“Me convirtieron en un boxeador mediático, me convirtieron en algo que no quiero ser” se escucha el lamento del otro lado del teléfono en una voz que se deshilacha entre la tristeza, la bronca y el desconsuelo. Incrédulo, Marcos Martínez no puede creer la repercusión que tuvo su caída del último sábado frente al panameño Braulio Rodríguez.

Desde que Wilson Enrique Galli decretó el nocaut técnico en el segundo round, Martínez es el blanco de millones de jueces que dictaron una apresurada sentencia: sin recibir golpe alguno, se tiró sobre la lona y en una actuación memorable simuló un aturdimiento que derivó en la decisión del referí porque Martínez, un boxeador de 24 años que disfrutaba de una oportunidad inmejorable para trascender el mercado autóctono, había vendido su pelea, sus sueños y su futuro por un puñado de dólares.

“No entiendo como pueden decir que vendí mi pelea. No necesito hacerlo, recién tengo 24 años, jamás haría una cosa así” afirma Martínez en comunicación exclusiva con Minutouno.com. Después de una inolvidable derrota en fallo mayoritario frente a Daniel Eduardo Brizuela en marzo, Marcos se había ganado la chance de pelear frente al pañameno Rodríguez en el que hubiera sido el escaparate ideal para la chance de su vida, según confesó: “Si ganaba, tenía todo arreglado para pelear con Javier Fortuna por el título súper pluma de la Asociación Mundial de Boxeo, era una buena bolsa en dólares, era la pelea de mi vida”.

Las imágenes de su nocaut dieron la vuelta al mundo y le imprimieron una marca prácticamente indeleble porque el deporte perdona derrotas y caídas pero difícilmente un boxeador señalado con el dedo acusador como alguien que vendió su carrera logre estampar su nombre en las marquesinas más atractivas del mercado.

El golpe que terminó la pelea, imperceptible a simple vista, fue categórico según la víctima: “Después de un primer round en donde casi lo noqueo, salí a buscarlo y cuando di el paso hacia adelante, sentí un golpe de abajo hacia arriba que me rozó arriba de la sien y me aturdió, se me aflojaron las piernas y cometí el error de querer levantarme rápido, se me movió todo y me caí. Frente a un pegador como Rodríguez, apenas un roce puede noquearte”. El médico lo vio desorientado y con la vista desorbitada e incluso identificó su retraso para contestar a preguntas de repuesta automática. Martínez ya no respondía y Galli decretó el nocaut técnico.

Martínez es consciente y sabe que deberá combatir contra el escarnio público: “Tengo que rectificar mi nombre sobre el ring. Sé que tengo que limpiar mi nombre porque me tildaron de vendido y la gente que me conocé bien sabe que yo no soy así. El público se dejó llevar por los comentarios y me dicen de todo, pero volveré a dejar todo para limpiar mi nombre”.

Justo, su padre y entrenador, tuvo que convencerlo para que dilate su regreso a los entrenamientos ya que Marcos quería calzarse los guantes este lunes porque “quiere demostrar que no es un cagón”.

El Barrio Belgrano, en Paraná, es su lugar en el mundo, el oasis de tanta locura en estos días tristes donde sus cuatro hermanos, su padre, sus amigos, su mujer y su hija de un año y seis meses lo abrazan para calmarlo: “Están mal porque yo estoy mal, la pasan mal cuando escuchan todo lo que me dicen y si bien mi hija no entiende nada, se pone mal porque nota que yo estoy mal”.

Como todos los boxeadores argentinos, Martínez encarna una historia de sacrificios y postergaciones, sumergido en una realidad de la que intenta escapar junto a su familia a golpes de puño. Tal vez, ese sea el principal argumento para confiar en la honestidad de un prospecto de 24 años que acariciaba una pelea en Estados Unidos y una suculenta bolsa en dólares. Con el apoyo de varios nombres propios del boxeo argentino (Marcelo Domínguez y Gustavo Saucedo, hermano de Fernando, por ejemplo), Martínez volverá a entrenar en apenas unos días mientras intenta descifrar cómo pueden acusarlo de vendido.

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