No puedo ser objetivo con él. Fui testigo de sus innumerables hazañas y también de su puñado de fracasos. Crecimos juntos, casi al mismo tiempo, yo como espectador, él como protagonista. Lo amé desde el primer día, le entregué todos mis sueños sin jamás criticarlo pese a los cachetazos, apenas una de esas estúpidas satisfacciones que uno guarda en el corazón. Recién pasó una semana del día más importante de nuestras vidas y el dolor sigue enclavado en el pecho, insoportable, asfixiante. Desde ese gol de Götze, estoy resignado a sobrevivir con una herida que creo jamás cicatrizará.

Sigo destrozado porque se escapó una chance única de ganar la Copa del Mundo, porque fuimos mejores que ellos que siempre son mejores, que siempre ganan, pero no alcanzó y nos quedamos a minutos de la gloria que nos sedujo antes de humillarnos. Uno sufre por si pero principalmente por los que ama y acá me encuentro, repasando imágenes y sufriendo por él, a través de él, certificando que mi dolor es principalmente por su dolor.

Nadie lloró como él en Sudáfrica ni en el vestuario del Maracaná pero siempre habrá algún boludo que lo tildará de pecho frío, de cagón, que enarbolará esa patética intención de destrozar a nuestros propios ídolos, de castigarlos cuando no existen argumentos. Pero no hay que darles entidad porque a Messi no hay que defenderlo, no hace falta, contesta con sus gambetas y sus goles. Porque es fácil rescatar los huevos de Mascherano para tirarse al piso pero también habría que resaltar la enjundía, la hombría, la valentía y el coraje del mejor del mundo, uno de los mejores de todos los tiempos, un pibe que en plan altruista se entregó por la camiseta, se brindó en cuerpo y alma por una causa, por esa que añorábamos todos, un número uno que enterró su ego y cedió todo para apostar por el bien común, para aceptar la fórmula que más y mejor podía funcionar en una Argentina que se quedó sin los adláteres de la Pulga, porque entendió que como símbolo podía ser inmortal.

Messi fue el mejor del Mundial. Decisivo en la primera fase, fundamental frente a Suiza, intachable frente a Bélgica, altruista frente a Holanda y Alemania. Cuando soñábamos con el Mundial de los cuatro fantásticos, Sabella corrigió sobre la marcha por lesiones y bajos rendimientos. Messi se quedó solo y se puso al equipo al hombro, entendiendo la coyuntura, convencido de que era lo mejor para su equipo. Aún así, cada vez que agarraba la pelota electrizaba el ambiente como solo él sabe hacerlo con esa única sensación, más que sensación una certeza, de que algo va a pasar.

Faltó esa última genialidad. La esperábamos todos pero nadie como él. Para silenciar eternamente a aquellos que cuestionaban su raigambre argentina, aquellos que lo mandaban de vuelta a Barcelona, aquellos que lo silbaron con el papelón que protagonizó la selección de Batista, aquellos que aún después de romper todos los récords lo siguen fustigando con vaya uno a saber qué infundadas críticas.

Como hizo Sabella en una entrevista conmovedora, le agradeceré eternamente haber elegido esta camiseta por sobre la española, aún cuando una parte de nosotros no merece tener un tipo como él porque nunca nos alcanza nada, porque nunca sabremos valorar sus millones de virtudes. No lo hicimos con Maradona, menos aún lo vamos a hacer con Messi, como tampoco lo hacemos con Ginóbili o Del Potro.

Argentina sufre a través de su héroe. Cuando le pega de zurda y la acomoda al ángulo, le pegamos todos. Cuando sufre, sufrimos todos. Hoy me duele el alma, por mi, por los mios, por la camiseta y por una oportunidad única, pero especialmente por él, porque el fútbol no puede ser injusto, porque no puede retirarse sin levantar una Copa del Mundo. Por eso seguiré cantando de acá hasta Rusia “que de la mano, de Lio Messi, todos la vuelta vamos a dar”, cuando su alegría profundizará la mia.

2 comentarios en “Sufrir a través de Messi

  1. Coincido con todo. A los que lo seguimos desde que empezó, el dolor de perder la final nos dolió mucho más porque ahí estaba Messi que por la derrota en sí. Todavía me acuerdo de tener 12-13 años y salir del colegio apurado para llegar a ver la final del Mundial Sub 20 2005 y verlo jugar a él. Ahora, casi 10 años después, estoy yo con 21 años y poco queda de aquel pibe de doce que salía apurado para tomarse el colectivo y ver ese partido, pero Messi sigue siendo igual, estaba de nuevo en otra final como en la del 2005, aunque, lamentablemente en ésta no pudo ser. Por eso creo que mis lágrimas son más por él, que por la selección. Yo quería verlo a Messi levantar la copa…

  2. Hermosa nota. Lo sentí todo exactamente igual que vos. Sufrí más por él que por la selección.

    Era SU Mundial, para coronarse -es un decir, se coronó mil veces- y callar para siempre a toda la gilada… pero bueh, el fútbol es así y no pudo ser. Y si bien no puedo negar que me hubiera encantado que levantara la copa en Río, para mí no cambia nada en lo más mínimo. Siempre va a ser el Nº 1.

    Un abrazo.

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