Un conductor de televisión latinoamericano, presumiblemente desinformado en un pecado capital más que suele afectar al periodismo, le preguntaba al hombre convertido en mito que hace segundos había impresionado a todos el motivo por el cuál no había sacado la mano derecha de su bolsillo. “Tuve un accidente de chico y me tuvieron que amputar el brazo” explicó, hastiado de una pregunta que respondió millones de veces.

La surrealista escena es de “El gran simulador“, la estrella máxima de la edición 2013 del BAFICI, el festival de cine más importante de América Latina. El director Néstor Frenkel eligió a René Lavand y a su conmovedora historia como protagonistas de un documental que fue también un homenaje en vida a uno al mejor ilusionista de la historia argentina y por qué no del mundo. Fallecido en la clínica Chacabuco de Tandil a los 86 años, la cinta será un escaparate para que las generaciones anteriores revivan su nostalgia y los jóvenes que lo desconocían desnuden su leyenda.

René fue un romántico porque combatió a la vorágine de un mundo cada vez más vertiginoso. En la época de shows cada vez más obscenos y estrafalarios era capaz de atrapar durante horas a un público ávido de ilusiones con la simpleza de una baraja y una única mano artrítica. Cincuenta millones de estadounidenses dispuestos a reírse de un freak más quedaron boquiabiertos ante sus proezas en el show de Ed Sullivan. Hasta Rodríguez Orejuela, el principal narco de Calí, quedó ensimismado ante un corajudo hombre que se paró frente a todo un cártel a enamorarlos con su descomunal talento. Al fin y al cabo eso era la magia para él, la fascinación del artista con la que logra la comunicación artística y humana con su público.

El hombre que asombró al propio David Copperfield, el sinónimo perfecto de la parafernalia de magos que deslumbran con escenarios multimillonarios, hizo de la desgracia su motor. Su vida es un misterio desde aquella tarde en la que un auto le destrozó su mano derecha, su mano hábil, esa con la que empezaba a cautivar a amigos y familiares. Tan inexplicable como la voluntad inquebrantable de un nene de nueve años, enamorado de la prestidigitación, que logró reponerse y convertir su discapacidad en una virtud, en el sello inmortal de un estilo que forjó él mismo y nadie jamás podrá repetir.

Su magia no radicaba ni en su baraja ni en su mano izquierda. Sus relatos, su carisma, su personalidad, sus silencios y la cadencia de su voz, cargada de emoción y sentimiento, construían atmósferas inmaculadas. No importaba la simplicidad del truco porque sus historias eran las estrellas de su lentidigitación. Siempre se podía hacer más lento, para el ojo humano o incluso para la “cámara implacable” que pese a su complejidad nunca pudo desnudar sus secretos.

“Hay gente que es así, tan necesaria. Hay gente que solo con decir una palabra llega a todos los límites del alma” recitaba en reverencia al poeta chino Li Bai mientras volcaba por enésima vez un pocillo que escupía tres migas de pan. René Lavand era un tipo necesario, único e irrepetible, de esos que llegaban a todos los límites del alma. Nunca habrá otro como él y su muerte tal vez sea su último truco: el duelo será tan lento que olvidarlo será imposible.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s