Julio Humberto Grondona construyó su poder alrededor de una única premisa: ser insustituible, irremplazable, necesario, esencial. Hasta su muerte, la Asociación del Fútbol Argentino era él. El todopasismo como modo de vida ajeno a su inmortalidad, porque se creía eterno hasta que hace dos años falleció Nélida Pariani y la vida le asestó un golpe lacerante. No hay explicación racional para el derrumbe automático que sufre el hombre cuando su compañera de toda la vida lo abandona. Grondona acusó recibo y cambió su “todo pasa” por un “algo queda”.

Pero Grondona también pasó. Solo la muerte pudo con él. Se fue impune después de haber destruido al fútbol argentino, con dirigentes millonarios y clubes derruidos, con las barras como fuerzas de choque, con 171 inocentes asesinatos durante su gestión, con las familias alejadas de las canchas, con la pasión cercenada sin visitantes desde hace años en el ascenso y ahora también en Primera División, tras haber sido cómplice del monopolio que secuestró los goles y en connivencia del gobierno para romper el contrato leonino porque la coyuntura se lo pedía. Revindicarlo por el Fútbol para Todos es una estupidez.

Nadie se animó nunca a erigirse en su contra porque Grondona era un agente del caos, el único capaz de equilibrar un fútbol destartalado. Con su libreta de almacenero, donde anotaba los favores que concedía para cobrárselos tarde o temprano, solucionaba la obscenidad de dirigentes incapaces, inútiles y malintencionados que llenaron sus bolsillos a costa de sus clubes.  Desde una ferretería en Sarandí hasta ser el vicepresidente del Mundo, convertido en el padrino Don Julio, en la mano derecha de Blatter y en el buque insignia de una Conmebol que siempre defendió, que adquirió derechos gracias a su gestión.

Se fue el hombre que mejor entendió la política en la escena argentina durante las últimas décadas. ¿Qué queda tras Grondona? Es una incógnita. Sin el amparo de su intocable figura, la verdad será revelada. Por eso Grondona era un hombre vital e indispensable, porque era el único con la capacidad para ordenar el caos que es el fútbol argentino, un caos del cual se alimentaba para agigantar su figura. El futuro no es para nada alentador, sin un ícono que pueda asumir la conducción de un barco naufragado.

Grondona se fue y Maquiavelo, orgulloso, lo esperaba.

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