Salta, baila, canta, y otra vez salta, otra vez baila y otra vez vuelve a cantar. Groove es, por primera vez en la noche, una fiesta absoluta. Él goza como si no hubiera mañana porque supo saborear lo que es no tener futuro. “¿Qué vamos a hacer?” lanza y los fieles replican con un ensordecedor “a geder”.

Son pocos los nuevos ídolos de la cultura popular tras las absurdas muertes de Gilda y Rodrigo. No abundan y varios son tan efímeros como el verano que popularizó su one hit wonder. Rubén Castiñeiras no solo superó esa prueba sino que su música sobrevivió a sus años de encierro y se propagó mientras purgaba por sus errores convirtiendo al hombre en leyenda, en un mito oculto y desconocido para una gran masa que twitteaba #FreePepo pero que ni siquiera conocía su cara.

También son pocos los artistas capaces de electrizar el ambiente con solo subirse al escenario y menos aún los que transmiten alegría de un modo tan categórico. Con su look marca registrada, gorra, remera deportiva, bermudas, zapatillas y su perfecta por imperfecta sonrisa paseó su desparpajo frente a una multitud que se bancó el hacinamiento y el calor de un viernes estival para comprobar que su ídolo había regresado, porque el hombre necesita ver la marca de los clavos en las manos para creer en la resurrección.

Los cuerpos se movían por pura inercia mientras pasaban el Grupo Kalu con su reversión de “Haceme un pete” y Los Del Fuego con su popular “Jurabas tu”. Todos estaban expectantes por su retorno, porque al fin y al cabo todos habían ido a verlo a él, a ese símbolo de resurrección que genera admiración. Apenas habían pasado las cinco de la mañana cuando la espuma empezó a caer y el “tengo el honor de presentar el debut de Pepo en La Mágica” reanimó a una multitud al borde del desmayo por deshidratación.

Fueron casi cincuenta minutos que se desvanecieron en el tiempo, una fiesta inmaculada que todos querían que fuera eterna. Pepo cantó sus hits y sus nuevos temas mientras bailaba su coreografía tan increíblemente suya porque su música es su esencia, esa voz desprolija y desafinada, esa murga de barrio que lleva en la sangre, esas historias que vivió encerrado en un pabellón y que cuenta a través de sus letras. Y todos cantaron y todos bailaron pero no solo porque fue una fiesta, sino porque comprobaron que Pepo por fin estaba libre.

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