Bumblebee de Transformers, Alan de Hangover y Heisenberg de Breaking Bad convergen en una misma esquina de Las Vegas, un mundo paralelo donde todo es posible, así como lo fue enquistar un oasis capitalista en el medio del desierto de Nevada. A escasos metros baila un resucitado Michael Jackson al ritmo de Billy Jean bajo un calor abrasador. Casi como si fuera ideado por un publicista moderno, el insufrible sol que amenaza con derretir el cemento es el principal aliado de los comerciantes, que con sus poderosos y atractivos aires acondicionados ofrecen un refugio a un clima por demás hostil.

El imponente MGM Grand, la primera postal edilicia que el pasajero capta desde el avión, es una de las guaridas distintivas de Las Vegas y el escenario de la revancha entre Marcos Maidana y Floyd Mayweather. Es una ciudad dentro de otra, como la mayoría de los lujosos hoteles y casinos que trazan el ADN identitario de un paraíso único, la capital del pecado donde todo está permitido y donde rige una convención universal que deslinda a las acciones de sus consecuencias: “Lo que pasa en Las Vegas, queda en Las Vegas”, carta blanca para los vicios y las fantasías.

Los estímulos se multiplican paso tras paso, desde el lobby principal hasta el punto más recóndito de su insondable estructura. Durante el recorrido se pierde la noción del tiempo e incluso del espacio. Son tantos los atractivos que uno suele rendirse ante la incertidumbre. En un rincón, los boxeadores que integran el undercard (las peleas previas) en la velada del sábado hacen una exhibición, mientras personajes del Cirque du Soleil invitan a los espectadores a comprar entradas para el show y los avezados jugadores de póker se concentran en una partida electrizante con el ruido de los tragamonedas como banda sonora.

El MGM Grand, como todo Las Vegas, está trazado por ese marco excéntrico y cosmopolita de una ciudad que recibe cantidades siderales de turistas en busca de libertinaje. En donde todo se compra y todo se vende, a apenas unos pasos de distancia uno puede casarse en su coqueta capilla, ingresar al media center de #Mayhem o jugar a ser un detective en el tour de la popular serie estadounidense CSI. Incluso coexiste la lujosa cocina de autor con las típicas cadenas de fast-food.

Disfrazado con las caras de Floyd y el Chino para la ocasión, existen espectáculos para todos los gustos. Un día después de la gran revancha tocará el afamado Alejandro Fernández con su Confidencias World Tour, al son de los shows mágicos de David Cooperfield o la música del Hakkasan. Además de las maquinitas, el Póker, el Blackjack y una pared con cincuenta pantallas para apostar en vivo a cualquier deporte en el mundo mientras atractivas mozas van y vienen con tragos de mayor o menor graduación alcohólica. Hospedarse en el MGM, con su potente aire acondicionado, hace que sea prácticamente innecesario exponerse al asolador sol de Nevada.

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