Andrés Cubas materializa todos sus movimientos durante los noventa minutos como si fueran automatismos inherentes a su naturaleza. Descifra el contexto y la intención de sus rivales, se posiciona de acuerdo a su perspicacia y recupera gracias a ese timming que lo distingue del resto de los mediocampistas centrales del fútbol argentino. Con la pelota en sus pies desata un show teñido por su sofisticada simplicidad, como la definió Leonardo Da Vinci sin siquiera conocer al nuevo patrón Xeneize. Casi sin esfuerzo, controla con sentido orientado para lanzar el primer pase, en corto o en largo, a un costado o una daga en profundidad.

Son pocos los hombres que con su sola presencia son capaces de modificar drásticamente la fisonomía e identidad de un equipo y menos aún las ocasiones en las que un volante central es tan influyente en su genética. Con Cubas en cancha todo es diferente porque contagia y genera confianza en todos sus compañeros: en dos laderos que se sueltan sin miramientos porque saben que tienen un guardaespaldas infalible, en los laterales que descansan en sus apoyos y en un tramado ofensivo que ejerce una presión asfixiante veinte metros más adelante de lo normal porque Cubas corrige todos los errores del resto.

El de Cubas es un caso particular. Con 18 años saltó en silencio a la cancha por urgencias de un equipo anémico de recursos y, sin la parafernalia de esos medios que se dedican a inflar a pibes de inferiores que nunca despliegan sus virtudes, demostró con un par de detalles en apenas un puñado de minutos un futuro tan increíble como su consagratoria actuación frente a Temperley.

El Beranger impartió justicia con un chico que con fútbol y carácter pedía a gritos titularidad. Turdera fue el escenario definitivo para que Cubas convenciera a todos de que tenerlo fuera del once titular es un sacrilegio. El cinco de Boca, por sus virtudes y por su influencia en el equipo, ya tiene dueño. Para Arruabarrena, con el desafío de ser un equilibrista en la abundancia, puede suponer una bendición. Cubas es el único cinco del plantel capaz de bancarse el mediocampo en soledad, virtud que le permitiría al Vasco apostar por Pérez y Lodeiro como sus correligionarios en la medular.

Con Cubas en el equipo, Boca ganó once partidos, empató dos y perdió solo uno. Puede ser una simple curiosidad desde lo numérico pero el desarrollo de los catorce partidos demuestran un denominador común: mientras la hinchada todavía discute su apodo, Cubas se convirtió en un factor determinante que incrementa la probabilidad de éxito azul y oro.

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