En busca de la felicidad

Fernando Torres fue el símbolo de la esperanza y el orgullo de la afición inmediatamente después de la yerra, cuando el Atlético de Madrid aún tenía marcado de aparente forma indeleble el sello de pupas sobre su lomo, cuando todavía no tenía más argumentos para endiosar que su pasado. Debutó con el equipo hundido en la segunda división hasta convertirse en el capitán, en el Niño mimado de un pueblo que encontró al héroe que necesitaba. Torres rescató al Atlético de Madrid en su época más oscura, justo antes del amanecer. Estaba destinado a hacer historia.

Más de una década pasó desde su debut y, conmovidas las certezas que parecían predestinadas, ya nada es igual. Diego Simeone le devolvió el alma al Atlético de Madrid hasta convertirlo en uno de los equipos más poderosos de Europa, humillando con triunfos concatenados a todos aquellos que osaron rotularlo como un perdedor. Fernando Torres no es ni la sombra de quien debiera ser. El Niño que tras su éxodo conquistó al incondicional Anfield Road fracasó en Londres porque, al fin y al cabo, parece ser un romántico que necesita de un contexto cariñoso que lo contenga para triunfar. En Chelsea fueron vacíos millones que destrozaron su confianza. Fue demasiado tarde su llegada a un Milan en reconstrucción, un entorno imposible redescubrirse reencontrándose con su pasado.

La carrera de Fernando Torres da síntomas de un cuerpo sin pulso transitando un sendero hacia el retiro. Nadie apostaría por él porque nadie cree en él, nadie confía en que ese talento que supo demostrar vuelva a la palestra para desatar una segunda primavera que reviva al letal artillero que algún día fue. Es casi un paria, el hijo pródigo que malgastó sus recursos y vaga por un mundo que lo mira de reojo, con desconfianza. Pero existe un único lugar en el que todavía confían en Torres no por su presente sino por su pasado, en donde están dispuestos a extenderle una mano porque ayer fue él quién los ayudó cuando estaban entre sombras. Hoy es Fernando Torres quien necesita al Atlético de Madrid.

Existen fenómenos incomprensibles como la fe que los hinchas tienen en Torres que los sabios de la lógica y el raciocinio jamás entenderán porque no se explican, porque no tienen sentido, porque solamente se siente en lo más profundo de aquellos que disfrutaron sus goles, de aquellos que en medio del caos encontraron en él a su único ápice de ilusión. Torres vuelve a casa, el único lugar con la receta para que sea otra vez el Niño: el convencimiento infatigable de un Cholo Simeone que obró varios milagros en el Vicente Calderón, una estructura que no espera un salvador pero principalmente la paciencia y el cariño de un pueblo que recibe con los brazos abiertos a su último ídolo, un hombre triste que regresa para volver a ser feliz.