Chau 2014. Chau a tu obstinación con nosotros, chau a tu mala racha, chau a esos ocho partidos sin triunfos frente a River, chau a tu desesperanza, chau a condenarnos a ver el éxito ajeno como simples partenaires, chau al año en que le dijimos adiós a nuestros últimos dos ídolos, chau a la apatía, chau al fracaso constante, chau a la irregularidad, chau a esa sensación de que nada podía estar bien, de que aunque los nubarrones desaparecieran nosotros sabíamos que indefectiblemente iban a volver, chau a ese calvario interminable de 365 días. Bienvenido 2015, bienvenida tu esperanza, bienvenida tu ilusión, bienvenida esa sensación de volver a ser protagonistas, bienvenido este triunfo que pone todo en su lugar, bienvenido haber obtenido una victoria tan necesaria y esperada que ahora será un impulso para lo que se viene. Bienvenido 2015, te estábamos esperando.

Boca está atravesando un verano de altísima complejidad porque no puede relegar ningún frente y, en medio de toda la maraña que representan los siempre peligrosos amistosos de verano, deberá afrontar un duelo decisivo para su futuro. Y a cuatro días de jugarse una final nunca tan anticipada debió disputar un Superclásico con aditivos explosivos: ocho encuentros, todo un año, sin ganarle a un River que viajó a Mar del Plata con todas sus huestes alistadas, con ese equipo que maravilló a todos, con esas once estrellas que enloquecieron a una corporación mediática que quedó atrapada por su buen fútbol. Y Boca iba después de ser goleado por Racing, con cientos de dudas y sin certezas mientras arma una defensa de cero para afrontar un semestre de triple competencia, con suplentes y pibes que debían sacar la cara por el equipo. No solo cumplieron el objetivo dejando la vida en la cancha, sino que se trajeron un triunfo que eyectará un espíritu que parecía destrozado. El festejo del final fue una resurrección, en hinchas y en jugadores. Con el gol de Cristaldo nació un nuevo Boca, el Boca 2015.

Fue un primer tiempo perfecto, el mejor del ciclo Arruabarrena no solo por el rendimiento sino por el contexto y las circunstancias. Con una presión altísima e incesante asfixió y dinamitó los circuitos futbolísticos de un rival que, incómodo y con un Kranevitter absolutamente maniatado, revoleaba la pelota desde el fondo.  El factor Cubas volvió a ser determinante y resulta hasta inexplicable que un pibe de apenas 18 años tenga tanta influencia en un equipo porque, comprobado empíricamente, con él manejando los tiempos es todo distinto e incluso el equipo gana en confianza sabiendo que tiene un fenómeno en la mitad de la cancha que corta cuando tiene que cortar, que juega cuando tiene que jugar y que brilla en los relevos para tapar los huecos del resto. Se impone a gritos su inmediata titularidad.

Después de una buena actuación frente a Vélez, Pablo Pérez enterró definitivamente la desconfianza de los hinchas y demostró ser un jugador a medida de lo que exige Boca y, principalmente, el esquema del Vasco. El ex Málaga fue la figura de una noche en la que conjugó sacrificio en la faceta defensiva con claridad para transformarse en el conductor de un esquema acostumbrado a una acefalía constante. Con pequeños detalles y lujosos toques, Pérez resaltó por virtudes poco comunes para el fútbol vernáculo:  pausa en medio del caos, sapiencia para conducir en transición, panorama y visión para administrar y manejar los hilos del equipo.

Con actitud, coraje y valentía el muletto de Arruabarrena arrolló al River de las estrellas. Festeja el Vasco mientras pule su engranaje para el desempate frente a Vélez porque salió de perdedor y porque el triunfo será un envión anímico para un acostumbrado golpeado psicológicamente. En una noche prácticamente ideal Boca rescata un equipo sin fisuras, fortalecido en su cuerpo porque encontró aún más variantes para varios puestos y en su alma porque el triunfo, aunque más no sea en un partido de verano, sirve para alimentar su sueño. Respondió Sara en su debut, la línea defensiva completó una buena actuación y Carrizo volvió a electrizar el ambiente con su velocidad y sus gambetas.

La lesión de Cristian Pavón fue la única mancha de una noche perfecta. Como en la desafortunada jugada que sacó a Martínez del Superclásico de la Sudamericana, otra vez apareció la saña, esa mala leche tan característica de Leonel Vangioni para lesionar a otro jugador de Boca. Claro, el desfachatado pibe lo había sacado a bailar contra la línea de cal, humillándolo con todo su desparpajo, ese que tantos suspiros arrancó durante sus pocos minutos con la camiseta azul y amarilla. Pitana, en otra noche de errores que seguramente será premiada con alguna otra participación en una Copa del Mundo, no lo expulsó y le perdonó la vida hasta que el ridículo ya era demasiado. Claro, antes ya había echado a Cubas, porque jugar contra River en inferioridad numérica ya es una costumbre.

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