“Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas”.

Carlos Bianchi era el último bastión de resistencia frente a una gestión cuyo vaciamiento conceptual es obsceno, el último reducto inexpugnable de la estirpe Xeneize todavía a salvo del insoportable exitismo, salvo por algunos malagradecidos que pretenden ensuciar su bronce, inmaculado pese a la decepción de esta tercera etapa.

Hay crónicas que uno se resiste a escribir. Por amor y agradecimiento al Dios que bajó del Olimpo y arriesgó su intocable status de ídolo ante la necesidad de un rebaño sometido a un inevitable naufragio tras la partida de Julio César Falcioni. Estudiantes profundizó una herida insoportable sobre un alma en pena. Cada gol era una estocada más, otro mojón irreversible rumbo a un destino que estaba escrito aunque los más radicales nos negáramos a verlo.

Se terminó la tercera etapa del Virrey. Alguien tan minúsculo e insignificante como Daniel Angelici tomó la decisión de despedir al técnico más grande de todos los tiempos. Casi dos años a la espera de un milagro que nunca sucedió, todavía con el inagotable crédito abierto para quien reinventó al club y le ofrendó la etapa más exitosa de su historia. Bianchi merece irse con su imagen inmaculada e incluso agigantada, porque después de ganar absolutamente todo se metió de lleno en el fango para embarrarnos juntos, para sufrir hasta el final.

Tal vez sea el momento indicado, como dijo Pep Guardiola cuando se fue del Barcelona, para “no dañarnos, porque el tiempo todo lo desgasta“. El Virrey nunca hubiera renunciado porque traga la desagradable bronca y desilusión que el hincha soporta en la tribuna, porque nunca hubiera dado el brazo a torcer frente a una comisión directiva que hace lo que quiere con los hinchas, con los colores, con La Bombonera y ahora con los ídolos, como la última instancia de su macabro plan. Bianchi se va sin ser insultado, con la 12 reventándose la garganta hasta la afonía para ovacionarlo y soñar con un último “que de la mano, de Carlos Bianchi, todos la vuelta vamos a dar”.

Nadie quería este final. Ni él ni nosotros. Pero, alegoría de la vida, a veces toca perder. Después de tantas vueltas, también valdrá agradecer haber fracasado juntos. Como dijera Román antes de su tercer regreso, es hora de disfrutar, Virrey. De su familia, de sus amigos, de la gloria conquistada, del amor eterno que le tendremos por esa maravillosa historia que construimos juntos, porque nadie nos dio tantas satisfacciones como usted. Entre lágrimas lo despedimos. Quédese tranquilo, Virrey, que usted no nos debe absolutamente nada. Nuestra gratitud será eterna. 

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