Cuatro de agosto de 2012, Centro Acuático de Londres. Michael Phelps observa desde el borde de la pileta como Nathan Adrian completa la posta 4×100 metros medley, se cerciora de que su compatriota ya no pueda ser superado y levanta los brazos para celebrar su decimoctavo oro. Es la última función del rey de la natación olímpica. El podio fue su epílogo. El Tiburón de Baltimore se había retirado.

Abril de 2014. Michael Phelps anuncia su regreso.

30 de septiembre de 2014, 1.40 de la madrugada. Michael Phelps es detenido por manejar borracho, como diez años atrás cuando fuera condenado a 18 meses de libertad vigilada. Pero esta vez, como cuando en 2009 una foto suya fumando marihuana recorrió el mundo, la sanción también sería deportiva: USA Swimming decidió excluirlo de su equipo durante seis meses y vetarlo del Mundial de Kazán 2015.

9 de septiembre de 2015, San Antonio. Mientras en Rusia se disputa el campeonato mundial de natación, Michael Phelps acapara la atención de los medios internacionales con su participación estelar en los Campeonatos de Estados Unidos, nadando por debajo de los tiempos de los campeones de Kazán. “No estar en el Mundial me va a motivar”, aseguraba por aquellos días con el ceño fruncido con la intención de enrostrarle a los dirigentes estadounidenses su error.

Trials Olímpicos de Estados Unidos, entre el 26 de junio y el 3 de julio de 2016. Michael Phelps se inscribe en tres pruebas, pulveriza a sus rivales y saca ticket rumbo a Rio en los 100 y 200 metros mariposa, además de los 200 metros medley convirtiéndose en el primer nadador masculino de su país en participar en cinco juegos olímpicos.

¿Cuántas vidas pueden vivirse en cuatro años? Desde Londres hasta Río, Michael Phelps atravesó múltiples situaciones y sensaciones, sometido a la crítica popular que abusó de su crueldad: fue un ex nadador, una leyenda empecinada en seguir escribiendo una historia acabada, un alcohólico incapaz de controlar sus adicciones, un paria, un eclipse y al final, rendidos ante lo evidente, un atleta olímpico decidido a agigantar su legado.

Pero la realidad es que Phelps desembarcó en Río para gozar de una despedida a la altura de su estirpe. Ya no era indiscutible, ni siquiera candidato. Las predicciones, incluso de los más avezados, le auguraban pocas chances incluso en las tres competiciones que había dominado meses atrás. Si bien sus registros eran buenos y los antecedentes inmediatos invitaban a soñar, Phelps ya no tenía edad para presentarse en otro Juego Olímpico ni la capacidad de competir de igual a igual con una camada de nadadores que en su estela dejan los cadáveres de récords que han destrozado.

Por eso la confirmación de su inesperada presencia en la posta 4×100 metros libre causó una conmocionante dualidad: la alegría de verlo en acción y la polémica de su inclusión en una prueba que ni siquiera había podido dominar cuando Phelps era irrefutable.

El único registro fiable de Michael Phelps en 100 metros libre durante este 2016 había sido de unos flemáticos 49.49 en un torneo que se disputó en junio en Austin. Esa marca era superior al último tiempo de todos sus compatriotas estadounidenses disponibles para la posta:

  • Nathan Adrian 47.72
  • Caeleb Dressel 48.23
  • Ryan Held 47.79
  • Jimmy Feigen 48.55
  • Blake Pieroni 48.39
  • Anthony Ervin 47.65

Era sumamente arriesgado incluir en la posta a Phelps no solo por la posibilidad de perder un oro en una competencia que Francia domina hace años sino porque una derrota podría desatar el caos en el seno del equipo estadounidense. Daba la sensación, y tal vez ese haya sido el principal motivo, de que Phelps iba a correr por su historia, por la grandeza de su nombre, más que por su presente.

Era ilógico que Phelps corriera la posta 4×100 metros libre, pero las leyes de la lógica no tienen jurisdicción sobre Michael Phelps.

Cuando Phelps saltó del trampolín tras la primera serie, recibió la posta en una desventaja de dos centésimos. Durante los primeros cincuenta metros incluso perdió terreno con respecto al líder francés Fabien Gilot. Pero cuando tocó la pared, Phelps quebró la carrera gracias a su máximo secreto: la vuelta americana y el nado subacuático. “Fue el mejor viraje que le he visto hacer jamás”, se sorprendió su entrenador, Bob Bowman.

Cuando Phelps entregó la posta le había sacado un segundo a Gilot y había dinamitado el espíritu francés. Después gozó como Held y Adrian aseguraron su 19ª medalla, la más inesperada de todas, una de las más dramáticas y espectaculares de su historia en los Juegos Olímpicos, tal vez solo superada por aquella inolvidable definición in extremis en los 100 metros mariposa frente a Milorad Cavic en Beijing.

Después, como si fuera su primera vez, se subió al podio con la alegría infantil de siempre, de quien no cree que otra vez está en lo más alto del podio. Entre susurros le regaló a Held, que lloraba a mares, una recomendación: “Disfrutalo, esta experiencia es única en la vida, contemplá al público, recordá este momento”.

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