Publicado en La Nación

Es sábado por la noche y diluvia sobre la pintoresca Colonia del Sacramento, una ciudad circunstancialmente convertida en un pueblo fantasma. Sus coquetas callecitas, escenario en otro tiempo de resistencia detrás de los muros que aún se erigen a la vera del Río de la Plata, están desiertas. Es la calma que precede al huracán, es la víspera de una revolución que se cocina desde las sombras y que trastocará una rutina aún inquebrantable. Son las ocho de la noche y por ahora nada altera la cadencia de un lugar que empieza a descubrirse como polo gastronómico por su cuantiosa oferta.

La Chopería Mastra, una cervecería emplazada en Del Comercio 158, es uno de los bares de mayor tradición en Colonia. Sergio Fernández Pos es su dueño y el encargado de crear una atmósfera bohemia que seduce a decenas de turistas que copan un local abarrotado, en donde un grupo de chicos celebra un cumpleaños mientras la televisión transmite el partido de rugby entre Uruguay y Argentina, al mismo tiempo que una banda se prepara para un show que comenzará en minutos.

Pero Sergio, hombre de prominente barba que desde detrás del mostrador maneja la caja, está en cuerpo presente, pero su alma está ausente. Porque Sergio es también Carmelito, primero fanático, después presidente, ahora dirigente y también community manager del Plaza Colonia, que horas más tarde se adueñará del Clausura uruguayo y se convertirá en furor en unas redes sociales, haciendo vibrar una y otra vez el teléfono de Sergio. La ansiedad carcome a uno de los hombres más populares de Colonia, quien sigue al Plaza desde que era un club amateur: “Va a ser difícil dormir esta noche, después de tantas cosas malas que pasamos, mañana vamos a vivir un día histórico. Vamos a sacar nueve micros, nunca se vio algo así, ni en un acto político. Ojalá se nos dé”.

Comparte su ilusión Juan Pablo Grossi, un argentino que hace cinco años visitó Colonia junto a su mujer, fue a ver un partido del Pata Blanca cuando aún jugaba en la segunda división y se enamoró del club. Hincha e integrante del departamento de socios de Temperley, adoptó al albiverde como una de sus pasiones: “En una época manejaba desde Buenos Aires hasta acá únicamente para ver al Plaza. Si bien por cuestiones laborales se me complicó durante los últimos años, este fin de semana no podía faltar”, confiesa este fanático, quien los fines de semana canta en su banda de trova Maldita Wendy.

Con Sergio en la caja y Juan Pablo en la guitarra, ambos se quedarán hasta la una de la mañana intentando que la espera sea un poco menos insoportable. Con pocas horas de descanso en el bolso pero empujados por su sueño, a las once de la mañana llegarán al club para subirse al micro cuatro que los llevará hasta el estadio Campeón del Siglo, en donde su Plaza enfrentará al temible Peñarol. Quince minutos antes, Sandra había abierto por primera vez la pequeña sede en la Avenida Flores para pegar en el vidrio la disposición en la que viajarían casi 500 fanáticos. A Miriam, una señora que ronda los setenta años y cuyo fanatismo la llevó a pedirle a una funeraria que “me entierren con la camiseta del Plaza”, le tocó el ómnibus cuatro: “Somos el equipo del pueblo, acá no hay peleas, no hay violentos, somos el equipo del pobrerío. Somos una familia y merecemos esta alegría”.

Son las doce, la hora señalada para partir rumbo a Montevideo en uno de los cincuenta y ocho viajes que el Plaza hace por temporada, aunque ninguno como este. La tranquilidad habitual es asaltada por una marea de chicos, padres y abuelos, que se preparan para emprender una travesía única: la de un equipo que ahora mueve centenares, pero que hace tres años llevó 28 personas a un partido como local.

Los nenes cantan mientras sus padres cortan las puntas de los paraguas con un serrucho para poder pasarlos al estadio y combatir a la lluvia. En el restaurante Mercosur, al lado de la sede, hay gigantografías de Luis Suárez, Lionel Messi y Neymar. Eso sí: nadie pierde su tiempo en sacarse una foto porque sus héroes son otros. De a poco, empiezan a acomodarse cada uno en su asiento y se revela una particularidad: se conocen todos, todos saben de los sacrificios que jugadores e hinchas hicieron para ganarse la posibilidad de encumbrar una gesta de dimensiones históricas. La esperanza patablanca parte, entonces, en nueve micros que viajarán durante casi tres horas. Colonia, lentamente, recupera su normalidad. Su tranquilidad.

La aventura se hace tediosa porque nadie concilia el sueño. La lluvia y la niebla atentan contra la visibilidad y la espera por un partido que jamás pensaron que llegaría incrementa una ansiedad que se respira hasta que el imponente Campeón del Siglo aparece en el horizonte. Falta una hora para el partido de sus vidas y descienden del micro entre el agua, el barro y los fanáticos de Peñarol para meterse en la tribuna Gastón Guelfi.

El desenlace fue digno de una historia que parece haberse escapado de un cuento, el último capítulo de uno de los relatos más románticos del fútbol mundial, aún más que la de un Leicester que con un presupuesto multimillonario se impuso a equipos de mayor tradición y aún más poderosos. Como si le faltara épica a un club que hace dos años estuvo a punto de abandonar el profesionalismo, que llegó a estar último en la segunda división, que tuvo varios jugadores que coquetearon con el retiro, que ascendió esta temporada y que gracias a un maravilloso rendimiento alcanzó la punta del campeonato uruguayo, el último examen fue frente a Peñarol en su flamante e inexpugnable estadio, que fue invadido por casi cuarenta mil personas. “Para ellos es un partido más, para nosotros es el partido de nuestras vidas”, dice Tortuga, uno de los hinchas más fervorosos durante el viaje.

Plaza Colonia hincó a un gigante en su propia casa en una demostración no sólo de su buen fútbol, sino también de su coraje. Fue la consagración más perfecta para un equipo que hace 32 meses fue rescatado del abismo por el grupo inversor que conforman Roberto García y Carlos Manta, quienes entre 2002 y 2004 habían impulsado infructuosamente un proyecto similar en el Deportivo Colonia. Una década más tarde, encararon un nuevo desafío juntos: “Somos enfermos del fútbol y somos conscientes de la riqueza futbolística de Colonia. Yo estaba en el fútbol amateur y en el peor momento los dirigentes del Plaza me pidieron que diera una mano. Manta había sido destituido como técnico de Miramar Misiones y entonces en agosto de 2013 decidimos apostar por el club. Claro que cuando empezamos nunca imaginamos ganar el título. En la planificación previa, este era el año del ascenso a Primera”, confiesa García.

Con un presupuesto de apenas 70.000 dólares mensuales, el único equipo profesional del interior uruguayo se entrometió entre los dos gigantes que monopolizan el fútbol charrúa. Su destino le augura la final del campeonato uruguayo y una competición continental aún por definir. El fenómeno se extiende incluso a las divisiones inferiores, con más de 150 chicos en los equipos formativos, que también ascendieron con la categoría de 18 y 19 años como líder absoluto, asegurando el futuro de un club cuya premisa es, según García, “tener tres o cuatro jugadores de referencia y rodearlos de jugadores locales”.

El domingo terminó siendo una de esas utopías que de vez en cuando se cumplen. Plaza Colonia fue a jugarse su memorable campaña al Campeón del Siglo apenas dos puntos por encima de Peñarol, en un estadio en el cual el Manya había ganado todos sus partidos. No s+olo salió vivo, sino que se fue con el Clausura bajo el brazo. Los noventa minutos habían sido una exhibición de once hombres que batallaron contra su feroz rival, contra el talento del ídolo Diego Forlán e incluso contra algunas decisiones polémicas que complicaron aún más su empresa.

Fue la perseverancia de sus jugadores la que le permitió gritar campeón a un club que el año próximo cumplirá su primer siglo. Un plantel curtido en el sufrimiento que alcanzó una hazaña impensada con un núcleo de jugadores que han vivido los días más tristes del Plaza. Como el capitán Kevin Dawson, quien sin lugar en Nacional se hizo cargo del arco patablanca y que en los momentos de crisis económica del club debió salir a pintar con su cuñado para subsistir. O como el mediocampista Matías Caseras, un habilidoso enganche que se reconvirtió en un cinco de quite y buen pie después de que pensara en dejar el fútbol, mientras trabajaba en una herrería. E incluso como el DT y también carpintero Eduardo Espinel, quien lidera un cuerpo técnico que aprovechó su estadía sabatina en Montevideo para inmiscuirse en el estadio Centenario durante la noche y cumplir la promesa que habían hecho de comer una pizza en el círculo central en caso de salvarse del descenso.

El silbatazo final desató la locura y los jugadores salieron eyectados rumbo a los 500 hinchas, empapados pero en éxtasis porque aquel equipo que hace dos años jugaba frente a una treintena de personas era el primero en dar la vuelta olímpica nada más y nada menos que en la cancha del mismísimo Peñarol. Las lágrimas se confundían con la lluvia. El sueño de toda una vida hecho realidad para un club que inmediatamente emprendió el regreso para festejar en su Colonia, mientras alguno se animaba ya a trazar una nueva hazaña: “Chofer, siga derecho hasta Japón”.

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