Horas después de la polémica derrota argentina en la final del Mundial de Indianapolis 2002 y esperanzado por el rendimiento de Manu Ginóbili durante todo el campeonato, Gregg Popovich contó su ilusión: “Con él buscaremos salir campeones de la NBA. Es el objetivo. Los Lakers son los mejores, pero confiamos en nosotros y también en Manu”. Justo ante los californianos haría su debut el argentino, cuando todavía nadie imaginaba el periplo trazado de gloria que escribiría en la liga más importante del mundo. En aquella tarde del 9 de octubre de 2002, Ginóbili aportó 7 puntos, 2 rebotes y 3 asistencias en 20 minutos, una auspiciosa presentación para un rookie que debió defender a uno de los jugadores más determinantes de la liga: el temible Kobe Bryant. “Creo que no hice el ridículo, le robé un par de pelotas y me metió un par de dobles, pero no me preocupa porque ese fenómeno le metió puntos a todos”, recordaría el bahíense varios años después.

Aquel fue sólo un capítulo más en la feroz rivalidad que durante las últimas dos décadas protagonizaron dos de las dinastías que tiranizaron la liga: San Antonio Spurs y Los Ángeles Lakers se cruzaron en los playoffs en 7 oportunidades (4 triunfos para los californianos) y se repartieron 10 de los últimos 16 campeonatos (5 títulos para cada uno). Kobe siempre fue protagonista, primero con Shaquille O’Neal a su lado, después como solista y más tarde con Pau Gasol como ladero. Líder de los Lakers, Bryant se fue convirtiendo en enemigo público de una hinchada que vestía camisetas con la leyenda “Lakers Suck” (“los Lakers apestan”).

“Fue siempre una pelea de perros, alguna vez ganamos nosotros, a veces lo hicieron ellos”, resumió Popovich hace un par de días, tras el 50° enfrentamiento entre Tim Duncan y Bryant. Un duelo entre dos de las leyendas que dominaron una era, que tuvo una penúltima confrontación con aire a despedida porque Kobe, dos años menor que el pivote de los Spurs, anunció su retiro al final de su 20a temporada liderando a los angelinos mediante un poema que escribió y publicó en el website The Players’ Tribune: “Esta temporada es todo lo que me queda para dar. Mi corazón puede resistir el ritmo, mi mente puede aguantar la presión, pero mi cuerpo sabe que es el momento de decir adiós”.

Desde que anunciara su futura claudicación a una etapa que lo tuvo como uno de sus monarcas, Kobe se convirtió en el centro de atención de unos Lakers que atraviesan una de las peores temporadas de su historia, dueños del segundo peor record de la liga (3-21). The Black Mamba, como lo apodan, fue homenajeado por los Detroit Pistons en su visita al Palace de Auburn Hills y se emocionó cuando en su Philadelphia natal los hinchas de los 76ers le ofrendaron su veneración por primera vez durante su carrera: “Fue hermoso, no podría haber pedido nada mejor”, sentenció visiblemente conmovido.

Pero en San Antonio, ciudad que sufrió su némesis en más de una oportunidad, recibió la hostilidad propia de aquel que ha frustrado más de un sueño ajeno: Kobe fue abucheado en su presentación, totalmente apática y desapasionada, donde la voz del estadio solamente se limitó a presentarlo por su nombre y apellido. Tal vez alimentado por ese combustible que puede suponer jugar en condición de visitante, Kobe disputó un primer cuarto que por momentos rebatió aquella rotunda afirmación de que no tenía nada más para darle al básquetbol. Finalmente fue derrota (109-87) con apenas 12 puntos de Bryant, nueve durante los primeros doce minutos.

Mientras los Spurs amalgaman y ajustan su genética a la incorporación estelar de LaMarcus Aldridge en busca de su 6° campeonato, los Lakers despiden a Bryant en una temporada en la que acumular derrotas resulta positivo: su selección de primera ronda en el próximo draft sólo le corresponderá si en la lotería le depara un lugar dentro de los tres primeros turnos. Mientras tanto, el joven D’Angelo Russell, segundo pick del draft 2015, suma minutos al lado de un Kobe que parece haber entendido su papel, menos egoísta y más altruista: en el duelo frente a Minnesota Timberwolves decidió quedarse durante los últimos minutos de partido en el banco de suplentes. Russell, quien se sinceró asumiendo que su equipo disfruta de mayor movimiento de balón mientras Kobe no está sobre el parquet, empató el partido en la última jugada para obligar un suplementario que finalmente perderían.

Después de 20 años, cinco anillos de campeón, un premio al mejor jugador de la liga y dos medallas olímpicas doradas, Kobe Bryant disfruta de su tour de despedida, sin la presión de una desgastante carrera en la que siempre estuvo obligado a liderar a unos Lakers que se entregaron en cuerpo y alma a él. Dentro de la cancha, ahora ríe, se divierte y se emociona con los homenajes de una liga que, incluso en sus ambientes más hostiles, siempre tiene un lugar para él: los fanáticos de los Spurs corearon su nombre durante los últimos 30 segundos del partido.

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