De ovaciones y otros cuentos

Ni estridentes ovaciones anticipadas, ni camisetas estampadas con la 23 ni remeras alusivas a los Rolling Stones ni, muchos menos, caretas en las tribunas. Los que estaban preocupados por una idolatría exagerada pueden respirar aliviados y corregir sus miras teledirigidas hacia otras coordenadas porque La Bombonera solamente le ofrendó la calidez de sus aplausos a un Daniel Osvaldo que debutó en Boca y convirtió su primer gol, un gol que se gritó como se gritan todos los goles de Boca, con el alma en la mano, nada más y nada menos. La aclaración, absurda para cualquier hincha, resulta imprescindible para aquellos que quieren equiparar situaciones, coyunturas y reacciones absolutamente disímiles.

Después de toda la parafernalia mediática alrededor de su figura, Osvaldo se empilchó por primera vez con la camiseta azul y oro. Ahí estaba él, sonriente pero nervioso como un hombre que se para ante la mujer que ama porque tiene miedo a fallar y frustrarse por no poder conquistarla pero también valiente porque está por cumplir el sueño de su vida frente a la piba que siempre amó en silencio. Al fin y al cabo, lo que le hubiera pasado a cualquier hincha con la oportunidad de defender la camiseta que ama.

No fue brillante y le faltó constancia pero la presentación de Osvaldo argumentó una ilusión que únicamente se sostenía por los clubes que trazaban su particular trayectoria. Cada intervención suya cimentó una esperanza: clase y elegancia en una tijera que atrapó el arquero rival, inteligencia para clarificar y asociarse con sus compañeros, paciencia para administrar los tiempos de cada jugada en particular, decisión para ejecutar, oficio para convertirse en amo y señor de los cielos y perspicacia para anticipar y aguantar a los defensores rivales.

Los argumentos podrán variar según la subjetividad del analista, si decide que su opinión este corrompida por ese maldito contexto que crea un periodismo sediento de personajes como Osvaldo para saciar su necesidad permanente de mercantilización o si bien se mantiene al margen y analiza los parámetros realmente trascendentes, aunque se sabe, Osvaldo será minuciosamente criticado porque cometió el pecado de elegir a Boca por sobre el resto de los clubes. Seguramente lo sepa, pero todo será más difícil para después de tan errónea decisión. Los datos, ese único ápice de objetividad que se mantiene todavía inexpugnable en un mundo que acomoda todo de acuerdo a sus intereses creados, dirán que en su debut Daniel Osvaldo convirtió el gol del triunfo en una noche más compleja de lo previsto.

La historia entre Osvaldo y Boca empezó oficialmente un caluroso 26 de febrero. Si el final es feliz, millones desafiarán a los principios de la física y asegurarán haber estado el jueves a las ocho de la noche para presenciar el debut de Osvaldo en La Bombonera. Porque es así, si en el epílogo de esta historia miraremos con cariño el pasado, el tiempo agigantará la magnitud de una leyenda que, tal vez, haya empezado con ese cabezazo intajable que destrabó el partido frente a Montevideo Wanderers, un equipo que será tan inolvidable como Osvaldo decida. Mientras tanto, La Bombonera se entregó a Nicolás Lodeiro, la gran figura de la noche, y le regaló su primer “u-ru-guayo, u-ru-guayo”.