San Antonio trituraba a Milwaukee Bucks como visitante para conseguir su trigésimo triunfo en la temporada y Gregg Popovich, como de costumbre, cerró el partido dándole protagonismo a su segunda unidad. Entre los suplentes, quienes han entregado múltiples soluciones emergiendo desde el banco e incluso lideran la liga en varios rubros, uno recibió atención personalizada de los fanáticos locales que lo hostigaron cuando se acercó a la línea de libres para sumar dos de los 18 puntos que marcó aquella noche. Con el 17 estampado en la espalda, tomó la pelota entre sus manos mientras de fondo se escuchaba el grito de los hinchas: “¿Quién eres tu?”.

“Supongo que ahora sabrán quién soy”, respondió, entre risas, la víctima en el vestuario ganador. Jonathon Simmons es el último outsider de un plantel que se caracteriza por encontrar soluciones en lugares donde nadie más presta atención, adoptando jugadores que han sido desechados y reciclándolos para que sean funcionales a sus intereses. En una superficial disección, la candidatura de los Spurs al anillo está construida sobre una primera selección del draft (Tim Duncan), un número dos (LaMarcus Aldridge), cinco jugadores elegidos en la primera ronda, seis en la segunda y dos que no han sido ni siquiera escogidos cuando se postularon. Uno de ellos es Simmons.

Jonathon nació y creció en el humilde Distrito Escolar Independiente de North Forest, un barrio de Houston signado por la pobreza y la delincuencia. En su adolescencia sufrió la exclusión y los prejuicios: “Nadie nos venía a ver jugar, ningún reclutador vino jamás a vernos, la gente nos juzgaba”, confesó a LA NACION ya convertido en un jugador NBA. Su espíritu inquebrantable fue el único argumento del que se aferró para cumplir su objetivo, después de ser postergado por las treinta franquicias que en el Draft 2012 decidieron obviar su nombre.

Sin equipo, se sumó a las filas del Sugar Land Legends, un conjunto amateur que participó de la semiprofesional American Basket League. Con un promedio de 36,5 puntos por partido, Simmons era una de las figuras de un certamen que se interrumpió tras 16 fechas por motivos económicos. Otra vez desocupado y con su sueño al borde del abismo, pagó una inscripción de 150 dólares para probarse en los Austin Spurs en septiembre de 2013. Eran 60 candidatos buscando una vacante en el elenco afiliado a San Antonio que participa de la D-League (la Liga de Desarrollo). Simmons quedó en el plantel y afrontó una primera temporada en la que acumuló buenos rendimientos pero apenas ganó 25 mil dólares. Haciendo el balance de su año, por primera y única vez, flaqueó su carácter: “Estuve a punto de dejarlo. Estaba preparado para conseguirme un trabajo de nueve horas, cinco días a la semana”. Jonathon, quien tiene cuatro hijas menores de seis años, pensó en enterrar definitivamente su ilusión para mantener a su familia pero el coach Ken McDonald, recientemente renovado por los Austin Spurs, lo convenció para que no claudicara asegurándole: “Sos mi base”.

Un año después, fue convocado por los Brooklyn Nets para probarse durante el campamento de verano en Orlando. Tras tres partidos, recibió un llamado a su celular. Del otro lado, un integrante de la gerencia de San Antonio Spurs le ofrecía un contrato de dos años, sólo el primero garantizado, por el mínimo de 525.093 dólares. Simmons no dudó, rompió relaciones con los Nets y se fue a Las Vegas donde descolló: su equipo se consagró campeón y él recibió el título al jugador más valioso de la final. “Fue un shock para mí recibir el contrato, ganar la Summer League y ser el MVP”, recuerda. Becky Hammon, la primera mujer en ser asistente a tiempo completo en la historia de la NBA y coach de aquel equipo, elogió a su incipiente estrella destacando su capacidad atlética y su personalidad.

Simmons comenzó la temporada siendo un completo desconocido en la liga más poderosa del mundo. Sin embargo, Gregg Popovich podría haber encontrado en él la solución al único déficit que demostró el plantel de San Antonio en una temporada, por ahora, de ensueño: salvo por Kawhi Leonard y reminiscencias de días pasados de Manu Ginóbili, los Spurs carecen de jugadores capaces de penetrar defensas rivales.

Jonathon, dueño de un físico privilegiado y de un estilo inédito en San Antonio durante los últimos veinte años, tiene una obsesión con el aro. Desde el perímetro, levanta el pique y se lanza en velocidad, imparable para una defensa estática que no logra frenar su recorrido triunfal hacia al aro, donde la vuelca y hace que los fanáticos salten de sus asientos, envalentonados por un Simmons que ocasionalmente lanzará un triple: “El cuerpo técnico me pide que ataque el aro y que, si estoy abierto y solo, lance. Solamente lo haré si estoy realmente solo; si no, siempre preferiré atacar el aro”. Empieza a hacerse costumbre que Simmons salga desde el banco y refresque la ofensiva con abultado goleo.

Simmons aporta en otros dos rubros que subyacen a su espectacularidad ofensiva, aún más rutilante en un equipo de utilitarios y pragmáticos. Es un gran defensor perimetral y en transiciones, obviamente con su capacidad atlética como principal aliado. De hecho, no sólo sus volcadas recorren los medios, sino también sus bloqueos.

Escolta en su naturaleza, Pop lo disfraza de alero para darle descanso a Leonard e imaginando un perímetro prácticamente inexpugnable junto a Green y con Kawhi como ala pivote. Tal vez esa sea la receta para frenar el “small ball” de Golden State Warriors.

Por si fuera poco, Popovich también destacó su manejo: “Es un muy buen pasador, él ve cosas más allá de lo inmediato. Uno puede observar a ese jugador abierto, pero él puede ver más allá de esa primera opción y puede anticiparse a lo que sucederá en la cancha. Eso es difícil de enseñarlo, incluso creo que uno no puede enseñarlo”.

La historia de una nueva cenicienta parece escribirse en San Antonio. El final del camino es una incógnita, pero una certeza resulta indiscutible: ya nadie desconoce a Jonathon Simmons.

 

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