Stephen Curry es indefendible. Noche tras noche, partido tras partido, somete a defensas desairadas que coquetean con el ridículo. La fortaleza usualmente inexpugnable de San Antonio Spurs, considerada la mejor en toda la liga, también fue masacrada por el hombre que destruye certezas y materializa una utopía en cada tiro. Como muestra alcanza con una jugada: Kawhi Leonard, galardonado como el mejor defensor de la temporada pasada, quedó caricaturizado frente a un corte y una quebrada de Steph. Con 37 puntos en 28 minutos, se sentó durante los últimos doce para contemplar la perfección de su obra mientras la segunda unidad de Golden State Warriors le ponía cifras definitivas a un inesperado triunfo por treinta puntos. 120-90. Al cuarto cuarto, Curry descansó mientras sus fieles lo vitoreaban cuando la pantalla gigante anunció que había superado los diez mil puntos en su carrera.

Mientras San Francisco se prepara para recibir el Super Bowl 50 el próximo 7 de febrero, su vecina Oakland fue la sede del cruce más esperado de la historia de la temporada regular de la NBA. Enarbolando dos campañas de ensueño, los tiranos del oeste eclosionaron su serie de cuatro partidos en el Oracle Arena generando inabarcables expectativas que configuraron una escena en un calendario habitualmente despojado de grandes emociones durante el mes de enero: el ambiente en el estadio era de un partido de playoffs, con remeras azules con el escudo local estampado en amarillo repartidas en cada asiento para que los miles de fanáticos que colmaron las tribunas configuraran una marea homogénea. Cada triple, volcada o robo era un rugido ensordecedor porque el orgullo de certificar su superioridad incluso frente a su máximo rival era suficiente motivación, según sus propios hinchas.

San Antonio superó su mayor cantidad de pérdidas y permitió más puntos que en cualquier otro partido, apenas datos estadísticos de una noche que se sintió como un calvario. Sin Tim Duncan, ausente por una molestia en su rodilla derecha, los Spurs mostraron su talante más desequilibrada en una formación que nunca se reconoció. Ya en el tercer cuarto, su lenguaje corporal evidenciaba su frustración. Manos en la cintura, cabezas agacha y la resignación de no haber encontrado la receta para frenar al líder de la liga. “Fue como un partido entre niños y adultos. Nos ganaron en todas las facetas del juego, siendo sumamente agresivos, rápidos, disciplinados e infalibles”, analizó Gregg Popovich consumada la derrota.

Golden State ni siquiera tuvo que apelar en demasía a su infalible small ball para escaparse en el marcador. San Antonio nunca controló el tiempo del partido y sucumbió frente a la intensidad que los enérgicos Warriors dominan a la perfección. Es que el caos es su zona de confort, ya sea corriendo de costa a costa o desatando un vendaval de pases extra y cortes hacia el aro que enloquecieron a unos Spurs perdidos. Tal como reconocería Steve Kerr, dos veces campeón con la franquicia texana, su insólita eficacia fue un aliado para sepultar las chances del elenco de Popovich en el segundo cuarto: “Tuvimos porcentajes de efectividad irreales, especialmente Curry que tiene un campo de tiro ridículo y distorsiona todo el tablero de ajedrez”. En la sinfónica de Kerr se destacó también Draymond Green con 11 puntos, 9 rebotes y 6 asistencias. Green, Curry al margen, es el jugador más indescifrable de los Warriors por su capacidad de jugar, y con absoluta suficiencia, en los cinco puestos. Además, es el corazón del equipo y no por nada su camiseta es la segunda más vendida detrás de, obviamente, la de Curry.

Pero para San Antonio, al margen de la paliza, fue un aprendizaje de incalculable valía. “Necesitábamos enfrentarlos. No son un equipo convencional, son muy distintos a todos. No jugamos contra ellos hace un montón, necesitábamos tenerlos enfrente para ver qué se puede hacer. Fue una gran enseñanza”, analizó Manu Ginóbili en exclusiva ante LA NACIÓN. Y, sin ruborizarse, reconoció: “Hoy en día son mejores que nosotros, no me avergüenza decirlo, están mucho mejor que nosotros y tenemos que hacer prácticamente todo bien para tener chances pero estuvimos muy lejos de hacer todo bien”.

Boris Diaw y David West suplieron la ausencia física de Duncan y la espiritual de un LaMarcus Aldridge que apenas aportó cinco puntos: “Ellos pelean mucho, te apuran y no te dan espacio para pensar. Aprenderé de esto y jugaré mejor la próxima”. Jonathon Simmons, el novato que se ganó un lugar en el plantel de San Antonio después de pagar 150 dólares para probarse con su equipo afiliado, recibió los elogios del Popovich por su “agresividad, poco común en la mayoría de nuestros otros jugadores en la noche”.

Está empíricamente comprobado que la proyección de Popovich, su cuerpo técnico, la gerencia y sus propios jugadores va más allá de lo inmediato. Acostumbrados a rendir en plenitud a partir de marzo, ni los propios integrantes del plantel esperaban un récord como el que gozan hoy en día ni mucho menos aún ser considerados como la única alternativa real a unos Warriors que quiebran récords a diestra y siniestra. Como en cada temporada la obsesión son los playoffs. Es por ello que, tal vez con una sonrisa porque al menos por un tiempo volverán a andar por debajo del radar, Pop salió del vestuario con un discurso irónico: “Estuvimos a punto de ganarles. Mi primer comentario es que estoy agradecido de que el general manager no esté en el vestuario, porque seguramente me hubiera echado”.

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