Con Argentina ya clasificada a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, Facundo Campazzo, voraz líder de la nueva camada, trazó su próximo objetivo con la voz quebrada mientras sollozaba frente a la cámara que transmitía otra noche épica de la Selección: “Ahora vamos a ser campeones, no queda otra”. Andrés Nocioni, oro en Atenas 2004, guerrero de incontables batallas, celebraba incrédulo y extasiado: “Estamos en otra olimpíada, no lo puedo creer, esto es una gloria, es algo de lo más lindo que he vivido”.

El contexto agigantó la magnitud de una nueva página gloriosa en la historia de la selección infalible: el equipo de Sergio Hernández, sumido en un lógico recambio generacional escoltado por Scola y Nocioni, afrontó un preolímpico que tenía en Canadá a su principal candidato, en México a un peligroso anfitrión y en Venezuela, Puerto Rico y República Dominicana a amenazas concretas para un equipo que viajó a tierras aztecas para sumar rodaje, siempre con el objetivo de luchar por una plaza olímpica pero con la misión de amalgamar a jóvenes de promisorio futuro con la mística que encumbró la Generación Dorada.

Completado el trasvasamiento generacional, los pibes se adueñaron de una genética tan ajena en la previa como propia después de ganarle a todos los equipos del torneo y recibirse definitivamente en la caldera que fue el pabellón mexicano el último viernes. Desde la certificación de Campazzo como un jugador distinto, pasando por la irrupción de Patricio Garino como un factor decisivo hasta la reivindicación de Marcos Delía en la semifinal frente a México, Argentina asentó los cimientos de un destino sin techo porque el piberío por el que apostó Oveja crecerá inevitablemente para Río 2016.

Como el hombre, este equipo sufre el karma rutinario del paso del tiempo pero entre la generación en retirada y la que recibió el testigo frente a la hostilidad de veinte mil mexicanos existe un denominador común, la única entidad inmutable en un mundo en el que todo cambia, la razón de un apodo que en el Preolímpico encontró su justificación: el alma.

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