Los sueños de Manny

Queda un segundo en el sexto round de la cuarta pelea entre ambos cuando Juan Manuel Márquez lanza un recto de derecha que fulmina a Manny Pacquiao. Suena la campana, demasiado tarde para salvar al filipino que yace moribundo sobre el cuadrilátero. Todo es confusión e incredulidad. En el ring side los testigos privilegiados se toman la cabeza por la espectacularidad del nocaut mientras los relatores desatan un griterío por la caída de un hombre dinamitado. Después de dos derrotas y un empate, el mexicano se rehusa a festejar anticipadamente y durante varios segundos espera una verdad revelada, conteniendo una celebración que en realidad es su desahogo. Recién cuando Kenny Bayless interrumpe su cuenta de protección, Márquez desata su alegría mientras en el otro rincón se dibuja un tableau desesperante. Meses después el propio Freddie Roach confesó su macabro pensamiento inicial: “Creí que estaba muerto”. 

Era la segunda derrota consecutiva en menos de seis meses. La primera, también desalentadora, había sido aquel robo de guante blanco frente a Timothy Bradley. Manny empezaba a coquetear con el retiro mientras escuchaba las súplicas de su madre y su esposa, dos mujeres sufridas que viven como una pasión de doce estaciones cada pelea de su hombre. Las incógnitas eran múltiples pero principalmente cuestionaban su deseo. Pacquiao parecía haber perdido ese sello distintivo, esa fiereza innata, esa furia que lo había convertido en un boxeador único. Carismático, el guerrero se había convertido en una celebridad que enfocaba su líbido en la política y en la religión. El fin parecía inevitable.

Pero una noche, tras casi un año, volvió en Macao frente al respetable Brandon Ríos. En decisión unánime celebró su triunfo y cinco meses más tarde se tomó revancha no de Bradley, sino de los jueces que lo habían perjudicado en su primera pelea. Sin demasiadas opciones sobre la palestra, pulverizó a Chris Algieri en un trámite que no estaba a la altura de su grandeza ni de su calidad. Por ese entonces, Floyd Mayweather se presentaba como utópico e inalcanzable para un Pac Man que había perdido terreno en la contienda por el cetro intangible al mejor boxeador contemporáneo. Cuando un deportista alcanza la jerarquía e inmensidad de Manny, un hombre convertido en leyenda, su carrera no se mide en un título más o un cinturón menos porque trasciende lo efímero, porque su orgullo es su legado. Lo dicho, su carrera solo tenía una deuda.

Pacquiao se convirtió en héroe y superestrella cuando en la noche del seis de diciembre de 2008 destruyó aOscar de la Hoya. Mayweather había abdicado a su trono, aburrido de un deporte en el que no encontraba oposición. Mientras tanto, Manny se probaba la corona del mejor libra por libra tras dormir a Ricky Hattonen el segundo round. Celoso, Floyd respondió a la provocación indirecta y en su regreso brilló frente a Juan Manuel Márquez. La lectura era simple y lineal: Mayweather había vuelto para destronar a Pacquiao.

Cinco años tardaron en concretar esa premonición. Primero fue la exageración generada alrededor del control antidoping, después el ofrecimiento irrisorio de Mayweather (40 millones fijos, sin PPV para Pacquiao) y por último la guerra entre Showtime y HBO que desató Money, con efectos colaterales sobre Bob Arum, Al Haymon, Golden Boy, etc. La pelea que el mundo entero quería ver, el combate entre los dos mejores del siglo, el duelo de estilos entre los dos más grandes de los últimos veinte años, parecía naufragar para siempre.

Manny Pacquiao seguramente habrá soñado con la noche del sábado dos de mayo en innumerables ocasiones desde aquel nocaut frente a Márquez y habrá imaginado que su tren ya había pasado, que su legado iba a quedar manchado por un par de derrotas y sin la oportunidad de redimirse frente al otro gigante de su época. Por eso, tal vez, después de cumplir con el trámite de pesar por debajo de las 147 libras, haya elegido una frase que quedará para el recuerdo por su calidez en la previa de una de las noches más importantes de la historia: “Gracias a Floyd por la pelea que va a ocurrir”.