Kristaps Porzingis está confundido, atrapado en un sinfín de sensaciones que no puede descifrar. Acaba de ser elegido en la cuarta posición del Draft, cumpliendo el sueño que había perseguido desde que por primera vez agarró una pelota de básquetbol en su Letonia natal. El comisionado Adam Silver se había acercado al estrado e, inclinándose hacia el micrófono, había pronunciado su nombre. Está extasiado porque a partir de la próxima temporada jugará en New York Knicks. La escena es idéntica a como la había imaginado salvo por la disonante banda sonora que resuena en el Barclays Center. Sin aplausos, sin exclamaciones de apoyo, sin fervor en las tribunas. En cambio, el murmullo que prosiguió al anuncio de Silver se había transformado en un estruendoso abucheo generalizado. Porzingis, el único que está feliz con su selección, sube al escenario y recibe la camiseta de los Knicks. Los fanáticos elevan cada vez más su reprobación, frustrados por una nueva decepción, con los pulgares hacia abajo para que su enojo sea aún más explícito. La imagen de un nene que llora desconsolado recorre el mundo. En Nueva York ni los chicos quieren a Porzingis pero él acepta el desafío: “Sé que los fans son duros a veces, pero estoy preparado para ello, para cambiar los abucheos por aplausos”.

La desconfianza de los Knickerbockers se explica en una hinchada que naufraga entre esperanzas destrozadas y la promesa de una reconstrucción permanente. Después de conquistar dos anillos en la década de los setenta se entregaron a Patrick Ewing, integrante del salón de la fama, para que los condujera a un nuevo anillo. No pudo. Tras una década en el ocaso, incorporaron a Carmelo Anthony como piedra basal de su refundación. Melo, habitualmente enfrascado en su ego, jamás encontró laderos y la Linsanity fue solo una brisa de semanas. Un año después de marcarle 38 puntos a Los Angeles Lakers, Jeremy Lin se fue a Houston Rockets. Phil Jackson, parte del plantel de los Knicks que fue campeón, regresó como presidente tras once anillos como entrenador. Su segunda temporada, la última, fue la peor de la historia: los Knicks terminaron en el último lugar del este con un récord de 17 triunfos y 65 derrotas.

Definido por el contexto, el pesimismo alrededor de Porzingis parecía lógico. Las redes sociales estallaron aquella noche. Apuntaban contra Jackson por “hacerme vivir la peor situación desde que soy fan de los Knicks”, después de que en su elección prescindiera del talentoso base Emmanuel Mudiay y del alero Justise Winslow. Cuestionaban la capacidad goleadora de Porzingis e incluso su físico, alto pero sin masa muscular, que iba a convertirlo en el hazmerreír de la liga porque era insuficiente para batallar con los fornidos internos de la liga. Un usuario que desde hace treinta años renueva su abono en el Madison Square Garden fue lapidario: “¿Sufrimos y soportamos la peor temporada de nuestra historia para esto? Necesitábamos ganar ya y no podemos esperar el desarrollo de Porzingis. Creo que buscaré un nuevo pasatiempos”. Kristaps cargaba el estigma de los 19 extranjeros que, en mayor o menor medida, habían decepcionado durante los últimos trece años. Había sido declarado culpable antes de someterlo a un juicio justo, estampándole el rótulo de fracaso antes de conocerlo.

Sin embargo, el impacto de Porzingis en Nueva York fue inmediato. Gracias a su influencia, los Knicks no solo se aseguraron en apenas cuarenta partidos un récord superior al de la temporada pasada sino que se convirtieron en un equipo con chances de clasificar a los playoffs en la cruenta división del este. Kristaps es el héroe que Nueva York necesitaba.

Porzingis, aunque suene precipitado, bien podría convertirse en uno de los reyes de la NBA moderna porque combina altura, agilidad y talento además de un eficaz repertorio ofensivo, una feroz capacidad defensiva y un carácter inusitado para un rookie. Porzingis tiene todos los condimentos necesarios para ser dominante en la liga más poderosa del mundo. Con apenas 20 años fue capaz de protagonizar noches inolvidables como aquella en la que sumó 28 puntos y 11 rebotes para amenazar el invicto como local de San Antonio Spurs en un agónico triunfo del elenco de Gregg Popovich por 100-99.

Kristaps aporta en todos los rubros. Sus porcentajes de efectividad son superiores al promedio, ya sea en el poste bajo, desde media distancia o desde cualquier punto del perímetro. Con furia arremete contra el aro para capturar un rebote y enterrar la pelota en el aro, sin distinguir la estirpe de su marcador. Su presencia resulta fundamental para reducir el goleo adversario, especialmente en la zona de castigo y en la pintura gracias a su altura aunque su velocidad lo convierten en un elemento redituable en transiciones. Pese a su juventud e inexperiencia, Porzingis inspira confianza en el coach Derek Fisher, quien cada vez le da mayor participación en finales ajustados e incluso lo ha elegido para que tome el último tiro, aún con Anthony en cancha.

Su comparación con Dirk Nowitzki es ineludible pero fue el ala pivote alemán quien desestimó la equiparación después de sufrir 28 puntos en un duelo entre sus Dallas Mavericks y los Knicks: “La comparación es injusta para él porque él es muchísimo mejor que yo a mis veinte años”.

Firme candidato al rookie de la temporada, protagonizará durante el resto del calendario una encarnizada lucha con Karl-Antony Towns, quien fuera elegido por Minnesota Timberwolves en la primera posición del último Draft. Ambos han hegemonizado los premios mensuales de sus respectivas conferencias durante noviembre y diciembre, una tendencia que seguramente se extenderá hasta abril. Porzingis, a diferencia de Towns, podría construir una pequeña ventaja en su favor porque alrededor de su producción se sostiene la ambición de un ecosistema con tendencia a la autodestrucción.

El impacto que el letón causó en el público neoyorquino fue grande. En la TV hasta armaron un falso documental en el que dice ir en busca de las personas que lo abuchearon aquel día de la selección en el Draft. Al final, parece que los prejuicios norteamericanos fueron superados.

Tres meses después, se supo que ese nene cuyo llanto se había viralizado fue a ver un partido al Madison Square Garden, se llama Jordan. Un fanático lo reconoció y le sacó una foto. Él ya no lloraba y vestía una camiseta de los Knicks. Es más, se sacó una foto con su nuevo ídolo y la publicó en su cuenta de Instagram, donde escribió: “Kristaps Porzingis! Soy Jordan, el fan de los Knicks que lloraba. Soy tu fan número uno ahora! El Rookie del Año de la NBA 2015-2016!”. La camiseta que Jordan lleva a todos los partidos tiene el número 6. Es la de Kristaps Porzingis.

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