El entrenador camaleónico

Marcelo Gallardo volvió a River como se fue: por la puerta de servicio.

Cuatro años habían pasado desde aquella triste despedida frente a Tigre, una noche en la que un Monumental vestido de gala vio a su equipo vapuleado y a su ídolo resignado en el banco de suplentes, hasta la tarde en que convertido en director técnico recibió entre murmullos la riesgosa empresa de suceder al más ganador de todos los tiempos. Había sido tan insignificante su partida y tan violentos los días posteriores que nadie se acordaba de él, quien con 38 años daba sus primeros pasos como entrenador en Nacional de Uruguay. Cuando Ramón Díaz se fue y el semblante autodestructivo que había llevado al club al descenso parecía asomar nuevamente por Núñez, Rodolfo D’Onofrio y Enzo Francescoli se jugaron un pleno por el que nadie hubiera apostado mientras el hincha, deprimido, se hundía en la nostalgia e idealizaba al hombre que había motivado sus días más felices. El Muñeco había vuelto.

Las cifras de su gestión son solo una minúscula demostración de la revolución que generó porque sus estadísticas son tan espectaculares como objetivas: 67 partidos, 37 triunfos, 23 empates y tan solo 7 derrotas, dos títulos, dos subcampeonatos, la clasificación al Mundial de Clubes y una final de Copa Libertadores cuyo destino dirimirá frente a Tigres. Gallardo no solo tuvo la capacidad de sobreponerse al éxodo que sufrió tras su desembarco en Núñez (se fueron Ledesma, Carbonero y Lanzini) y de salvaguardar la resurrección que había comenzado Ramón sino que sorprendió con una evolución futbolística y mental sin precedentes.

“Vamos a tratar de profundizar lo que se hizo. No hay que conformarse con lo que se ha logrado, un equipo campeón puede ir a más y en eso trabajaremos”. Su disertación de presentación planteaba una utopía que fue mirada de reojo y con desconfianza pero que el tiempo se encargó de reivindicar: sea cual fuere el final de la historia, el Gallardismo ya es una marca indeleble en la historia Millonaria.

“Este equipo va a quedar en la memoria de la gente de River. Sin grandes figuras, con un corazón enorme, consiguieron algo de mucho valor porque la gente se vio reflejada en este equipo luego de muchos momentos donde se sufrió y la pasamos mal”.

La semilla del Muñeco germinó instantáneamente y en unas pocas semanas construyó un equipo que el hincha moderno jamás había visto y que los más experimentados se animaron a comparar con aquella inolvidable Máquina de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Enseguida floreció esa estúpida comparativa con el fútbol europeo y los oportunistas de siempre se adueñaron del River de Gallardo enarbolándolo como la recuperación del menottismo sin entender que este River de Gallardo era mucho más que un equipo estéticamente atrapante.

Matías Kranevitter era la piedra basal del sistema. Había sido el elegido para reemplazar al Lobo Ledesma y su titularidad se convirtió rápidamente en indiscutida porque no se explicaba su filosofía sin él en cancha. Kranevitter encarnaba una idea: un fútbol ofensivo y voraz enmarcado por la presión constante sobre el rival y la recuperación rápida en terreno ajeno. Kranevitter permitía todo tipo de licencias gracias a su combatividad y resolvía los errores ajenos con su ubicación mientras desactivaba en un suspiro el peligro que el rival ni siquiera había llegado a inventar. Además, activaba al resto de sus compañeros y los hacía mejores, les permitía alcanzar un nivel que ni siquiera habían rozado durante toda su carrera. Kranevitter era la tranquilidad ante la sensación de peligro. River marchaba tranquilo gracias al cinco que se había adueñado del equipo hasta que su fractura en el quinto metatarsiano se presentó como el peor enemigo de Gallardo. Pero el Muñeco, un hombre que no claudica ante la adversidad, también resolvería el enigma de cómo sobrevivir a la deserción involuntaria de su principal ladero.

Con Kranevitter en muletas, bienvenida la era del pragmatismo. Desde la pizarra, Gallardo reconstruyó a su River con remiendos. Leonardo Ponzio salió del ostracismo para una reivindicación que meses después lo devolvió a la idolatría que alguna vez había disfrutado. Camaleónico, Gallardo se adaptó a sus nombres propios y desnudó que era aún mejor técnico de lo que había demostrado durante los primeros meses de fútbol total, ahora como equilibrista ante la escasez de recursos. Siempre con la agresividad a flor de piel y la convicción que implantó en un equipo con un carácter imperturbable, fortaleció su faceta defensiva y se entregó en cuerpo y alma a la pegada de Leonardo Pisculichi para quebrar el estigma copero frente a Boca y reinar otra vez en el plano internacional.

Sin la brillantez de sus primeras funciones, el River de Gallardo se transformó un equipo esencialmente competitivo desde el convencimiento, el temperamento y la fortaleza anímica de un grupo de temerarios que someten siempre al rival ya sea desde su fútbol o desde su coraje cimentado en jugadores de corazón caliente que en anuencia de sus limitaciones combaten incansablemente hasta alcanzar su objetivo. River compitió siendo favorito durante el primer semestre de la era Muñeco y compitió siendo underdog durante el inicio de un 2015 que parecía catastrófico: casi eliminado en la primera fase de la Libertadores, Boca se cruzó en plan de favorito absoluto en su camino en los octavos de final de la Copa Libertadores. Cuando el pueblo Xeneize saboreaba una revancha lógica, Gallardo humilló a Arruabarrena desde un planteo absolutamente dispar en ambas series. “Por ahí nosotros jugamos todos atrás y le hacemos un partido de contragolpe”, dijo en la previa dando a entender que no tendría reparos en reconocer que el rival era más, que no eran favoritos y que si era necesario iban a planificar un escenario donde las virtudes de Boca quedarán desarticuladas. Incluso en el caos demostró su clase para no reaccionar y controlar a su tropa durante el ataque de gas tóxico que sufrieron en La Bombonera. Antes, durante y después del papelón, Gallardo terminó de recibirse como un técnico íntegro que afronta, domina y supera absolutamente todos los desafíos que el fútbol, o en este caso la violencia, le presenta en su horizonte.

Con apenas un año en como técnico millonario, Marcelo Gallardo ha demostrado un cúmulo de innumerables virtudes que lo consagran como uno de los mejores entrenadores del fútbol doméstico. Además de su camaleónico pragmatismo, el Muñeco ha demostrado su capacidad para leer situaciones y contextos que corrige sobre la marcha. También se ha lucido en su función de manager apostando por refuerzos en los que nadie hubiera confiado: la combinación Viudez-Alario que le dio el pase a la final es la glorificación de su ojo clínico. Incluso recuperó a Carlos Sánchez y Rodrigo Mora, dos parias resistidos que tenían un pie afuera de Núñez, en figuras indiscutidas y artífices principales de las últimas hazañas millonarias.

Sin embargo, su mayor mérito ha sido la gestión de un grupo que parece imbatible. Con pautas claras e incuestionables, Gallardo edificó un ejército capaz de morir por su causa. Pese a su juventud, ha sido capaz de sentar en el banco de suplentes a ídolos como Fernando Cavenaghi, manejar con grandeza el éxodo de Teo Gutiérrez e incluso relegar a quienes han tenido grandes rendimientos como Leonardo Pisculichi. “A mi no me mete presión nadie”, dijo tras los cuatro goles de Cavegol a Rafaela y es cierto: Gallardo sostiene su campaña desde la vigencia del rendimiento, cambiando cuando tiene que cambiar, siempre a tiempo, siempre en el momento indicado, siempre para mantener incólume la matriz competitiva de un River que dos décadas después volvió a ser River, porque los días más felices siempre fueron gallardistas.