De Varela a Connecticut: crónica de un sendero enrevesado

Fernando Saucedo es un hombre resiliente, dueño de un espíritu inquebrantable que le permitió sobreponerse a una interminable concatenación de eventos desafortunados que amenazaron no solo a su carrera sino también a su vida. Desde que abandonó el clausurado Hospital Boccuzzi del humilde barrio de San Eduardo hace treinta y dos años hasta esta insoportable víspera de un sueño inmediato, Saucedo fue un hábil sobreviviente. Sobrevivió a la calle y sus tentaciones, a la pobreza y sus limitaciones, a un destino que parecía encaprichado con él. Mientras se prepara para abordar el vuelo que llevará su ilusión a Estados Unidos, Saucedo mira a su desdichado pasado y ya no sufre. Ahora se alimenta de él: “Se los momentos que pasé y sé que cuando esté arriba del ring se me va a venir a la cabeza haber dormido en la calle, la pelea en Vélez, todo lo que pasé”.

Es domingo en Florencio Varela y el sol se esconde detrás de una constelación de nubes que desatan un diluvio sobre el predio de 12,5 hectáreas que Defensa y Justicia tiene emplazado en la ruta Provincial número 36, atravesado por un arroyo cuyo caudal se alimenta de las lluvias y musicalizado por un inmaculado sosiego solamente interrumpido por el trino de los pájaros. En ese pacífico oasis, recluido del caos y las tentaciones, entrena Saucedo para afrontar “el gran sueño de toda mi vida”.

“No tengo suerte”

Saucedo está en el vestuario de Vélez preparado para la noche que tantas veces imaginó. “Dale que ya subís”. El improvisado ring del Amalfitani lo esperaba. Vendado, con los guantes calzados, ansioso por demostrar todo su potencial en la velada más importante que el boxeo argentino albergó durante el último lustro. Son las siete y media de la tarde y una sensación de caos crispa el aire de Villa Luro: el aguacero que cae sobre un estadio completamente desprotegido hace peligrar la presentación del héroe local, Sergio Maravilla Martínez, el hijo pródigo que volvía a casa tras adquirir una abrutpa popularidad tras el recital que brindó frente a Julio César Chávez Jr.

Pero Saucedo nunca subió al ring de Vélez: “Fue una frustración grande. Estaba listo y después de cada pelea que terminaba me decían “precalentá que entrás”. Yo tenía que pelear 19.40 pero Maravilla era la figura y lógicamente adelantaron su pelea. Después, la gente se subió a fesejar y una de las esquinas se venció. Cuando lo quisieron arreglar ya era tarde. Me robaron mi sueño”. Sampson Lewkowicz, promotor que comparte con Martínez, automáticamente le aseguró una revancha para resarcir semejante decepción, sin saber que la sucesión de frustraciones no se detendría.

Leeds, Inglaterra, apareció en el horizonte como la tierra prometida. “Estoy anímicamente muy mal. Estuve tres meses concentrado, lejos de mi familia y tres días antes me dicen que no se hace, es una falta de respeto a mi sacrificio y esfuerzo” declaraba a mediados de marzo, cuando Stephen Smith pidió una postergación de dos meses por una lesión en el codo. Saucedo, fiel a su palabra, aceptó pese a disponer de mejores y más atractivas propuestas.

Su compromiso derivó en una lección para el resto de su carrera: “Uno tiene que acostumbrarse a que la palabra ya no vale nada”. Después de un agotador campamento en España, una muela infectada se interpuso en el camino del Vasco. Tras domar su ansiedad durante sesenta días, el argentino requirió dos semanas para deshinchar su cara. Se las concedieron pero los ingleses le jugaron una treta imperdonable. Dos días después, el sanjuanino Mauricio Javier Muñoz era confirmado como el nuevo rival de Smith.

“De lo malo vino algo mejor”

De Florencio Varela a Connecticut sin escalas, de estar sumido en la depresión de imaginar que el tren había pasado a una sorpresa que ni siquiera imaginó inconsciente entre sus sábanas. Otra vez se le iluminan los ojos y parece estar a punto de quebrarse, mientras sus palabras y tono de voz desnudan su humildad, su sinceridad y cierta incredulidad similar a la de un niño cuando abre por primera vez los regalos que le dejó Papá Noel bajo su árbol: “Te soy sincero, con una mano en el corazón, no esperaba esta oportunidad. Es lo que todo boxeador busca pero pensé que nunca me iba a llegar porque es Estados Unidos y mi estilo no es tan atractivo para ellos. Allá solo importa que subas al ring, te mates el otro, te aplauden desde abajo y cuanto más te matás más te aplauden”.

Saucedo es un boxeador contracultural para un mercado estadounidense sediento de guerra y sangre. Como Martínez, es un púgil sesudo, técnico y táctico cuya principal virtud es el manejo de las distancias y de los contragolpes, con una pegada limitada que trabajó específicamente para la ocasión porque sabe que afrontará una chance única. “Sé que en Estados Unidos les gusta la guerra, sé que si no voy a pelear no entro más. No es mi estilo pero lo he trabajado. Mi intención es ir a pelear porque esta es diferente a todas. Siempre me cuidé esperando lo que pasaría más adelante. Pero ya no hay más adelante. Si tengo que salir cortado, saldré cortado. Si tengo que caer, caeré. No quiero ir, viajar y volverme frustrado. El marco te obliga a pelear. No quiero que digan que corrí”. Omar Narváez, bailado por Nonito Donaire, vivió en carne propia la experiencia.

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“Nadie apuesta por mi”

Rances Berthelemy es el integrante más desconocido de una generación de boxeadores cubanos disidentes que se escaparon del castrismo para poder competir profesionalmente. Sin la popularidad de Yuriorkis Gamboa, Guillermo Rigondeaux o Erislandy Lara, igual logró su objetivo. Berthelemy, de esplendorosa carrera amateur e impoluto record profesional, es campeón del mundo superpluma de la Federación Internacional de Boxeo y último mojón que se interpone entre Saucedo y el objetivo que se trazó desde que descartó el fútbol para dedicarse de lleno al pugilismo “por elección propia pero también por elección económica. Era más barato”.

Invicto en veinte peleas, su legajo está constituido por nombres de segundo y hasta de tercer orden. Con poca experiencia en el plano rentado, su triunfo en decisión unánime frente a Arash Usmanee encendió la polémica alrededor de su figura. Saucedo identificó ese resquicio y pretende dinamitarlo: “Es respetable, pero solamente eso. Él apenas tiene veinte peleas, yo tengo sesenta y rivales más pesados como Acelino Freitas y Chris John”.

Cuatro años después de aquella derrota frente a John en la improbable Jakarta, el argentino tendrá una nueva oportunidad para adueñarse de un título del mundo. “No estaba listo. Di pluma cuando era imposible para mi. Me la jugué porque pensé que que no se iba a repetir. Ahora si estoy listo, este es el momento justo, la pelea indicada para explotar”.

Saucedo es consciente. Sabe que va de punto frente a un boxeador adoptado por Estados Unidos pero con la técnica clásica de la escuela cubana, estéticamente impecable, lógicamente impredecible. Diez centímetros más alto, la propuesta de Berthelemy se trasluce rápidamente: aprovechar su mayor alcance y mantener a distancia a un rival que intentará acortar el ring asfixiándolo y meterse en la corta para impactar sobre su humanidad.

Es el momento que aquel pibe que pedía pan en la calle para paliar el hambre siempre esperó, aunque “económicamente no me va a cambiar la vida, porque lo poco que gané lo invertí bien, soy una persona sana, no salgo, no fumo ni tengo amistades de esas que no vienen bien”. Berthelemy es el corolario a una carrera construida desde el esfuerzo, una trayectoria que sufrió un cambio drástico cuando su papá Daniel dejó de ser su entrenador y su hermano Marcelo asumió la conducción de su futuro: “Tuve un cambio de actitud. Con mi viejo tenía cuarenta peleas y un solo nocaut, con mi hermano tengo trece combates y siete nocauts. Con mi papá el entrenamiento era muy técnico. Sin agresividad era imposible noquear y con mi hermano decidimos cambiar el libreto. Arrancamos y los resultados se vieron”.

Fernando Saucedo reconoce la dificultad de su desafío pero está confiado, mientras promete un asado a su vuelta para festejar un hipotético triunfo.

“En Estados Unidos no soy nadie y hasta que no me gane el nombre me tengo que adaptar a ellos. Nadie apuesta por mi, yo apenas soy un partenaire para que se luzca el campeón. Pero yo voy a ganar, yo viajo a ganar. Tengo con qué. Es el momento justo. No siento los golpes como los sentía antes, tengo más experiencia y mayor soltura. Si me das a pensar con el corazón y con la cabeza, creo que gano. Lo puedo sacar de combate e incluso ganarle boxeando. Llegar a Estados Unidos después de haber vivido en la calle, ni me lo podía imaginar. Así que voy a la guerra. Para ganarme me van a tener que sacar con los pies para adelante”.