Obligados a ganar

El pasado es un sello indeleble que explica el presente y define el futuro. Recorrer el camino que vivimos nos permitirá entender quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos porque, al fin y al cabo, uno es una compleja construcción edificada por las experiencias que atravesamos durante nuestra historia.

Si el equipo que ahora conduce tácticamente Gerardo Martino es el máximo candidato para ganar la próxima Copa América es porque, después de una concatenación de fracasos, la final que alcanzó en el Mundial de Brasil representó mucho más que una campaña tenida de épica. Durante 32 días, desde Bosnia hasta Alemania y con el Maracaná como escenario común, la Selección Argentina forjó una reparación histórica en la que se reencontró con su linaje y, principalmente, con su pueblo.

Silbidos en Santa Fe

Jens Lehmann fue el verdugo de la era de la lógica. El penal malogrado por Esteban Cambiasso castigó los errores de la tarde en que José Néstor Pékerman se traicionó: su equipo quedó eliminado con el reemplazado Juan Román Riquelme junto al frustrado Lionel Messi en el banco de suplentes. Hoy idolatrado en Colombia, el Olímpico de Berlín rubricó la partida de defunción del ciclo y desató tiempos turbulentos en la Selección Argentina, días de elecciones incomprensibles, de finales abruptos, de decisiones apresuradas y traiciones que durante dos ciclos mundialistas hirieron de muerte a un equipo que milagrosamente resucitó en una noche.

Son discutibles los méritos de Alfio Basile en un Boca que había desplegado una campaña incontestable en Argentina, aquel equipo que gozó de una efectividad inmaculada durante su etapa: liderados por el fútbol del Pocho Insúa, el desequilibrio de Rodrigo Palacio y los goles de Martín Palermo, los xeneizes conquistaron cinco títulos y se encaminaban al sexto, a su primer tricampeonato, cuando Julio Humberto Grondona se entrometió para entregarle la selección al último técnico que había teñido el cielo de albiceleste. Boca eligió a Ricardo La Volpe y le regaló el título a Estudiantes mientras el Coco, escogido por sus pergaminos, era goleado por Brasil en la final de la Copa América. Sus métodos, efectivos en el pasado, resultaban anacrónicos y en Chile, tras una derrota marcada por la apatía del equipo, marchó con un tufillo a conspiración entre los emergentes pibes que no soportaban a un Basile que, con sus códigos acuestas, se enroló en su propia omertá.

La prensa, cruel y oportunista, apuntó instantáneamente contra aquel hombre que obraba milagros en Cataluña y fracasaba en Argentina con una caterva de estúpidos argumentos que en la Asociación del Fútbol Argentino alguien pareció escuchar. Qué no canta el himno, qué no siente la camiseta, qué mejor juegue en Barcelona, qué no lo necesitamos, qué es un apático, qué no es como el Diego porque no le importa nuestro país. Los medios y una gran cantidad de hinchas veían en Lionel Messi a un desconocido, un perfecto extraño que perpetuaba hazañas en el Barcelona pero que, puesto a defender los colores del combinado nacional, era solo una caricatura de aquel petiso endiablado que todos los fines de semana se reinventaba como el mejor jugador del mundo. Pero la Pulga no era el único apuntado y, tras otro fracaso de dimensiones siderales, todo jugador que vestía la camiseta albiceleste era un mercenario que cuidaba sus piernas para firmar un próximo contrato por millones de dólares. No les interesaba la gloria, solo aumentar los ceros de sus acaudaladas arcas.

Como respuesta, un nombre propio, el único capaz de reconciliar a la Selección con el pueblo, el hombre indicado para transmitirles a estos pibes desinteresados el sentimiento y el compromiso inherente a una camiseta que representaba la ilusión y los sueños de una nación genéticamente futbolera, la leyenda, el ídolo, la bandera, el del gol a los ingleses, el que jugó con un tobillo destrozado frente a Brasil, el héroe de los desposeídos, el que ganó de los que nunca ganan. Grondona tiró de épica y Diego Armando Maradona, secundado por Carlos Salvador Bilardo, regresó a la Selección Argentina. La fórmula más exitosa de la historia, esa que en yunta había alcanzado dos finales mundialistas con suerte dispar, estaba de vuelta.

Fueron dos años de intensidad absoluta. Riquelme renunció argumentando que no tenía los mismos códigos que Maradona y Messi asumió el liderazgo futbolístico de un equipo destinando a la gloria. Fueron meses de fervor absoluto, de un sueño de un país que no lograba abandonar su romántico presagio: Lionel levantando la Copa del Mundo con Diego en el banco de suplentes. Pero la táctica pudo más que la épica y no hubo hazaña. Maradona se engolosinó y, ensimismado en un fútbol ofensivo que incorporó a Carlos Tévez a partir de octavos de final, prescindió del experimentado Juan Sebastián Verón. Sin la Bruja, Alemania bailó a la Argentina en la catástrofe de Ciudad del Cabo. Era una historia sin grises, un pleno a una apuesta radical: con Diego era éxito o fracaso. Fue fracaso y Maradona se despidió en una conferencia de prensa en la que señaló a Grondona y Bilardo como su propio Julius y Ethel Rosenberg.

Como si fuera Harry Potter, el cosmos se movía en función del niño que convertía en tangibles las situaciones más utópicas. La premisa era crear un contexto que asegurara su felicidad. Ni el amiguismo de Basile ni la gloria de Maradona habían logrado que Messi traspolara su rendimiento blaugrana a la Selección. Haciendo gala de su lógica vacía de contenido, tomaron una decisión en función de su rudimentaria formación: si Messi rendía en el Barcelona, el camino era imitar el dispositivo táctico del Barcelona. Sergio Batista fue el elegido y rápidamente planteó un esperpéntico sistema poblado de mediocampistas que no eran ni Xavi, ni Iniesta ni Busquets. La versión trucha del elenco de Pep Guardiola naufragó en la Copa América, en su propio país, ante su gente, en un Cementerio de los Elefantes que despidió a Messi bajo una silbatina. El mejor de todos nunca estuvo tan cerca de renunciar a la selección como aquella noche tras la eliminación por penales frente a Uruguay. En consecuencia, la AFA despidió a Batista. Ni amistad, ni épica ni falsificaciones. Seis años dilapidados, convertidos en una tragedia y con una generación dorada con un potencial insondable a punto de convertirse en una maldición. Como debió haber sido tras la desvinculación de Pékerman, era el momento de la táctica y el fútbol.

De Barranquilla al Maracaná

Alejandro Sabella irrumpió en la escena mundial comandando la campaña de un Estudiantes que, con Verón como ladero, conquistó América y puso en jaque al Barcelona de Guardiola en la final del Mundial de Clubes. Ese Pincha que se reencontró con el éxito con su estirpe a flor de piel fue el escaparate que posicionó a Pachorra como número puesto para asumir la conducción técnica de la Selección Argentina.

De antemano, su desembarco aseguraba varias virtudes que escaseaban desde la partida de Pékerman: seriedad, conocimiento y humildad. Pero la Selección no respondía pese al buen debut frente a Chile por Eliminatorias. La derrota en Venezuela y el empate frente a Bolivia en el Monumental en una tarde de ovaciones insólitas desataron una crisis apresurada que, aún en ciernes, quedaría sepultada para siempre en una noche de Barranquilla.

Faryd Mondragón, histórico arquero de la Selección Colombia, había sido cauteloso en la previa: “Ojalá Argentina no se despierte contra nosotros, es un equipo sin techo”. Incluso Sabella, quien se refirió al encuentro como “importante pero para nada decisivo”, desconocía la trascendencia que el Estadio Metropolitano Roberto Meléndez tendría en su futuro.

Era otra noche deslucida de una Argentina que caía por el gol de Dorlan Pabón. En el entretiempo, con la derrota parcial, se podía oler el aroma a un ciclo moribundo. Pero todo cambió en cuarenta y cinco minutos. Sergio Agüero ingresó por Pablo Guiñazú, Messi empató el partido y el Kün lo ganó en la agonía después de un segundo tiempo brillante del combinado nacional, una producción que terminó simbolizando mucho más que un triunfo coyunturalmente necesario. Desde esa noche, Argentina nunca más perdió por Eliminatorias hasta la última fecha, cuando ya clasificada cayó frente a Uruguay como visitante. Después de Barranquilla, entre partidos oficiales y amistosos, la Argentina ganó veintiún partidos, empató siete y perdió apenas tres. El último, en la final de Brasil 2014.

Las frías, inobjetables e inmortales estadísticas recordarán objetivamente la brillante campaña de Sabella. Pero la era Pachorra está cargada de subjetividad después de reconstruir en apenas dos años la identidad de un equipo destruido. Trocó silbidos por aplausos, generó pertenencia, emocionó, reconcilió a un hincha cansado de millonarios que no transpiraban la camiseta con un plantel que hizo del sacrificio un valor innegociable, forjó la mejor versión de Messi en la Selección, recuperó a Javier Mascherano, hizo de sus lugartenientes hombres claves y transmitió valores que generaron en millones de argentinos el orgullo por una Selección que volvió a representarlos, 23 jugadores que pese a caer frente a Alemania fueron recibidos como héroes en Ezeiza demostrando que aunque la herida nunca termine de sanar, el mundo no se polariza en ganadores y perdedores. En el país de los sabiondos, Sabella agachó la cabeza, reconoció las propias falencias, capitalizó sus virtudes y logró revivir sueños que habían quedado sepultados para siempre desde la partida de Diego Maradona como jugador. Sabella le devolvió la épica a la Selección.

La tercera derrota de su era fue en el Maracaná. Alemania, otra vez el verdugo, el único fantasma del pasado que Pachorra no pudo ahuyentar. La Argentina de los cuatro fantásticos se vio obligada a reinventarse sobre la marcha convirtiéndose en la Argentina de los jugadores de rol, actores secundarios que habían sido cuestionados pero que sacaron la cara por un equipo cuyas estrellas se iban apagando. Agüero desconectado tras una temporada cargada de lesiones, Higuaín en bajísimo nivel, Di María pletórico pero desgarrado durante el sendero. Romero, Rojo, Demichelis, Biglia, Enzo Pérez, Lavezzi, nombres propios que resultaron decisivos para cruzar por fin el Rubicón. Sabella se adaptó e incluso sedujo al jugador más determinante para que se adaptara a su nueva estrategia porque era el único camino posible para lograr su objetivo. Y Messi se convenció y brilló en una faceta desconocida para él, entregándose por su equipo, inmolándose por un ideal, brindándose en cuerpo y alma a una idea ajena, que no sentía propia pero que asimiló porque era la única capaz de asegurar aunque sea una cuota de éxito. Frente a Bélgica jugó un partido espectacular, tal vez su mejor actuación en la Selección, no solo por sus goles y sus gambetas sino por haber asumido como nunca antes su condición de líder y capitán. Milímetros impidieron que Messi y Sabella levantaran la Copa del Mundo frente a la Alemania de los sueños, esa picadora que trituró a Brasil en su propio país.

La evolución del sistema

La exigencia de una obsesión había causado estragos en un Sabella que había sufrido evidentes cambios físicos. Agotado y con la imperiosa necesidad de descansar, cerró su etapa en el mismo momento en el que Mario Götze batió a Sergio Romero, aunque la decisión podría haber sido tomada mucho tiempo antes. El resultado era lo de menos porque Pachorra ya había hecho lo suyo: Argentina era otra vez un equipo competitivo, teñido de grandeza, candidato en cualquier cancha y frente a cualquier rival, nuevamente secundado por un pueblo que en Brasil había recuperado su ilusión. Pero Sabella decidió irse y ya no era necesario un revolucionario sino un técnico que fuera capaz de caminar por la misma senda, incluso agregándole un plus para perfeccionar más aún el engranaje edificado por Pachorra.

La evolución se le encomendó a Gerardo Martino porque reunía las características necesarias para darle un salto de calidad al modelo Brasil 2014. El Tata es capaz de pulir el sistema ofensivo sin desguarnecer su fortaleza defensiva, de darle mayor caudal futbolístico a un equipo que ha pecado de una messidependencia excesiva. Su Newell’s campeón del torneo local, con recursos limitados, había sido una pequeña demostración que lo catapultó a una etapa agridulce en el Barcelona de Messi y Mascherano. La Pulga se lesionó y el argentino tuvo durante varios meses a un equipo que luchó contra la ausencia de su estrella. La historia terminó en decepción y Martino se fue, enriquecido por su experiencia en Europa y embelesado con un manto jerárquico que en la consideración general lo señalaba como el máximo candidato para reemplazar a Sabella.

Aún es demasiado pronto para realizar un balance de la era Martino, con apenas ocho amistosos en su hoja de ruta. Debutó tomándose frente una irrisoria revancha a la Alemania campeona del Mundo en Düsseldorf, perdió con Brasil en Beijing, con Portugal en Manchester y derrotó a Croacia en Londres con la misma base del equipo que alcanzó la final de la Copa del Mundo pero con matices del sello del Tata, pequeñas modificaciones paulatinas que con el tiempo se consolidarán para llegar al Mundial de Rusia con una formación consolidada que haya sido encumbrada en la filosofía del pupilo más cauteloso del bielsismo.

Por primera vez en una década, un técnico podrá cumplir un ciclo de cuatro años al frente de la Selección Argentina pero primero, como sucedió con Basile y Batista, deberá sobrevivir a un escollo obligatorio que en épocas formativas suele ser un dolor de cabeza porque, con la imperiosa necesidad de ser campeón, Argentina viajará a la Copa América de Chile con el cometido de levantar un título después de veintidós años. Ese motivo seguramente habrá despertado la cautela de un Martino que afrontará el máximo certamen continental con un plantel que repite varios nombres de la lista que afrontó la última Copa del Mundo y apenas un par de elegidos que representarán minúsculamente su estilo.

Los 23 de Martino

La primera decisión del Tata fue la amnistía a Carlos Tevez, proscrito de la era Sabella. Su rendimiento en la Juventus italiana era insoslayable pero Pachorra, por motivos que nunca fueron revelados, prescindió de él. Martino asumió y decidió que el Apache, de irrefrenable rendimiento en un equipo que terminó la temporada con dos títulos y la final de la Champions League, regresara al plantel para fortalecer la zona ofensiva que había quedado en deuda por su actuación en el Mundial.

El Apache luchará por ser el nueve en un dispositivo táctico que puede jugar con el habitual 4-3-3 o el innovador 4-2-3-1 con Tévez como único punta y Messi escorado sobre la derecha. La diferencia más radical con respecto al Mundial de Brasil se trasluce en el presente de los delanteros: Higuaín viene de una buena temporada en el Nápoli pese a algunos cuestionamientos y Sergio Agüero, recuperado definitivamente de todas las molestias que había sufrido en el vía crucis que significó la temporada pasada, fue voraz y decisivo en el Manchester City. Ezequiel Lavezzi, el quinto Beatle, aportará características distintas que pueden ser útiles en determinadas situaciones. ¿Messi? No hace falta profundizar en su indescriptible temporada que cerró con la obtención de la triple corona.

Uno de los nombres que resaltan por su sola presencia es el de Javier Pastore, presente en Sudáfrica 2010 y ausente en Brasil 2014. El talentoso jugador que esta temporada brilló en el PSG y se mostró como un factor absolutamente decisivo en duelos trascendentales como frente al Chelsea en Stamford Bridge puede ser el eslabón necesario para liberar definitivamente a Messi y desatar el caos total. El Flaco, titular en el mediocampo ideal del Tata, evitará que la Pulga retroceda en el campo de juego para encontrarse con la pelota. En posición de enganche, marcará los tiempos del equipo de Martino, la principal modificación con respecto al pasado. No todas las jugadas deberán pasar por los pies del mejor jugador del mundo. Lamela será otra variante para ejecutar el mismo plan.

Con Mascherano como bastión defensivo como cinco de recuperación asentado por delante de los dos centrales, su acompañante en la medular es una incógnita. En principio, Lucas Biglia parte con ventaja pero el rendimiento de Ever Banega y las dudas sobre el físico del mediocampsita de la Lazio podrían modificar los planes del Tata. Banega fue fundamental en el Sevilla, MVP de la final de la Europa League y podría ser el encargado de clarificar con el primer pase la ofensiva de una selección que intentará tener mayor control de la posesión y manejar el tempo de los partidos.

Como Sabella en Brasil, Martino encontró soluciones en sus viejos laderos. Así se explican las convocatorias de Nahuel Guzmán y Milton Casco. Si bien Romero es el titular, el Patón podría ganarle la pulseada porque podría cumplir la misma función que desplegó con eminencia en Newell’s: salir del fondo con pelota dominada para iniciar el ataque y disfrazarse de líbero para solucionar contratiempos en un equipo con vocación ofensiva. Casco, en clara desventaja con el afianzado Marcos Rojo, podría ser un revulsivo desde el lateral izquierdo por su capacidad para proyectarse y horadar defensas que se asomen inexpugnables.

Con el Maracaná atragantado, la Selección comienza afianzada un proceso en el que buscará evolucionar para llegar a Rusia otra vez como firme candidata a quedarse el Mundial. Ganar la Copa América no será una revancha ni curará las heridas del pasado pero se presenta como un objetivo obligatorio para un equipo que necesita interrumpir doce años de sequía mientras crece futbolísticamente con la propuesta del Tata. Un fracaso en esta instancia representaría arruinar los cimientos que sembró Sabella. Martino no puede fallar aunque si lo hace, siempre estará Messi para rescatarlo.