Las Vegas planteó un desafío contrarreloj después de una noche interminable. El combate del siglo ya era parte de la historia grande del boxeo pero la cobertura, entre conferencia de prensa y posterior celebración de Floyd Mayweather, se extendió hasta las seis de la mañana local, diez de la mañana argentina. Prácticamente dormido, un iluso Xeneize programó su celular para que sonara tres horas después incluso sabiendo cuál sería su destino: la alarma sonó, nuestro protagonista la postergó y siguió durmiendo plácidamente hasta que despertó sobresaltado, sintiendo que estaba en un lugar incorrecto a la hora incorrecta. Era tarde pero todavía había tiempo porque, mientras los amigos se reportaban desde adentro de La Bombonera, faltaban dos horas para el clásico.

A tientas palpa la habitación hasta encontrar ese tesoro tan preciado que sumó a la valija porque existe una matriz común en todos los bosteros, incluso en todos los argentinos, que perpetúan su absoluta singularidad: no existe hincha que cuando se va de viaje no se lleve la camiseta de su club para lucirla orgulloso frente al mundo, para marcar presencia en cualquier latitud, para demostrar que somos gigantes, que copamos todos lados, que estamos en todas partes. Investido con el manto sagrado, empieza una odisea que increíblemente sería más compleja de lo imaginado: encontrar un bar para ver el partido.

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Para explicar sencillamente la demografía de Las Vegas vale aclarar que cada hotel es una ciudad en sí mismo porque cada uno tiene todo lo necesario para sobrellevar una vida artificial sin exponerse al asolador calor de una ciudad que se erige como un espejismo en medio del desierto. Nuestro protagonista se aloja en el coqueto Excallibur, un castillo digno de Disney, pero enfiló rumbo al imponente MGM Grand, justo del otro lado de la calle. Otra particularidad de Las Vegas es que no hace falta esperar semáforos ni cruzar por sendas peatonales porque existe una brillante concatenación de escaleras mecánicas y puentes que construyen un circuito aéreo.

Tap, el primer bar que coteja nuestro amigo, tiene veinte pantallas que caprichosamente sintonizan diferentes eventos deportivos. Antes de sentarse en una mesa y con la seguridad de que podrá ver el clásico, nuestro protagonista recuerda un valioso consejo de su padre: “Preguntá antes de mandarte cagadas“. La atractiva recepcionista castiga nuestra ilusión confirmando que no van a pasar el partido. Falta una hora y un escalofrío recorre la espalda de nuestro bostero perdido en Las Vegas porque no tiene ni idea de algún lugar donde transmitan el partido.

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Ante la negativa, sale eyectado a recorrer el escenario desesperado, transpirando porque en su locura abandonó el circuito que ofrece la ciudad. En medio de su rush, se encuentra con un argentino que estaba de vacaciones y le cuenta que vio la pelea a través de un streaming hecho desde un Ipad en Argentina. Obviamente, no tiene idea de algún lugar donde  transmitan el partido.

Desmoralizado, llega a un shopping, uno de los tantos que tientan a pecar amenazando su estabilidad económica. Hay un restaurante que se llama Pampas – Churrasquería, ahí lo tienen que pasar. Tampoco. Blondies, un lugar que en honor a su nombre es atendido por rubias despampanantes que te absorben con la profundiad de sus escotes, parecía la salvación. Ahora en la pose de galán, nuestro hombre saca a relucir su chapa rioplatense y chamuya a una de las mozas hasta que consigue la programación que ofrecería el bar en sus 32 televisores. En la interminable lista no figuraba el Boca-River aunque resaltaba un detalle macabro: si transmitirían Unión-Belgrano.

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Faltaban veinte minutos y lanzarse a caminar significaba perderse la salida de Boca, uno de los momentos más hermosos de todo superclásico. De repente encuentra un bar desolado, con pocas meses ocupadas pero con platos más que atractivos y el espacio suficiente como para sentarse durante tres horas. La barman, una rubia que engatusaba con su mirada, bucea toda la programación del cable buscando el partido a pedido de nuestro hombre, quien sumaría otra decepción. Agotado, se resigna a verlo desde ese mismo bar a través de la televisión pública. Pide una hamburguesa y unas papas que sorprenden por su tamaño junto a un vaso de gaseosa que sería un aliado inesperado para sobrevivir a tanta tensión: en Estados Unidos existe el refill, esa política que le permite al consumidor llenar su vaso cuantas veces quiera.

Sale Boca, empieza el partido, nuestro hombre se lamenta la impericia de Osvaldo y Chávez y sufre con el bombazo de Carlos Sánchez, ensimismado en la pantalla, absorto de un mundo que parece haber desaparecido durante algunas horas mientras los gringos celebran el enésimo bombazo de Stephen Curry en el duelo entre Grizzlies y Warriors mientras Mike Tyson firma autógrafos a diez metros de nuestro protagonista.

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Ese rincón en el bar Kentucky es una extensión de La Bombonera en Las Vegas. Pavón destruye la paridad y de repente una desaforada explosión atrapó las miradas de todos. Andá a explicarle a estos gringos de Las Vegas, perdidos en una vida artificial que fluctúa entre casinos, alcohol y capitalismo que Boca le está ganando a River el primero de los tres chicos, que se sube a lo más alto de la punta y que queda como el único puntero del campeonato, el prólogo ideal para afrontar los dos desafíos que se vendrán por Copa Libertadores. Andá a explicarle a estos muchachos que nuestra locura no entiende de distancias ni complicaciones. Triunfante y solo en Las Vegas, nuestro protagonista a la postre claudicaría a los seductores pecados de esta ciudad.

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