El mapa del boxeo mundial está sumergido en una dinámica disruptiva que en 2015 apuesta por atizar esa histórica llama sagrada que coqueteaba con la extinción. El escenario que reinó hasta diciembre está en jaque y en apenas tres meses el mundo revelado ya no existe. Los jugadores movieron sus piezas con un ritmo frenético, resquebrajaron ese complejo entramado de aliados y enemigos y con un jaque mate pastor dinamitaron un tablero previsible, cauteloso y aburrido.

Floyd Mayweather y Manny Pacquiao protagonizaron el cimbronazo que marcó un antes y un después de un deporte que siempre se reinventa, incluso cuando algunos se animan a rubricar su certificado de defunción. El próximo dos de mayo el MGM de Las Vegas será el escenario de la pelea imposible, el combate de todos los tiempos, un duelo pactado para saciar la voracidad de un público hastiado de cinturones de barro y carteleras de papel, de campeones ficticios que esquivan a oponentes de riesgo para adormecer al público en PPV forzados hasta la ridiculización. Los dos mejores del siglo, los dos número uno de los últimos veinte años, el símbolo de la fiereza contra la elegancia del estilista, por fin frente a frente arriba de un ring. Por primera vez en años, la Guerra Fría encontró un capítulo de paz, una amnistía parcial a tanto odio en pos de un negocio superior: Al Haymon y Showtime se vieron forzados a sentarse en la misma mesa que Bob Arum y HBO para anunciar Mayweather-Pacquiao el último 20 de febrero, el día en el que dejaron de existir las utopías.

Fue en ese momento de debilidad, cuando Showtime y HBO demostraron públicamente que se necesitan recíprocamente para subsistir, que el misterioso y maquiavélico Al Haymon ejecutó su plan maestro, pergeñado desde las sombras del ocultismo y el secretismo. Después de haber incorporado más de cien boxeadores a su escudería y dedicarle su vida a desbaratar los enfrentamientos potencialmente más interesantes, el asesor de Floyd avanzó un casillero más en busca de moldear su cabellera con la corona de Don King: compró múltiples espacios en la televisión abierta de Estados Unidos como escaparate multitudinario para mostrar a sus talentos y enarboló la bandera del acceso gratuito a un deporte limitado únicamente a aquellos con capacidad económica para contratar las señales de cable o comprar los paquetes particulares de cada velada. La consigna es llegar a cada hogar estadounidense a través de una televisión y para atrapar al público nada mejor que cambiar su filosofía desde el arranque con una propuesta atractiva que solapadamente mandó un mensaje: Haymon amasijó una fortuna siendo precavido y ahora enfrentará a los mejores para enamorar a las masas.

La velada del último sábado que coronó a Keith Thurman como bestia negra del peso wélter fue la primera transmisión en televisión abierta en los últimos treinta años, después de que en 1985 se cerrará el ciclo de grandes peleas con el combate entre Larry Holmes y Carl Williams. “Premier Boxing Champions on NBC” gozó de 3.4 millones de espectadores, cifras siderales para una programación que estuvo disponible en 116 millones de hogares a lo largo y a lo ancho del territorio yankee. Por ejemplo, duplicó el récord de 1.39 millones de HBO en el rematch de Julio César Chávez Jr. frente a Brian Vera.

El éxito fue instantáneo aunque el desenlace podría haber sido catastrófico. Solo la pelea de fondo entre el virtuoso Thurman y el corajudo Robert Guerrero salvaron la noche. El Fantasma, quien horas antes había manifestado que se sometería a una exposición sin precedentes, demostró su orgullo pese a la derrota: “Vine a pelear y sé que conquisté el corazón de todos los norteamericanos”. El noveno asalto fue el momento álgido de la noche, cuando One Time derribó a un Guerrero que, dignificando su apellido, respondió con toda su artillería en el décimo round. Antes y después, Adrien Broner y Abner Mares aburrieron a una audiencia que gozó de pocas emociones. The Problem se bajó del ring y desencantó al público recordando que “la única vez que peleé como quería la gente terminé sufriendo mi primera derrota”, en tanto el mexicano confesó que la pelea estuvo a punto de suspenderse por un cuadro gripal.

Fue una propuesta sin brillo, carente de show no solo arriba del ring sino también abajo, sin toda esa parafernalia que significa el ingreso rimbombante de cada boxeador al ring. Sin estridencias, sin música ensordecedora ni gestos ampulosos ni adláteres, cada púgil caminó en silencio hacia el cuadrilátero que, acéfalo de presentador, anunciaba con una voz en off el nombre de los protagonistas. Pero Haymon insiste en convertirse en el nuevo rey del boxeo e incluso impidió que se hiciera referencia a la condición de campeón de Thurman, quien ni siquiera pudo mostrar su cinturón de la AMB. La última fase del plan maestro del nuevo cafisho del boxeo internacional es crear su propia liga y entregar sus propios cinturones. Haymon, un fantasma que se mueve entre sombras con una estructura y manejos absolutamente desconocidos, va por todo, mientras roza la ilegalidad operando a través de Goosen Promotions para burlar la antimonopólica ley Alí.

Al Michaels, histórico relator de la NFL y flamante presentador de PBC, inauguró la primera transmisión en treinta años con una declaración de intensiones que ideó Haymon: “Menos énfasis en los cinturones y enfocarnos más en peleas competitivas”. A su lado asentía Sugar Ray Leonard. No es una propuesta altruista de Haymon, por supuesto, pero el boxeo volvió a la televisión abierta y podría ser un paso clave para salvaguardar un deporte que sigue vivo. En lo que se asemeja como un paraíso, Haymon tendrá un desafío que definirá el futuro de esta iniciativa: convertir a un servicio gratuito en redituable a través de la publicidad.

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