Lo insondable

El mundo, sumergido en la madurez, perdió su capacidad de asombro porque descubrió que no existen utopías para un hombre moderno que se aburre instantáneamente de sus propios inventos. Aquella reflexión de Andy Warhol que funcionaba como un llamamiento para trascender lo mundano de la vida resulta estéril en lo efímero del aquí y ahora. La vorágine destruyó los momentos de ocio, fundamentales para reflexionar sobre su propia historia. Lo hecho, hecho está y lo que aún no se hizo puede hacerse. Como nada es imposible, nada fascina al hombre que incluso ve factible conquistar las estrellas y jugar a ser Dios. En la era de la absoluta adultez, solo un hombre logra conmover a la orbe y sacar del letargo a una sociedad desanimada, reencontrándonos con nuestra aptitud para sorprendernos como lo hacíamos durante nuestra niñez.

Lionel Messi desafía nuestra imaginación todos los días de nuestras vidas. Y la humilla cada vez que pisa una cancha porque, acostumbrados a que esté todo inventado, nos demuestra que siempre tiene un truco bajo la manga para dejarnos boquiabiertos, estupefactos mientras incrédulos negamos con la cabeza sintiendo que lo que acabamos de ver ni siquiera podría tratarse de un sueño o de una ficción. No alcanzan los adjetivos ni recursos literarios para describir al jugador más maravilloso del fútbol contemporáneo, seguramente el más regular de la historia porque nunca nadie logró sostener durante tanto tiempo un rendimiento tan fantástico, el punto donde radica la principal singularidad de la Pulga.

Cuando recibió a sesenta metros del arco de Herrerín, cercenado por la línea de cal, la asfixiante marca personal de Balenziaga y otros dos laderos, lo normal hubiera sido tocar con algún compañero. Nadie nunca hubiera imaginado que once segundos más tarde, tras ridiculizar a su triple marca como si fueran Curly, Moe y Larry, la Pulga estaría festejando una definición perfecta al palo férreamente custodiado por el arquero vasco.

Y la escena se repite una y otra vez: hundidos en la profundidad de nuestros sillones, el ambiente se crispa cuando el más inmortal de los mortales agarra la pelota y nos plantea la incógnita de descifrar que hará durante los próximos segundos con la certeza de que siempre hará algo único, exclusivo de su clarividencia, mágico, inolvidable, una jugada que comentaremos una y otra vez hasta que dentro de tres o seis días sea el protagonista de otro relato épico, de otra construcción memorable, la demostración más cabal de que ese enano, ese envase de apenas 170 centímetros, es lo único insondable para una mente humana que ya se resignó: nunca conoceremos en su totalidad el talento de Lionel Messi.