Madurar en una noche

Hoy por fin le di sentido a esa frase que mi viejo repetía hasta el cansancio, frustrado de intentar explicarme lo inexplicable, hastiado de mis preguntas con voz todavía chillona empeñada en menoscabar sus relatos que yo creía exagerados e imposibles. “Ya lo vas a entender cuando seas grande” o su más prohibitivo “me lo vas a agradecer cuando seas papá”. Todavía no soy padre y apenas piso los veintitrés años pero en una noche le encontré sentido a su axioma y de repente algo se quebró, como si esa última función frente a los micrófonos le hubiera puesto punto final a mi infancia porque él, el único reducto de mi despreocupada niñez que aún resistía los embates de la adultez, colgaba los botines.

Román anunciaba su retiro y de repente me encontré entre lágrimas imaginando mi futuro como si fuera una verdad revelada. Estaba en un comedor y tenía dos ojos embelesados en un relato que me tenía como el narrador de una historia de la que no era protagonista pero que era bien mía. Me miraba un nene, ensimismado en mi apasionado show, absorto del mundo porque escuchaba atentamente mis palabras redundantes, repetidas y calcadas hasta que se aburría y se iba a jugar con la Playstation. Y ahí entendí todo porque no solo vi el destino sino que recordé mi pasado, cuando mi viejo me sentaba para contarme anécdotas que fui entendiendo mientras crecía pero que en ese momento me parecían habladurías. Con cinco o seis años me hablaba de Maradona, de una jugada inolvidable, de una hazaña que nunca volvería a repetirse. Diego fue su jugador, ese que se encargó de transmitirme y del cual yo me enamoré a través de él, porque nunca lo vi jugar en vivo. Cuando sea padre, Román será el mio.

Y a mi hijo le contaré de cómo llegó, de ese debut en La Bombonera en el que demostró todo su carácter, de esa noche en Parque Antártica en la que bailó al Palmeiras, de aquella madrugada en Yokohama en la que el Real Madrid de las estrellas se rindió a sus pies, de sus lágrimas frente al Bayern Munich, de cómo lloré cuando se fue al Barcelona, de esas epopeyas imposibles, de como ganó solo una Copa Libertadores, de ese tiro libre bajo la niebla frente al Cúcuta y de tantas otras hazañas que escribió con la 10 estampada en su espalda. Ese será mi legado.

Mi hijo, tal vez incrédulo, verá videos, escuchará testimonios y hablará con mis amigos que coincidirán en alabar al jugador que más disfrutamos en nuestras vidas. Pensará que somos viejos ridículos y nostálgicos añorando nuestros tiempos más felices pero jamás podrá tomar real dimensión de lo que significaba Román. Nunca podrá sentir lo que sentíamos nosotros cuando el mundo parecía detenerse bajo su suela, cuando aún derrotados nos quedaba la esperanza de tenerlo a él, cuando La Bombonera estallaba en júbilo entregándose en cuerpo y alma al hombre que hacía que incluso lo imposible fuera factible. Jamás lo entenderá hasta que un día sea él quien se encuentre llorando frente a la televisión escuchando a su ídolo despedirse. Recién ahí me habrá entendido.