Hay una batalla que el hombre sabe perdida incluso desde antes de nacer. Es el ciclo de la vida, crecer y morir, un sendero que transita con la resignación de un destino inalterable, un final escrito con tinta indeleble. Pero el hombre es testarudo y aunque asume que no puede oponer resistencia contra el tiempo, interiormente se siente omnipotente y batallará con un optimismo tan inocente como romántico hasta rendirse ante argumentos evidentes. La crisis se profundiza en los deportistas porque es inaceptable dejar de ser joven, entregarse a la vejez y aceptar una derrota que condena a construir una nueva rutina, una que no quiere, que no eligió, que no le gusta pero que resulta obligatoria porque el físico, castigado, no da más. Por eso Sergio Martínez demoró un año su retiro, una decisión impostergable que podría haber tomado tras la primera de sus tres caídas frente a Miguel Cotto.

Maravilla venció a la rebeldía de un orgullo que se sentía en deuda. Después del éxodo y el desarraigo, la gloria lo encontró en la noche del espectacular nocaut frente a Paul Williams. Trece años de paciente sacrificio habían rendido sus frutos. El pibe de Quilmes era una estrella de resplandor universal. Pero aparecieron los oportunistas de siempre, carroñeros, atentos a detectar a la sensación de turno para capitalizarla y exprimirla en función de sus intereses, y embelesaron un alma ávido de reconocimiento. Bailando por un sueño, el nuevo paradigma de boxeador culto e inteligente, los monólogos en la televisión, el ejemplo aceptado por una sociedad que había encontrado un espejo del cual enorgullecerse en un deporte de sucios, feos y brutos. Su estilo depurado, la guardia inexistente, los brazos a los costados, el manejo de las distancias, la inteligencia para boxear y una pegada más que aceptable. Sentarse a verlo era un goce absoluto. Maravilla era distinto a todos y captó la atención de un pueblo que se enamoró otra vez un deporte que parecía condenado al olvido.  Se entrometió en la idiosincrasia de un país futbolero.

Millones vieron su exhibición frente a Julio César Chávez Jr. en una actuación inolvidable, once rounds para la historia que arruinó esa caída en el último asalto. Sin saberlo, ese cross de mano izquierda sería la sentencia de defunción de su carrera. Maravilla se paró, fue al frente y batalló con el corazón en la mano pero su rodilla había claudicado. Murray en Vélez fue un capricho, saldar una deuda pendiente que no necesitaba pagar ante un ecosistema que construye y destruye ídolos en segundos. Maravilla conoció la ingratitud de medios, periodistas y supuestos fanáticos que le dieron la espalda. Para demostrarles que estaban equivocados, buscó revancha frente a Cotto. Su cuerpo no daba más y llegó a los diez rounds tirando de su grandeza. Fue una de las noches más tristes de aquellos que lo idolatran desde antes e incluso después de que los Tinelli y Fantino bajaran línea.

Maravilla anunció su retiro a través de Twitter. Inmerso y empecinado en una recuperación milagrosa, fue al pesaje de Mayweaether-Maidana en septiembre, donde protagonizó un encuentro emocionante con Paul Williams y se prestó a sacarse fotos y firmar autógrafos con el público que lo ovacionó como a pocos. Cada paso iba acompañado por una expresión de dolor. Mientras tanto, se dedicó al stand up, hizo temporada estival en Córdoba y se dedicó a vivir. El final estaba cantado pero aún cuando declaraba como ex boxeador se resistía a anunciar su retiro. Hasta la madrugada del domingo.

Se fue el hombre y en ese mismo instante nació la leyenda. El mejor boxeador argentino de los últimos treinta años, un virtuoso con un talento innato e insondable que en la comparación con otros grandes boxeadores lo ubica bien cerca de Floyd Mayweather, el rey de esta era. El destino, encaprichado, privó al mundo de una pelea que hubiera sido antológica porque Maravilla tenía argumentos para derrotar al mejor de todos. Que Martínez reinó en los medianos solo quedará como una anécdota salvo para aquellos que se obsesionan con récords, títulos, estadísticas y cinturones.

Maravilla será inmortal en el relato de aquellos que se enamoraron del boxeo gracias a su depurado estilo. En los libros quedará como el hombre que rejuveneció al boxeo, aquel encargado de devolverle a un pueblo que parecía haber olvidado las noches de Luna Park de Tito Lectoure. Si Matthysse y Provodnikov marcaron 18 puntos de rating en la televisión pública, el nombre de Sergio Martínez aparecerá inevitablemente en la ecuación. También será un ejemplo para boxeadores empobrecidos que temen revelarse contra un sistema de promotores multimillonarios y pugilistas desahuciados. Su sacrificio será ejemplo para miles de chicos que se inscribieron en gimnasios por él. Maravilla es provocó una revolución. Hasta la victoria siempre.

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