El campeón a destiempo

Publicado en La Nación

Las hipótesis caminan a la par de la realidad, como si fueran la sombra que refleja aquello que podría haber sucedido pero que jamás pasó. Toda historia, tangible y acabada, tiene su fantástica proyección. En el fútbol, generalmente son los perdedores quienes horas, días, meses e incluso años más tarde se lamentan porque están seguros de que las cosas podrían haber sido diferentes si esa pelota hubiera entrado, si el arquero no hubiera fallado o si el árbitro hubiera cobrado esa falta dentro del área que omitió.

La consagración de la selección argentina en el Mundial de México 1986 se encargó de disimular uno de esos relatos que, en caso de un naufragio albiceleste en tierras aztecas, hubiera estigmatizado para siempre a uno de los jugadores más talentosos que emergieron de las prolíficas tierras rioplatenses, uno de esos cracks que pagaba la entrada por sí solo. En cada charla futbolera en la que se discute al mejor de la historia aparece su nombre, sazonado con un dejo de nostalgia y de pena.

Claudio Borghi desembarcó en la Copa del Mundo de México después de una inolvidable temporada en la que se consagró campeón de la Copa Libertadores con Argentinos y en que la que atrapó la atención del por entonces inalcanzable fútbol europeo en la final de la Copa Intercontinental. Aquel partido en Japón fue publicitado como el duelo entre el consolidado Michel Platini y un pibe de 21 años que con la camiseta del Bicho amenazó el reinado del francés hasta la fatídica tanda de penales que inclinó la balanza en favor de Juventus. Ese chico que había brillado ante 60.000 personas en Tokio era el Bichi, el mago de las rabonas, una estrella en potencia que el conjunto de La Paternal había cotizado en dos millones y medio de dólares, una cifra sideral para los valores del mercado en la década del ochenta. Era el mayor prospecto del prolífico semillero argentino, era el sucesor de Diego Maradona, la futura estrella del fútbol mundial, el as de bastos para ganar el Mundial.

La expectativa era total porque en un equipo que había caminado sobre la cornisa que divide el éxito del fracaso durante todas las Eliminatorias, la irrupción de Borghi representaba la esperanza de una mejoría futbolística en un elenco sumamente criticado por dirigentes, medios e incluso por el clamor popular. Además de heredero, Borghi se presentaba como el socio ideal para un Maradona que identificaba a un ladero que hablaba su mismo idioma: “Me gusta mucho, me sorprendió mucho en México. Sé que Carlos está corrigiendo algunas cositas y a mi también me gustaría decirle algo, con la intención de ayudar. Como por ejemplo, que hay que asegurar la pelota, que hay que trabajar con mayor velocidad y tocar dejando algunos chiches para cuando vas ganando dos o tres a cero”, reflexionaba Diego en una entrevista a El Gráfico en la previa del debut frente a Corea del Sur.

Era también una de las grandes apuestas de Carlos Bilardo. En la confección de la lista de 22 convocados, dos nombres de peso luchaban por un único boleto. El rival de Borghi fue nada menos que Alejandro Sabella, hombre del riñón del Doctor. Pachorra por entonces vestía sin demasiada continuidad la camiseta del Gremio brasileño pero previamente se había consolidado como pieza clave de River, Sheffield United, Leeds United y nada menos que en Estudiantes, donde coincidió con Bilardo. Hombre curtido en mil batallas, debió resignarse a ver el Mundial por televisión porque su padre futbolístico había elegido al joven Bichi: “Cuando yo estuve los partidos de la selección no fueron muy felices, y los míos tampoco. La posición de número 10 tiene muchos buenos jugadores que están andando mejor que yo” admitió Sabella.

El autor material e intelectual de la épica gesta en suelo mexicano confiaban en Borghi, aunque Bilardo tenía dudas respecto a su condición de enganche: “Yo considero que es delantero, aunque pueda tirarse atrás, él llega como atacante”. Aquella nimiedad táctica terminaría siendo uno de los detonantes para su fracaso personal en México.

El 25 de marzo de 1986, a poco más de dos meses para el Mundial, la revista El Gráfico publicó una entrevista que le realizó Aldo Proietto. El título que acompañaba la foto de Borghi reposando en un sillón de la concentración era contundente: “Los ojos del mundo están puestos en él”. La afirmación no era una exageración, era una realidad. Borghi era uno de los grandes atractivos de la Copa del Mundo.

La gira previa le demostró a Bilardo que su elección había sido correcta y, pese a no incluirlo en el debut, le dio la titularidad para el trascendental partido frente a la reinante Italia. Pese a su intermitente rendimiento, reapareció en el once frente en el triunfo frente a Bulgaria sin saber que no volvería a jugar a lo largo de todo el campeonato. Su actuación en la primera fase fue puntuada con 4,50 y una frase que anticipaba el futuro: “Más, muchísimo más jugador de lo que vimos durante los 74 minutos contra Italia y los 45′ contra Bulgaria. En los dos casos, fue correctamente dispuesta su sustitución, visto su anémico desempeño. Lo observamos muy desenchufado, muy ajeno al partido, arrancando tarde y resolviendo mal. Esperamos tanto de él que su rendimiento nos produjo decepción. Pero la Copa recién empieza, tiene que aparecer el Borghi que todos conocemos. Seguimos esperándolo”.

Borghi no sumó minutos ni en los octavos de final frente a Uruguay ni en los cuartos frente a Inglaterra. Molesto y contrariado, estalló un día antes de la semifinal contra Bélgica: “El señor Bilardo se equivocó conmigo. Me dijo que me sacaba porque andaba mal con la pelota. En Buenos Aires habíamos hablado una cosa y aquí no se cumplió. Habíamos hablado que yo debía jugar en otra posición, de nueve atrasado, y al final eso lo hace Diego”.

Más allá del descontento táctico, otros tres factores conspiraron contra un Borghi que terminó ocultando su decepción individual con la gloria colectiva. “Los defraudé a todos, no sé que me pasa”, se flageló en un reportaje de una crudeza inédita.

Descontento por su transferencia al Milan italiano porque pretendía jugar en el Racing de París, incluso marcó una diferencia de carácter con sus compañeros: “Pensé que esto era otra cosa. Me aburro. Yo soñaba con el Mundial pero no me lo imaginaba así, tan exigente, tan duro. Debe ser otro de los factores de mi fracaso. No soy tan apasionado como mis compañeros. Quisiera estar ya en Buenos Aires”.

El hombre que los gigantes europeos tenían entre ceja y ceja confesaba a horas de una semifinal de un Mundial, tal vez el contexto y la cita más importante en la vida de un jugador, que no le importaba estar ahí, que le daba lo mismo ser o no campeón del mundo, que para él todo lo que estaba viviendo era secundario. El sueño de millones era la pesadilla de un elegido.

Vivía a través de sus sentimientos, en un mundo paralelo, desconectado del escenario que lo rodeaba. Mientras recibía a representantes de la iglesia mormona confesaba que extrañaba a su familia y a su novia Mariela, quien en el futuro se convertiría en su esposa. Le pesaba la popularidad, la fama, incluso ser el propio héroe de su hermano y de sus amiguitos que se acercaban a él para verlo dormir. Obviamente, fue testigo privilegiado de la conquista del segundo título mundial sentado en el banco de suplentes.

Una década después, ya afianzado en Chile y como jugador del Audax Italiano que después entrenaría, desnudó nuevamente su indiferencia: “Era muy joven, viví cosas hermosas, aunque me llegaron más algunas Copas Libertadores porque quizás jugaba más. Es un recuerdo hermoso pero no me marcó para toda la vida”.

Su campaña en el mundial fue decepcionante. Al fin y al cabo, la historia de Borghi es la de un crack que llegó a destiempo, el relato de una joya que terminó siendo un sufrido paria.

Meses más tarde y con la réplica de la Copa del Mundo en las vitrinas de la AFA, Bilardo fue lapidario: “Si Borghi hubiera tenido la cabeza en México el Mundial hubiera sido un paseo”.

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