Solo quedan las pulseras

Lance Armstrong fue la maquinación deportiva más grande de la historia, una realidad evidente que nadie quería ver. Algunos por conveniencia y otros porque su leyenda encarnaba una esperanza. El moribundo que había vencido al 40% de probabilidades que le diagnosticaron cuando descubrieron que uno de sus testículos había triplicado su tamaño, que tenía una docena de tumores a lo largo de su cuerpo y que el cáncer le había hecho metástasis en su pecho y en su cerebro. Era un cuento de hadas para aquellos entregados al destino que ya no tenían a que aferrarse, la historia perfecta para sponsors que ojean el mundo en busca de relatos que conmuevan certezas, ninguna tan impactante como el hombre que revivió antes de morir.

Bradley Wiggins, campeón del Tour de France y uno de los símbolos del incipiente ciclismo limpio, entregó la definición más perfecta de la destrucción del mito: “Armstrong es como Papá Noél. De chico crees en él, pero cuando envejeces te das cuenta de que ya no existe”. Después de una guerra encarnizada, Kennedy le asestó un cachetazo letal a Goebbels. Construido sobre una pirámide de mentiras, Lance no pudo engañar a todos todo el tiempo y quedó atrapado por su voraz ambición, por esa insaciable megalomanía que lo obligó a regresar a pesar de consumar un inmaculado retiro después de esa diatriba tan emocionante en aquel idílico presente como cínica en retrospectiva: “Finalmente, la última cosa que le diré a las personas que no creen en el ciclismo, a los cínicos y a los escépticos: lo lamento por ustedes, lamento que no puedan soñar en grande, lamento que no crean en milagros” sentenció después de adueñarse de su séptimo Tour de France.

Hace dos años, la Unión Ciclista Internacional (UCI) confirmó la sanción de la Agencia Estadounidense Antidopaje (USADA). Pat McQuaid, por entonces presidente, fue cruel: “Armstrong merece ser olvidado por el ciclismo”. Hoy, su legado es una tumba profanada. Ya nadie se acuerda de él, ni siquiera aquellos que se enamoraron del ciclismo a través de su épica. Armstrong es un espectro que después de esa última humillación frente a los micrófonos de Oprah divaga por el mundo en un nuevo Tour, el último, el de la verguenza que lo obliga a tragarse su egolatría, una gira interminable para restañar viejas heridas con aquellos que insultó e intentó destruir en sus épocas impunes, un intento de redención desesperada en busca de paz en medio de su caos porque la historia demostró que “nada en nuestra cultura perdona tan fácilmente como el deporte”, tal como escribió Tony Kornheiser en el Washington Post.

Armstrong es el trofeo más resonante de una caza de brujas irónica donde otros dopados que quebraron el omertá delatan al dopado insignia, declarando en su contra y argumentando su sanción. Lance fue vetado a perpetuidad y su nombre fue borrado del bronce otrora conquistado. Los siete Tours de Lance se convirtieron en los Tours del olvido, en los Tours que nunca existieron.  EPO, cortisona, glándulas de crecimiento, el sistema más sofisticado de dopaje que el mundo conoció al servicio de una empresa utópica para el rey abdicado: “Es imposible ganar el Tour sin doparse”.

Incluso después de convertirse en un paria, la malograda hagiografía de Armstrong sigue entregando condimentos ideales para una ficción. Es una revancha para muchos que fueron denigrados por un Lance omnipotente. Compañeros y rivales declararon contra él mientras unos pocos periodistas que habían sufrido un escarnio público por cuestionar su misteriosa hegemonía disfrutaban de su triunfo. Es que Lance, sabiéndose tramposo, arremetía contra todo el que se animara a esbozar un manto de sospecha sobre su mito en construcción. Y Lance era el dueño del circo, esa figura universal que había devuelto la pasión por el ciclismo e incluso había desdibujado fronteras para extenderla hacia nuevos horizontes.

Uno de los casos más paradigmáticos fue el de Filippo Simeoni. También sancionado por doping, fue uno de los primeros en desnudar las artes oscuras de Armstrong cuando en 2001 reconoció haberse dopado con EPO y otras hormonas que le había sido recetadas por el médico del italiano Michele Ferrari, un médico italiano prácticamente desconocido que fue la piedra fundacional del perverso sistema que hirió de muerte al ciclismo. Armstrong amenazó a Simeoni tras su confesión y lo humilló en la 18° etapa de la edición 2004 del Tour cuando neutralizó su escapada a lo largo de los 166 kilómetros que unen Annemasse con Lons-le-Saunier. “Cometiste un error cuando declaraste contra Ferrari. Yo te puedo destruir”.

Frankie Andreu, uno de sus mejores amigos, declaró contra Armstrong. Floyd Landis, despojado de su  Tour de France 2006 por doping, también. Compañero en el U. S. Postal Service, su testimonio fue fundamental. Michael Barry, Tom Danielson, Tyler Hamilton, Georgie Hincapie, Jörg Jaksche, Levi Leipheimer, Christian Vande Velde, Jonathan Vaughters y  David Zabriskie entregaron a Armstrong a cambio de una reducción en su sanción. Paradójico. Eminencias periodísticas como David Walsh, a quien Lance convirtió en mala palabra durante su década de gloria, habrán sonreído al comprobar que tenían razón. Armstrong era un fraude.

“Que Lance Armstrong usó EPO. Que Lance Armstrong usó Testosterona. Que Lance Armstrong proveyó a sus compañeros de EPO. Que Lance Armstrong proveyó a sus compañeros Testosterona. Que Lance Armstrong forzó a sus compañeros a ceñirse a un programa de dopaje ideado por el Dr. Michele Ferrari. Que el programa de dopaje de Lance Armstrong fue organizado por el Dr. Michele Ferrari. Que Lance Armstrong empujó a sus compañeros a usar al Dr. Ferrari. Que Lance Armstrong usó tranfusiones de sangre para hacer trampa. Que Lance Armstrong se rodeó con ciclistas dopados y médicos especialistas en doping para alcanzar su meta de ganar el Tour de France año tras año. Que Lance Armstrong y sus correligionarios tejieron una masiva y extensa red para usar drogas, cubrir sus rastros, intimidar testigos, mentirle a prensa y hacer cualquier cosa que fuera necesaria para evitar que la verdad salga a la luz”.

El patético Armstrong también es protagonista de una historia de tristeza y desolación, la alegoría más tangible de una felicidad mundana construida en base a triunfos y dinero. Confirmada la sanción, se quedó solo. Todos los que habían aumentado sus arcas gracias a él, lo abandonaron cuando su figura quedó en ruinas. Sponsors, amigos, incluso la fundación que el mismo creo le pidió que se alejara porque ya no querían saber más nada con él, porque tener vínculos con un tramposo, mentiroso y cínico era perjudicial. Encontrar el nombre de Armstrong en la web de Livestrong es una tarea que requiere horas y dedicación. Todos sabían de su fraude pero lo protegían no por él, sino porque era funcional a ellos. Nike, Trek, Anheuser-Bush, Honey Stinger fueron algunas de las marcas que se enriquecieron con él. La UCI, la cual recibió sospechosas donaciones de su parte, también ocultó pruebas porque Armstrong devolvía al ciclismo a un lugar que había perdido, a un lugar que nunca había alcanzado.

Dentro de toda la maraña de mentiras que edificó Armstrong, ese Dios de la mitología moderna que descendió al infierno por sus pecados, existe una realidad: “Yo no inventé la cultura del dopaje pero tampoco hice nada para frenarla”. Como testificó en su última declaración bajo juramento, en abril de este año, la herida no cicatrizara con la cabeza de Lance sobre la chimenea. Para convertir al ciclismo en un deporte creíble, deberán enjuiciarse con la misma severidad a Pat McQuaid y Hein Verbruggen, ex Presidentes de la UCI que en su momento fueron cómplices de Lance.

Armstrong marcó al deporte para siempre. Duele el desenlace porque más allá de los títulos y los millones, había construido un hermoso relato de esperanza para un mundo que cada vez encuentra menos argumentos a los que aferrarse en tiempos difíciles. Para los enfermos de cáncer, por ejemplo, Lance era sinónimo de lucha, de una vida mejor, de objetivos inmensos que la voluntad, con el indispensable guiño de la ciencia, podían conseguir. Armstrong era el símbolo de lucha y, casi sin quererlo pero acumulando motivos para que pase, es la imagen del escepticismo. De él ya no queda nada, salvo esas pulseras amarillas que supieron estar de moda y que algunos todavía visten en sus muñecas, como la que veo en mi muñeca izquierda mientras escribo.

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