Fueron apenas cuatro o cinco segundos. Efímeros, casi imperceptibles pero felices, perfectos. Messi inventó su enésima genialidad, Lavezzi lanzó un centro de afuera hacia adentro que Higuaín empujó a la red, a la eternidad, ahuyentando los fantasmas de ese insólito fallo tras la concesión de Kroos, golpeándose el pecho para recordarle a aquellos que desconfiaban de su estirpe y jerarquía para las grandes citas.

Faltaba muchísimo y enfrente estaba el Blitzkrieg alemán que había destrozado a los brasileños pero estábamos ganando. El país unido en un grito y en un abrazo que hubiéramos recordado por el resto de nuestras vidas con una precisión quirúrgica. La hora exacta, el lugar, donde estaba sentado cada uno, con quien lo vimos, incluso agregándole épica a estúpidas anécdotas que nos hubiéramos sentido orgullosos de contarle a nuestros hijos, a nuestros nietos. Asimilar que al menos durante un ratito todos fuimos iguales, ricos y pobres, viejos y jóvenes, todos encolumnados detrás de un sueño.

Y la bestia negra que nos jodió la existencia y se convirtió en karma para toda una generación por fin estaba hincada a nuestros pies, suplicando por un empate que ibamos a impedir con enjundía, valentía, hombría, con huevos, con el corazón. Faltaba mucho, una eternidad, pero ese gol era sepultar esa barrera psicológica, esos miedos de otro fracaso ante un equipo demoledor. Era mandar todas las certezas al carajo y, aunque todavía faltara una vida o quizás dos, sentirnos campeones, creer que por fin podíamos ganarle a ellos, que por fin la tómbola una vez iba a apuntar para nuestro lado.

Fueron cuatro o cinco segundos desde que Higuaín la empujó y el línea marcó correctamente su off-side. Esos que tanto se equivocan habían acertado cuando esperábamos que una injusticia nos diera una mano. El gol que más gritamos en nuestras vidas fue estéril. El partido seguía 0-0. El momento más feliz se convirtió en un sinónimo inmortal de tristeza. 

El resto es historia conocida. Argentina fue mejor que Alemania. Jugó como se juegan las finales, con ese sello tan distintivo de la raigambre argentina. Como en el 2006, fuimos superiores. Pero tampoco ganamos. Y maldecimos, porque otra vez Alemania, otra vez inmiscuyéndose en nuestros sueños. No le ganamos ni jugando mejor, ni con mística ni de casualidad. Gotze rescató a un equipo deslucido, a esos supuestos superhombres que eran mejores que nosotros, esos que desde las adyacencias de las propias huestes argentinas algunos pesimistas se encargaron de agigantar.

Argentina perdió la Copa del Mundo en un miserable detalle. Estoy destrozado, con el alma en pena, como si fuera un zombie que responde a automatismos adquiridos por costumbre. No se trata de vivir sino de sobrevivir, de cargar con una existencia que se hace insoportable. Y uno no duerme, y se regodea en el morbo de una realidad utópica, del improbable “que hubiera pasado si…”.

Tarde o temprano esta tristeza que nunca se irá, empezará a matizar. Lo asimilaremos un poco, aprenderemos a vivir con la derrota en el Maracaná. Y estoy satisfecho y orgulloso, pero la coyuntura duplica el dolor. Saber que acariciamos la gloria, que la Copa se nos escurrió de entre los dedos. No me pidan hoy que festeje porque esta vez es el corazón y no el cuerpo el que se niega.

Pero más que por mi, me duele por los otros. Me duele por las lágrimas de mi hermano, por ese abrazo con un amigo que tenía la misma ilusión que yo, por ese desconocido que me cruce esperando el 67 y que me consolaba desconsolado. Y también me duele por estos pibes tan fustigados, tan castigados que pese a todo se mataron por la camiseta, que jugaron como hinchas, que dejaron la piel, esos millonarios estigmatizados que volvieron al potrero para ilusionar a todo un pueblo. Es imposible no llorar mientras escribo. Pero también es imposible no sentir orgullo, aunque esta herida nunca va a cicatrizar.

4 comentarios en “Cuando fuimos felices

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