Un héroe olvidado

Publicado en La Nación

Pedro Pablo Pasculli se convirtió en leyenda hace treinta años. El 16 de junio de 1986 decidió el clásico rioplatense en el Estadio Cuauhtémoc de Puebla. Por entonces empezaba a construir su idolatría en el Lecce, pero la vida le tendría destinado un recorrido de aventuras exóticas.

Es que después de ser campeón mundial vistió la camiseta del Sagan Tosu japonés, del Pelita Jaya de Indonesia, aguantó apenas tres días en el The Strongest boliviano y regresó a territorio italiano para despuntar el vicio en equipos regionales. Pero como entrenador también fue conociendo los recovecos más inhóspitos del globo terráqueo: dirigió a la selección de fútbol de Uganda y entrenó al Dinamo Tirana de Albania, entre otros.

Descifrar su paradero actual fue un ensayo de prueba y error entre teléfonos que están fuera de servicio y otros que ni siquiera pertenecen a él, hasta que una voz familiar, ahora con un marcado acento italiano, atiende el teléfono desde la ciudad de Murcia, donde conduce al primer equipo y a las divisiones inferiores del Fútbol Club Jumilla, conjunto de la segunda división B de España.

Pasculli dirigió al seleccionado de Uganda en 2003. Según medios africanos, cobró 8000 dólares por aquel trabajo para dirigir en dos partidos. “Llegué por un contacto italiano -recuerda Pasculli hoy-. Fue una experiencia bastante linda y dejé buenas amistades. Me seguían mucho y me hacía entender a través de un traductor. Nos fue bien pese a que en África éramos de los peores equipos”.

Con Pasculli, Uganda perdió un partido con Rwanda, en Kampala, y logró un buen empate contra Ghana, de visitante. No le alcanzó, porque el equipo quedó segundo en el grupo y no llegó a la Copa de las Naciones, objetivo por el que tenía un premio extra de 2000 dólares.

“Tenés que ir donde te llaman, adonde te ofrecen un contrato. Uno siempre tiene que ir donde lo llama el trabajo. Tuve hermosas experiencias de las que no estoy arrepentido. Si tuviera que hacerlo lo haría de nuevo”, dice el mismo hombre que en la concentración del club América tuvo como compañero a Diego Maradona, a quien recuerda como “un tipo muy sencillo”. Y completa sobre aquella convivencia: “Diego no dormía mucho. Contábamos los días que faltaban para llegar a la final, cada equipo que se iba lo marcábamos en un almanaque que teníamos pegado en la pared detrás de las camas. Para él ese Mundial era como su vida”.

A tres décadas de la última conquista argentina, Pasculli hace foco en aquel gol contra Uruguay, el que definió la clasificación para los cuartos de final: “Marcó mi vida. No fue el más lindo, pero definitivamente fue el más importante de mi carrera. Recuerdo como si fuera ayer cuando un defensor uruguayo intentó rechazar un centro y me dejó solo frente al arquero”.

Se envalentona rememorando aquel encuentro entre la Argentina y Uruguay por los octavos de final de la Copa del Mundo. La histórica rivalidad se disputó con la fiereza barrial de siempre: “Fue terrible, como todos los partidos con equipos sudamericanos. Tenés que ir al frente como loco. Encima el que perdía se iba a casa”.

Las nuevas generaciones poco saben de él, o apenas lo conocen por la singularidad de su nombre, el hombre de las tres “P”. Pero una breve reconstrucción del pasado por parte de quienes disfrutaron a aquel equipo dejan en claro que su participación fue decisiva. “Fue un gran servicio a la patria el que hizo Pasculli”, dice Jorge Valdano en el documental “La historia detrás de la Copa”, con ese tono de exageración que suele dársele al fútbol, pero dentro de un contexto desbordante de pasión como el que se vivió en el país por aquella conquista. Valdano agradeció a Pasculli especialmente por ser el que terminó destrabando uno de los encuentros más complicados.

Ni la clasificación ni la conquista del Mundial hubieran sido posibles sin sus goles urgentes. La eliminatoria quedó marcada a fuego por la escalada heroica de Passarella y el gol de Gareca ante Perú en el Monumental. Pero pocos recuerdan que ese 30 de junio de 1985 el primer tanto lo había hecho Pasculli. “Ese también fue un momento inolvidable que llevo en mi corazón. Teníamos miedo de quedar afuera y ninguno de nosotros imaginaba un Mundial sin Argentina”, dice hoy Pedro, que ya había marcado otros dos más en Bogotá, unas semanas antes, en el fundamental triunfo por 3-1 sobre Colombia.

Se fue joven de la Argentina como un mortífero artillero de Argentinos Juniors. Es muy recordado un partido en el que metió cinco goles en la goleada 8-0 del Bicho ante Central Norte, de Salta, en la cancha de Ferro, en el debut en el Nacional de 1985.

En Argentinos compartió una temporada con Diego Maradona, con quien terminaría compartiendo la habitación en la concentración en el complejo de América: “Nos unió más aún esa experiencia, fortaleció nuestra amistad. Tener el privilegio de convivir con Diego fue importantísimo. Éramos como hermanos de una familia”.

Después de coquetear con el fracaso en las eliminatorias, el armado de la nómina de 22 convocados fue otro motivo de enorme discusión. Hubo muchos enojos por los grandes jugadores que quedaron al margen. “No era fácil jugar en la Selección porque había muchos buenos delanteros”, dice Pasculli, que no sólo conquistó un lugar en la lista, sino que se adueñó de una de las once camisetas celeste y blanca predestinadas para el debut frente a Corea del Sur.

Pero Bilardo, obsesivo y detallista, adaptaría su equipo e incluso su esquema a cada partido en aquella rueda inicial y a Pasculli le tocó observar desde la insoportable comodidad del banco de suplentes el empate frente a Italia y la victoria frente a Bulgaria. “Alternaba los jugadores, no formaba siempre el mismo equipo e incluso tuve que ser suplente en algunos partidos hasta que me tiró contra Uruguay”, revive.

Bilardo en los momentos previos al partido lo explicó así: “Yo tengo dos alternativas. La primera es tener la pelota, la segunda es ir a buscar el partido. Esta tarde tenemos que buscar el partido y Pasculli es el más agresivo”.

La Argentina desplegó un fútbol de altísimo vuelo pero terminó sufriendo por su propia impericia ofensiva. Entre una potencial goleada y el tangible padecimiento frente a un rival que no se vence ni aún vencido, la Argentina se adueñó de la clasificación con una jugada memorable que involucró a siete jugadores antes de que Eduardo Acevedo rechazara infructuosamente y le sirviera el gol a un Pasculli que, haciendo gala de su olfato y de su oportunismo, definió al arquero Fernando Alvez.

En el partido siguiente, ante Inglaterra, Bilardo volvió a sacarlo de la formación titular. Pasculli tuvo que dejarle su lugar a Héctor Enrique en una decisión que el técnico explicó: “Quería sorprenderlos con la llegada de los volantes, que aparecían de punta y de pronto se tiraban unos metros atrás. Eso confundió a los ingleses”. El Negro Enrique se ganaría el lugar en los tres encuentros más importantes.

Pasculli jamás volvió a jugar en México. Lo sufrió, seguro, pero el premio final hace que todos los recuerdos sean positivos. “Hay que respetar las decisiones, quedé mal porque no me dio continuidad para seguir jugando”.

Tuvo una chance más, nada menos que en la final contra Alemania, pero. “Bilardo me hizo calentar para entrar cuando ganábamos 2-0 y faltaban 20 minutos, pero nos empataron y no entré”.

Hoy no hay resentimientos: “Está todo bien. Yo tuve la posibilidad de ser campeón e hice un gol fundamental. Haber jugado el Mundial fue tocar el cielo con las manos, es el máximo al que un jugador puede aspirar. Yo lo hice y encima con el mejor de todos, eso fue aún más lindo”.

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