constante de perfección, la obsesión por los detalles, la necesidad de mantener un físico privilegiado, la obligación de repetir una rutina hasta mecanizarla genera un desgaste físico y psicológico insoportable para muchas que claudican rápidamente. No para Chusovitina: “Gran parte de mi entrenamiento es mental. Aproximadamente trabajo dos horas en el gimnasio y visualizo qué rutina necesito hacer y que necesita mi cuerpo para hacerlo” confesó en una entrevista con ESPN. Oksana sigue compitiendo.

Es una carrera itinerante la de Chusovitina: nació en la Unión Soviética y en su primer experiencia olímpica integró el temible Equipo Unificado que unificó a atletas de doce de las quince ex repúblicas soviéticas disgregadas. Desde 1993 representó a Uzbekistán, período durante el cual dio a luz a Alisher en noviembre de 1999. Casi un año después, participó de Sydney 2000 convirtiéndose en una de las pocas que se animó a competir tras ser madre. Nada había cambiado, su físico era el de siempre. Oksana seguía compitiendo pero estaba decidida a retirarse y convertirse en entrenadora para tener más tiempo para criar a su hijo.

Pero la paz y armonía de una familia feliz junto al luchador Bakhodir Kurbanov sufrió un golpe inesperado cuando su hijo fue diagnosticado con leucemia. Sin posibilidad de tratarlo en territorio uzbeko, los dueños de un club de Colonia le ofrecieron una solución a su crisis. Oksana estaba obligada a competir.

En la Universidad de Colonia, Alisher fue financiado por el sudor de Chusovitina y la solidaridad de la comunidad internacional de gimnastas que destinaron donaciones y realizaron eventos a beneficio. Mientras tanto siguió compitiendo: en 2006 obtuvo por fin la nacionalidad alemana y en Beijing 2008 defendió por primera vez la bandera teutona, donde ganó la medalla de plata en salto. Meses más tarde, tras seis años de dramatismo, el teléfono de Chusovitina sonó y recibió una noticia que había soñado más que sus logros olímpicos once medallas en campeonatos mundiales: Alisher había vencido a la leucemia. Oksana seguía compitiendo.

Londres 2012 iba a ser su despedida pero rápidamente modificó su decisión: “Terminé de competir y por la noche dije a todo el mundo que me retiraba, y a la mañana siguiente me desperté y cambié de opinión. El día siguiente me levanté, estaba recostada en mi cama y me puse a pensar que aún no había logrado todo lo que quería y que aún podía seguir. Al otro día comencé mi preparación rumbo a Rio”.

Svetlana Boginskaya, una de las gimnastas más dominantes de la historia y actual entrenadora de Chusovitina, reveló que tiene que controlar el espíritu de su pupila, apenas dos años menor: “A veces tengo que decirle que ya no tiene 14 o 15 años, que no debería estar haciendo tantas repeticiones en los entrenamientos”.

Pero Oksana Chusovitina no abdica: sigue compitiendo.

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