El ansioso mundo del boxeo posa sus ojos sobre el imponente MGM Grand pero en el Hard Rock, a la sombra de una de las revanchas más grandes de todos los tiempos, otro argentino consumó el triunfo más importante de su carrera. Por el rival y por el violento desenlace, ideal para impactar a un mercado siempre sediento de sangre. Jesús Cuellar dinamitó el espíritu de Juan Manuel López en apenas cuatro minutos y treinta y seis segundos para defender su cinturón interino pluma de la Asociación Mundial de Boxeo.

En la tierra de lo efímero, donde el éxito y el fracaso conviven en una encarnizada pugna por cada segundo, Cuellar desató un huracán para rebatir cualquier oportunidad de perder su corona frente a un rival obnubilado por las reminiscencias de un pasado glorioso, un López que hace dos meses había sido fulminado por Francisco Vargas en apenas tres rounds. Con un margen menor a sesenta días, buscó revancha para probar que todavía quedaba hilo en el carretel. Después del vendaval, anunció su retiro: “Esto se terminó. Volveré a Puerto Rico y hablare con mi familia, pero parece que es el final”.

Durante su empresa estadounidense, el Jinete del Nocaut obtuvo el título frente a Claudio Marrero y lo defendió frente a Rico Ramos. López, aún en sus horas más bajas, suponía un desafío impostergable para certificar el crecimiento del argentino. La reacción del público es el termómetro del éxito de Cuellar: la incertidumbre previa se convirtió en asombro por una definición tan incontestable como sanguínea, el estilo que enamora a los grandes mercados.

Antes y después de Cuellar, el hombre de la noche que brilló frente a una constelación de estrellas, nada tuvo sentido salvo por la presentación de Errol Spence. El joven estadounidense, olímpico en Londres 2012, hilvanó su decimocuarto triunfo consecutivo y engrosó los argumentos que lo sostienen como el prospecto con mayor futuro. Apenas, como otro comentario al margen, quedará la caída definitiva de un Josesito López que inauguró la transmisión siendo la primera de las seis peleas que se vieron por televisión. De fondo frente a Canelo a rol secundario en una velada de un jueves.

El escenario convive con la dualidad típica de Las Vegas. El show en uno de los flancos, la fiesta en el otro. Mientras el ring vibra con la pelea preliminar a la de Cuellar, en la barra un grupo de desentendidos asume al boxeo como su excusa para juntarse a tomar y escuchar música. Aún en la ciudad del libertinaje, donde lo único que importa es pasarla bien y darle rienda suelta por unos días a todos esos vicios enjaulados durante el resto del año, incluso en esa frívola y banal sociedad de consumo existe un segundo para recordar las injusticias, un minuto de silencio conmovedor por las víctimas del atentando a las Torres Gemelas. “Show me some respect” le gritó un hombre a una mujer que no atinaba a ponerse de pie. Al menos durante unos segundos se apagó Las Vegas. Después, todo siguió igual.

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