Karne Hesketh encontró la inmortalidad en un try. Neocelandés, es uno de los once nacionalizados que representaron a Japón en el cimbronazo más importante de la historia del rugby. En su nombre propio, ya eterno, se sintetiza una hazaña de tintes incomparables no solo por el resultado final sino por el principio fundacional de una épica que se encumbró en el rechazo a la resignación. Cuando Hesketh apoyó sobre el ingoal sudafricano supo con certeza que él, sus compañeros y su entrenador Eddie Jones habían vencido al tiempo, eran eternos.

Japón caía por tres puntos en tiempo cumplido, derrota digna con tintes épicos para un equipo que solo había cosechado un triunfo en su historia mundialista, un país desarraigado de posibilidades contra un equipo bicampeón. Pero Japón atacaba empujado por la convicción de un pueblo que nunca se rinde y forzó un penal, la oportunidad lógica de empatar el marcador. Cualquier equipo hubiera apostado a la posibilidad de llevarse un punto impensado salvo los Brave Blossols, flores valientes ancladas a un sueño.

“Si ganamos el scrum, le ganaremos a Sudáfrica”. Jones, australiano subcampeón del mundo en la Copa de 2003, descifró el enigma para perpetuarse en la historia. Un scrum, otro scrum. Primera fase de izquierda a derecha, segunda de derecha a izquierda hasta que Hesketh se escapó y contra el banderín apoyó el try de todos los tiempos para desatar la locura del pueblo nipón, en la tarde en la que la fantasía se transfiguró en realidad, cuando David venció a Goliat.

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