Resulta inadmisible que después de haber librado 126 batallas con el manto azul y oro, incluso después de haber sido erigido con la capitanía por el cuerpo técnico, Cristian Erbes se haga expulsar estúpidamente a los 24 minutos de un partido de verano. El reproche va mucho más allá del codazo innecesario y malintencionado que le propinó al siempre canchero Ricardo Centurión. Experimentado y consagrado como un insólito referente en tiempos de crisis, Erbes no entendió nunca el contexto de un equipo en plena formación, un plantel que se va armando con remiendos defensivos, a los golpes, tapando huecos, que necesita construir pequeñas certezas a lo largo de los amistosos de verano. Había sido interesante lo de Boca hasta que Erbes desnaturalizó el partido. Erbes nunca dejará de ser un Pichi. 

Antes de que el partido entrara en un sinsentido absoluto, Cristian Pavón hizo su esperada presentación en sociedad y confirmó que está a la altura del desafío antes de que Arruabarrena decidiera no exponerlo a un partido con tintes caóticos. Le alcanzó con un puñado de intervenciones para rubricar una actuación que quedará como el único aspecto positivo en una noche para el olvido. Pavón va sobrado de talento, con capacidad para dinamitar en velocidad por los extremos y criterio para manejar al equipo en posición de improvisado y casual enganche, con detalles que demuestran su sapiencia e inteligencia, su buena lectura del juego y su capacidad para anticiparse a movimientos rivales. Como todo el que se pone la camiseta de Boca, deberá probar que tiene carácter para defenderla pero sus antecedentes son más que promisorios: brilló en Talleres y Colón, dos de las plazas más complejas del ascenso argentino.

Las expulsiones sepultaron cualquier análisis. A Erbes se sumó un Leandro Marín que con una patada artera y descalificadora sacó del partido a Ricardo Centurión. El lateral derecho había desnivelado con sus proyecciones ofensivas pero con un equipo diezmado y sin la seguridad de una dupla central confiable no controló sus revoluciones. Otra roja al aire, nueve contra once, un calvario de sesenta minutos para sobrevivir sin mayores daños colaterales.

Arruabarrena gestiona con el enemigo en casa. Mientras improvisa con un ridiculizado Bravo de central, los mismos dirigentes que dejaron escapar a Juan Forlín refuerzan la zona más desguarnecida con el lesionado Alexis Rolín, esa misma comisión directiva que buceó el mercado de pases y no encontró un lateral izquierdo por menos de cuatro millones de dólares pero vendió a Emanuel Insúa en una cifra inferior comprándose un nuevo problema para, tal vez, el único puesto en toda la última línea que estaba dignamente cubierto.

Racing desnudó que los refuerzos son urgentes. Un lateral derecho, un lateral izquierdo y un zaguero central. También un enganche, un hombre capaz de darle sentido al fútbol Xeneize. Ilusión siempre habrá porque aún en los peores contextos el hincha, por más radical y sesudo que sea, se anima a seguir soñando. Ojalá haya sido ese punto cúlmine de la noche cuando la oscuridad es absoluta, justo antes del amanecer.

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