Publicado en La Nación

El Monte Longdon fue uno de los escenarios de la batalla final de la guerra de Malvinas. El 11 de junio de 1982, el Escuadrón de Exploración de Caballería Blindada 10 fue parte de la resistencia que las tropas argentinas enarbolaron durante tres días hasta una rendición que desembocó en la definitiva capitulación, el fin del conflicto bélico. Jorge Toledo Chiqui, uno de los miles de jóvenes que viajaron a las Islas con apenas veinte años, defendía su posición con un fusil automático liviano.

Cuatro años más tarde, la Argentina se enfrentó a Inglaterra por los cuartos de final del Mundial de México en un partido de fútbol que involucraba los sueños deportivos de un pueblo futbolero, pero que arrastraba muchos otros sentimientos. Como miles de jóvenes con la piel curtida por las atrocidades vividas y con las heridas aún abiertas de un combate que siguió cobrándose víctimas en los años posteriores, fue una tarde especial para Jorge, que se enfrentó a un nuevo enemigo: una estufa a garrafa que tenía su mamá en la casa. “Yo en esa época tomaba valium y en la previa me tomé uno porque los nervios eran terribles. Pero en los dos goles y al final del partido, me agarré a piñas con una estufa que terminé rompiendo y que mi vieja todavía me reclama. Se la destrocé toda”, recuerda tres décadas después mientras revuelve su café en la confitería Victoria junto a tres ex combatientes que coincidieron en su reflexión: aquel mediodía del 22 de junio de 1986 sintió que estaba tomándose una minúscula pero reconfortante venganza.

Andrés Burgo reconstruye al detalle aquella inolvidable jornada en El Partido, un libro que bucea la intimidad del seno albiceleste y revela anécdotas, cábalas e incluso sentimientos que envolvieron a una de las gestas más épicas de la historia, una página gloriosa que comenzó en la tarde del 18 de junio cuando Inglaterra eliminó en octavos de final a Paraguay y se presentó como el próximo escollo rumbo al título, dándole paso a lo que más tarde engrosaría la actuación consagratoria de Diego Maradona.

El País de España presentó el encuentro como “la guerra de Malvinas en versión futbolera”. Los medios ingleses, argentinos e incluso mexicanos replicaron el tenor recurriendo a analogías similares. Examinados por el exagerado amarillismo que buscaba equiparar una conflagración que se cobró cientos de vidas con noventa minutos de fútbol, Carlos Bilardo le prohibió a sus jugadores que declararan sobre el tema: “Los días previos eran difíciles por lo que se hablaba. Yo les prohibí hablar a los jugadores. Las preguntas de los periodistas eran las Malvinas, las Malvinas y las Malvinas. Los reuní y les dije: ‘Muchachos, en este momento no se puede hablar de las Malvinas’. Hacer fuerza por las Malvinas es otra cosa. Si vos querés y lo sentís, les dije a los jugadores, cuando termine todo esto agarramos un avión y nos vamos para allá, para las Malvinas. Todos los que quieran. Vamos a poner el pecho”.

El aislamiento era absoluto. Incluso Maradona, probablemente el deportista más involucrado con las causas perdidas del mundo, se desentendía del tema: “En el deporte nada tiene que ver lo político, así que si llegamos a jugar contra Inglaterra no vamos a recuperar Malvinas con un gol”. Mientras tanto, numerosos faxes de soldados viajaban ocho mil kilómetros intangibles hasta la concentración en las instalaciones del América con palabras de aliento para sus héroes.

Aún eran años de “desmalvinización”. Era un tema tabú, como si nada hubiera pasado, como si no hubieran fallecido 649 argentinos. En plena cruzada por resignificar su lucha, el triunfo frente a Inglaterra fue una caricia al alma para Marcelo Ascencio, quien integraba la Compañía de Comunicaciones Mecanizada 10 que se encargaba de instalar la red telefónica en cada uno de los pozos: “Fue un alivio para mí. Por la forma, el gol con la mano y el mejor en la historia de los mundiales. Encima de un tipo que siente como sentimos nosotros los colores argentinos. Yo estaba en Mar del Plata pero me vine a Capital en menos de tres horas y llegué minutos antes de que empezara el partido. Lo vi en un departamento en el séptimo piso que tenía balcón con terraza y cuando fue el segundo gol casi me caigo del balcón. No me lo voy a olvidar jamás”.

Ricardo Daer coincide con Marcelo, dos extremos del invisible hilo rojo: se criaron en el mismo barrio y fueron a la misma primaria pero su amistad se interrumpió hasta que se reencontraron en Malvinas. Ricardo, quien perteneció al Regimieneto de Infantería Mecanizada 3 Compañía Comando Curupaytí, rememora su sorpresa cuando descubrió que incluso quienes no habían estado en Malvinas sentían el cruce de cuartos de final como una reparación: “Yo estaba de novio con mi actual mujer y fui a su casa a verlo con su familia. Perdí las cuerdas vocales con los festejos, fue una revancha también para mí pero yo veía alrededor mío a la familia de mi señora y notaba que para ellos también lo era. Fue espectacular, ni a Alfred Hitchcock se le hubiera ocurrido una novela así”.

Jorge José Quiroz fue uno de los primeros en desembarcar a Malvinas con el A.R.A. Santísima Trinidad. El destructor misilístico fue su improvisado hogar, desde donde se encargaban de brindar cobertura antiaérea y desarrollar una estrategia para aprovechar los avances tecnológicos para contrarrestar el poder inglés. Treinta años más tarde regresó a las islas junto a Ricardo y Jorge en el documental “Volver a Malvinas”, un corto filmado por Natalio Balderrama que dura 67 minutos y que puede verse en YouTube.

Quiroz compartió el desahogo de sus amigos en aquel 22 de junio de 1986 porque, como escribió Eduardo Sacheri en su texto homónimo, “ese partido, o ganar el mundial, no iba a arreglar el dolor enorme de Malvinas, y todos esos chicos muertos. Pero perder ese partido, perderlo con ellos, volvería todo más cruel, más amargo, más injusto”.

Jorge, Marcelo, Ricardo y José se escapan del libreto y se cargan entre sí con el fútbol como eje, como hacen los amigos en cualquier reunión. Que José se alimenta del recuerdo por las Libertadores de Independiente, que Marcelo es de un “equipo chico” como Vélez y que Jorge junto a Marcelo están acostumbrados a sufrir por su San Lorenzo como lo hacían durante la guerra, cuando no encontraban medios para conocer las andadurías del Ciclón por la segunda división. Ni siquiera el Mundial de España pudo aislarlos del horror: “En ese momento estábamos en otra cosa, cuando veíamos las bajas que teníamos, que un compañero tuyo caía muerto, nos importaba un bledo la Copa del Mundo”.

“Para mí fue, es y será una revancha ganarle a Inglaterra. Quiero ganarle siempre, en todo, en el fútbol, en el tenis, en el truco”, se envalentona Marcelo y Jorge acota que en la victoria por penales en los octavos de final del Mundial de Francia 1998 “tuve los mismos sentimientos. Es lo más lindo que hay, yo te regalo una Copa del Mundo si en el camino le ganamos a los ingleses”.

“Jugar con Inglaterra no es jugar un partido más, aún hoy no lo sigue siendo”, analiza Ricardo. Con las Islas Malvinas tatuadas en su antebrazo izquierdo, se enorgullece por las nuevas generaciones que pese a no haber vivido la guerra “se emocionan con nosotros y nos demuestran que hay futuro, que la desmalvinización la estamos ganando”.

Marcelo se contagia y concuerda: “Los pibes van a la cancha y no hay un partido de la Selección Argentina en la que no se cante que el que no salta es un inglés. Y no somos nosotros los que cantamos eh, ya estamos viejos y no podemos cantar más”.

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